Al hilo de las ensoñaciones...

miércoles, 30 de enero de 2019

Un pañuelo rojo

Salir no había costado prácticamente nada, lo complicado era la caminata que le quedaba hasta la parada de autobús y el largo trayecto hasta la tienda en pleno centro de la ciudad.
La verdad es que era bien consciente de que quizá no fueran las mejores formas de viajar hasta una gran ciudad como aquella, pero casi no tenía tiempo y la necesidad era imperiosa: debía encontrar algo apropiado cuanto antes, la ocasión lo requería.
No podía ir de cualquier manera y, ya que el vestido era "obligado", la opción sería encontrar un complemento adecuado que combinara bien. Para eso, la tienda a la que se dirigía era la más indicada. Complementos distinguidos para ocasiones especiales. 
Sus larguísimos cabellos negros (a nadie le importaba que fueran teñidos) y su tez tan pálida necesitaban un toque de color, quizá un pañuelo rojo bastaría. Un bonito pañuelo rojo de seda, elegante, atrevido pero sofisticado.
Un ocasión como aquella no volvería a repetirse, eso lo sabía con total seguridad, por eso necesitaba causar una buena impresión.
La calidad de los productos allí era excepcional y siempre se habían caracterizado por su buen trato. Por eso estaba segura de que su procedencia no les importaría lo más mínimo. A ella se le notaba el estilo, la elegancia se tiene o no se tiene.
El traqueteo del autobús la fue llevando a un estado de suma relajación después de tantos días tan intensos. De hecho, iba tan cómoda que no se percató de que todo el mundo había hecho un vacío a su alrededor y se agolpaban en la parte trasera con cara de estupefacción. Ciertamente, se dijo, encontrar ese pañuelo rojo era fundamental. Ahora estaba convencida.
Sabía perfectamente que su fragancia era poco convencional, pero de ahí a apartarse todos, la verdad, le parecía exagerado. La educación es algo que no se debería perder nunca bajo ninguna circunstancia.
Al llegar a la parada aún le quedaba por recorrer un trayecto de unos diez minutos a pie. Sentía una debilidad que consideraba normal dado su estado. Pero siempre había sido una mujer distinguida, no podía asistir a aquel evento con esa mamarrachada de vestido blanco que estaba pidiendo a gritos un buen complemento. Eso le infundió fuerzas.
Al llegar vio que la tienda cerraba en quince minutos. Ese estúpido Rodríguez se había entretenido demasiado con tanto producto y tanto potingue inútil, ella era bella de cualquier manera.
Cuando por fin llegó a la tienda no vio ningún pañuelo que se adaptara a lo que ella quería. Decidió preguntar a una de las dependientas.
"¡Ah, qué tonta!" pensó para sus adentros. ¿Cómo iba a comunicarse con ellas?, imposible emitir sonidos con la boca cosida. 
Mañana sería su funeral y aún no tenía el pañuelo rojo que necesitaba.

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