Al hilo de las ensoñaciones...

viernes, 2 de febrero de 2018

El crucigrama

Sabía positivamente que la cultura era lo que distinguía claramente a las personas: a las cultas de las incultas, a las pobres de las acomodadas, a las trabajadoras de las holgazanas.
Era sobradamente conocido que dicho enriquecimiento cultural llevaba implícito (“incluido en otra cosa sin que ésta lo exprese”) la tendencia hacia el bien moral, el orden en la vida y el éxito en el ámbito profesional. La gente trabajadora siempre se preocupó de la cultura y de conservar las tradiciones, además de levantar el país y evitar desmanes libertinos. Gente de bien, de orden.
Por otro lado, estaba segura de que el éxito en el ámbito profesional manifestaba a modo de epifenómeno (“Fenómeno accesorio que acompaña al fenómeno principal y que no tiene influencia sobre él”), una elegancia en el vestir y en el comportarse, que era el fundamento de la distinción social. Un breve repaso a alguna de sus Lecturas de cabecera lo corroboraba.
La cultura y la erudición (“Instrucción en varias ciencias, artes y otras materias”) eran, no se podía olvidar, esas dos piezas angulares en el desarrollo de la sociedad, ya que sin cultura, la sociedad se vería reducida a la más pura animalidad. Ejemplos sobrados habían llegado de fuera para tener una muestra, más que representativa, de este hecho. Ni siquiera iban a misa.
Tenía que haber mujeres como ella, que contribuyeran a la mejora moral de su pequeña ciudad. Esa tarea ilustrada comenzaba por cultivarse cada día en cualquier lugar: en el trabajo, en la cafetería o en el casino antes de la reunión de los jueves.
Estaba esperando a que entrara su marido y se sentara en los bancos de detrás en la Iglesia y no lo dudó, aún quedaba un rato. Con mucha calma y cierta alegría, abrió por la página 26 sabiendo que en esas líneas horizontales y verticales había mucho en juego. 
El crucigrama nuevo era francamente difícil.

domingo, 28 de enero de 2018

Apología para permanecer en la zona de confort (si es que tal cosa existe)

(Esto pretende ser una charla de cafetería. Sería de lo que me gustaría dialogar si hubiera tiempo y espacio para ello. Ni pretendo sentar cátedra ni, como se verá, aspira a ser una disertación muy elevada)

Dicen los nuevos guías espirituales que hay que salir de la zona de confort para desarrollarnos a nivel personal y emocional (a lo cual por cierto, llaman éxito). También dicen que hay que alejarse de las personas tóxicas (Ojo, ojo, mueren cuatro personas por intoxicación personal en un restaurante de Málaga) y que hay que llenar la mochila vital de experiencias positivas y estimulantes, como si las experiencias se pudieran comprar y fueran objetos (¿o tal vez lo son?)
Según he leído en la Wikipedia, la zona de confort es un estado el cual la persona actúa “en una condición de ansiedad neutral, utilizando una serie de comportamientos para conseguir un nivel constante de rendimiento sin sentido del riesgo”. Además señala que en psicología es “un estado mental en el que el individuo permanece pasivo ante los sucesos que experimenta (…) desarrollando una rutina sin sobresaltos ni riesgos, pero también sin incentivos(...)pudiendo causar apatía y, en casos más graves, depresión”. Qué miedo da la zona de confort.
Parece ser que la ansiedad neutral es aquella que nos paraliza, pero de este término no he encontrado demasiadas referencias.
Habitualmente esta arenga para salir de la zona de confort viene acompañada de otra arenga para que emprendamos y “hagamos realidad nuestros sueños”.

Hace mucho tiempo que le vengo oliendo el tufo a podrido a estas nuevas oraciones, ya que, como casi todas las oraciones, probablemente podría implicar una religión. Y para la religión y otras superestructuras, me declaro abiertamente marxista. Como superestructura, no dejaría de esconder la legitimación de cierto orden de cosas no siempre (nunca) justo.
A nivel vital podría decirse que llevo una vida exiliada de lo que mucha gente consideraría mi zona de confort. Llevo mucho tiempo viviendo al año en al menos dos o más sitios; cambiando de centro de trabajo periódicamente, de panadería, de frutería y de cafetería. También cambio de registros lingüísticos y de usos del lenguaje, conozco mucha gente nueva (e interesante, por cierto). Hago actividades nuevas cada año e incluso el año pasado me subí a un escenario con un grupo increíble y un bajo eléctrico. Ahí es nada.
Ayer, hablando con una amiga que estaba en la misma situación. Acompañadas de una copa de vino y algo hartas de todo, comenzamos a añorar la tranquilidad, el sosiego y la permanencia. Añorábamos la rutina, a fin de cuentas, algo de lo que nos ha privado la precariedad laboral.
Y no es no querer ver lo que hay de fantástico en todas las cosas que nos ofrece este “exilio”, es agotamiento y hartazgo ante una idea absurda y perversa. Me intentaré explicar.
En primer lugar dudo, honestamente de la existencia de tal zona. Puede haber situaciones más o menos cómodas, más o menos problemáticas, pero en sentido amplio, la vida es problemática. La RAE define problema como: “conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin”. Dudo que haya seres humanos que, incluso en la rutina más tediosa, no se las tengan ver con la realidad o con los demás y, que de algún modo, no encuentren obstáculo para la consecución de sus fines.
Por otro lado y abundando en esta primera duda, la crisis económica que ha vivido este país, ha dejado a mucha gente en situaciones con diferentes grados de dificultad. Desde el paro hasta los desahucios, estafas bancarias, empezar de nuevo en un trabajo con un sueldo precario, volver a casa de los padres o tener que emigrar como ya lo hicimos en los años 60. Esto hablando solo de una ínfima parte de las situaciones socioeconómicas.
¿De qué zona de confort hablamos?
Ahondando en la cuestión más puramente individual, antropológica si se quiere, los seres humanos estamos dotados de sentidos que nos comunican con el mundo y de inteligencia para interpretarlo. Aristóteles decía en su “Metafísica” que los seres humanos teníamos por naturaleza deseo de saber. Incluso si nos vamos a un ejemplo extremo, una persona sin las más mínimas inquietudes intelectuales o culturales, tiene inquietudes. Esta viva, respira, siente y desea. Al margen de cuáles sean esas aspiraciones, existen, por poco... enriquecedoras que sean según un punto de vista “más elevado”.
El ser humano está diseñado para vivir en el mundo y para ello ha de conocerlo aunque éste sea muy pequeño.
Si analizamos la parte en la que la definición nos dice que: los individuos en dicha zona operan de modo que tengan un “nivel constante de rendimiento sin sentido del riesgo”, me pregunto: ¿qué habría de malo en operar sin sentido del riesgo? ¿Debemos vivir con “sentido del riesgo” constante?.
De nuevo vuelvo a la RAE, “riesgo” es: “ contingencia o proximidad de un daño”. Interpreto que sentido del riesgo quiere decir que hagamos cosas que pueden implicar un peligro (real o no). Me pregunto qué riesgos son los deseables para que los asumamos: ¿Beber agua sin potabilizar? ¿Jugar a la ruleta rusa? ¿Ir desnudo al trabajo? ¿Insultar a los clientes porque ya no los aguantas? ¿llevar una camiseta del Barça en la bancada de los ultras del Madrid?.¿ O estos riesgos se refieren más bien a dejarte todos los ahorros en un negocio incierto? ¿A hipotecar tu vida y la de tu familia para cumplir tu sueño de enseñar flamenco a las tortugas laúd?
El miedo, dejando a un lado comportamientos patológicos, suele ser una poderosa arma de reflexión acerca de los riesgos. No digo que haya que sentir miedo, hay que saber de dónde viene y lidiar con él muchas veces. De hecho las circunstancias nos empujan a actuar incluso con miedo. Pero antes que ensalzar el “sentido del riesgo”, sería estupendo cultivar la prudencia. Decía Aristóteles que : “El rasgo distintivo de la persona prudente es al parecer el ser capaz de deliberar y de juzgar de una manera conveniente sobre las cosas que pueden ser útiles y buenas para ella” (Etica a Nicómaco, Libro VI, Capítulo IV)
Desde hace tiempo vengo pensando qué habría de malo en permanecer en esa zona de confort si esta existiera. Me pregunto esto porque veo (vivo, de hecho) que permanecer en un mismo estado de cosas permite conocer bien y a fondo tanto las actividades que se realizan, como a las personas que nos rodean.
Vivir en sitios o trabajar en sitios que no se conocen previamente significa que, hasta ir a comprar el pan o saber donde se guardan los clips, es un descubrimiento que implica esfuerzo; reconocer el sitio y ser capaz de adaptarse a él supone una ingente cantidad de energía; conocer gente nueva o hacer nuevas relaciones conlleva relacionarse indiscriminadamente con gran cantidad de personas hasta poder encontrar (con suerte) alguien afín y eso, creedme, desgasta; aprender idiomas o usos de lenguaje diferentes es un gran esfuerzo y va asociado a cierta soledad lingüística que, ya por sí misma, merecería un artículo.
Todo esto es, en resumidas cuentas, un estado de alerta permanente para algo tan básico como conocer la realidad y habitar en ella. Es decir, una alerta constante para poder aprender rápido y desarrollar estrategias que nos permitan adaptarnos al entorno.
Un paso imprescindible para el crecimiento personal es conocer esa realidad e interactuar con ella desde ese conocimiento, ya que solo esto puede hacernos agentes transformadores del mundo en el que vivimos.
Conocer y transformar profundamente nuestra realidad implicaría por tanto, permanecer tiempo en ella, examinarla y tener perfectamente integradas todas esas estrategias adaptativas. Implica establecer lazos sólidos y profundos con las personas y con los sitios y eso implica estar, hábito, estabilidad.
Somos con nuestra circunstancia, ya lo decía Ortega, y para salvarnos a nosotros tendremos que salvarla a ella. Necesitamos raíces, necesitamos estabilidad, necesitamos amar u odiar la circunstancia que habitamos y para ello, necesitamos conocerla y eso implica rutina.
La ideología que subyace a “la zona de confort”, a “atreverse a soñar” y a “no rendirse jamás” esconde un discurso neoliberal atroz. Pero me temo que por la extensión de esta reflexión, es una historia que merecerá ser desentrañada en otra ocasión.


jueves, 1 de diciembre de 2016

La cercanía de los gatos

En una novela de Murakami voy transitando los días.
Anestesio la soledad del desarraigo fijando instantes efímeros con letras . Fuerzo los pasos por los mismos caminos por crear una falsa sensación de rutina, creyendo que esto es lo cotidiano.
El vacío es tan grande que horada a ratos la alegría de los nuevos acentos. La casa de una está donde estén los pies, es una grata conclusión vestida de la necesidad de tierra.
En esta novela los gatos son lo más parecido a la sensación de estar en casa, porque los gatos callejeros se repiten en todas las ciudades, su caminar, su terrible indiferencia y desconfianza, sus costumbres, sus maullidos. Todo es idéntico.
Encuentro en ellos el sosiego de la tierra conocida, como si ya supieran quien soy y yo supiera quienes son ellos. No les pido nada, quizá una mirada, ellos a mi comida o quizá solo que les ahorre una paliza.
Me tranquiliza ver gatos, me entretengo en su indolencia.
A veces la comprensión de una novela viene cuando menos se espera, “¿Kafka en la Orilla?”

domingo, 5 de junio de 2016

Hola de nuevo, Adiós

Es más sencillo ser consciente del paso del tiempo cuando se cambia de tierra. Llega la despedida y la inevitable vista atrás. El repaso de las caras, los nombres, las expresiones y los cielos de este nuevo hogar temporal.
Las Bardenas

Y así, y dejando el rastro del fuego del hogar que pronto barrerá el nuevo otoño, los minutos van cerrando la melodía principal en una silenciosa cadencia.
Me entretengo en las luces, pensando que ellas podrán hacerme entender el sentido de todo esto. Voy mirando sombras buscando en el contraste un rastro del significado de la distancia. Pero nada lo tiene, lo único real es el momento, los momentos, el aquí, el “en este momento”.
En un collar de horas voy engarzando los recuerdos de este año para que no se me escape la vida. Siempre elegimos tareas prometeicas, la vida no son las fotografías de la caja del armario.
La chica del espejo y yo vamos buscando surcar el rostro de arrugas bonitas. Vamos diciendo adiós otro año más. Adiós a todas las personas que compusieron el día a día, a las que dieron cierta racionalidad a la soledad y contribuyeron a enriquecerla. Adiós al primer contacto con la terminación aguda de todas las palabras. Adiós a la estepa y a las aves que nos acercaron a la idea de lo sublime. Adiós a las rocas pacientes.
Hola de nuevo, Adiós.


lunes, 2 de mayo de 2016

La eterna navegación

Crecer sin raíces como una planta aérea, alimentando las ramas a base de aire. Trasplantada en tierras ácidas, calcáreas, en terrenos pedregosos, sobre el asfalto, en el asfalto. Crecer aprovechando el sol o soportando lluvias eternas, medrar al amparo de refugios móviles.
Los abedules crecen en casi cualquier tipo de terreno, son adaptativos, pero hasta ellos tienen raíces.
Ulisses i les sirenes, quadre d'Herbert James Draper
Fuente: Wikipedia
La sensación de no saber situar la cabeza al norte y de no saber dónde están los pies, es tan agradable como peligrosa, es una sirena.
No se puede navegar eternamente.
Todos necesitamos raíces.
Llegar a puerto.
Descansar
.

domingo, 10 de abril de 2016

Red Social

No es mi intención hacer de este artículo un análisis académico, es más bien lanzar una pregunta que me asaltató después de asistir a una charla sobre “Perspectivas feministas”, impartida por Elvira Burgos el pasado viernes 8 de abril en Huesca.
Tras la charla y con pensamientos erráticos, desviándome aparentemente de lo explicado, me percaté de que nunca un término resultó más paradójico. Y es que las redes sociales están llenas de soledad.
Estamos tan solos, tan solos a diario, que nos volcamos a la inalcanzable tarea de paliar la soledad con la soledad ajena, en los pequeños espacios que deja el hacer. Necesitamos a los otros.
Allí había tantas mujeres físicamente, unidas, hablando con palabras sonoras, riendo con más de cuatro sílabas, que no pude eludir la toma de conciencia.
No es igual, el calor humano, el olor humano, las miserias del cuerpo y sus grandezas. El sonido, las reacciones en los rostros, la proximidad. No es comparable a la frialdad del teclado.
La interacción social física aporta las tres dimensiones. Las reacciones en tiempo real, sin tiempo que mida las palabras, sin pantallas que bloqueen y sin adornos. Las mujeres allí presentes necesitábamos estar, necesitábamos la presencia y el contacto.
A fuerza de ver una cara de las personas que nos expresamos en las redes, se puede llegar a creer que esas personas de yo virtual, tienen dos dimensiones, que son blanco sobre negro. Una perspectiva tuerta de sus vidas, rellenada con las inquietudes o anhelos del espectador. En una habitación, con un ángulo parcial, llegamos a creer que eso que dicen es todo cuanto tienen que decir. Que eso que les gusta es lo que realmente les gusta. Cuando en realidad es la fragilidad lo que manifestamos, la necesidad del otro. Estamos ahí, en ese cibermundo, porque necesitamos imperiosamente a los demás.
Decía Elvira, que Judith Butler habla de la vulnerabilidad como nueva forma de repensar a las personas. En el hecho de ser interdependientes radica precisamente nuestra fortaleza. Nos necesitamos, la sociabilidad entendida desde el ser vulnerables. Seres frágiles que establecerían, conscientes de su vulnerabilidad,  redes de apoyo y  cooperación.
Sería, pues, imprescindible asumir la vulnerabilidad y generar fortaleza ante las formas de discriminación y exclusión. Precisamente por eso, porque como seres que se necesitan, la exclusión iría contra la propia esencia de lo humano, que radica en el hacerse con los otros.
El principio de responsabilidad del que hablaba Hans Jonas referido a la técnica y el medio ambiente, encuentra en esta idea, un complemento, una apertura. El ser libres y vulnerables nos pone frente al  inexorable hecho de tener que corresponsabilizarnos de y por los demás.
Devolver a los hombres la parte de vulnerabilidad autoexpropiada y proyectada hacia las mujeres sería la clave para una existencia auténtica al hacernos cargo de ella.
Pensaba, al hilo de este concepto, ¿cómo sería una actividad social física tan intensa como la que algún@s tenemos en las redes?
Me viene a la cabeza lo que decía Carlos Taibo sobre el activismo de redes sociales, el modo en que palían el ansia de tomar la calle, el modo en que sofocan la ira ante las injusticias (esto es mi libre interpretación de sus palabras)
¿Y si tomáramos las calles haciendo fuerza de nuestra vulnerabilidad?
Webgrafía y Bibliografía
- Mónica Cano Abadía , “TRANSFORMACIONES PERFORMATIVAS: AGENCIA Y VULNERABILIDAD EN JUDITH BUTLER” revistes.ub.edu/index.php/oximora/article/download/10869/14473
- JONAS, H., “El principio de responsabilidad”. Ed. Herder

http://www.eldiario.es/andalucia/Carlos-Taibo-Facebook-ebullicion-revolucionaria_0_236926413.html

lunes, 16 de noviembre de 2015

Vecino

Gregorio pasaba de los 80 y su mujer había muerto hacía muchos años. Era alto, delgado, con muy poco pelo y con una risa constante en la boca cada vez que saludaba. Tenía una energía bastante contagiosa y un gran sentido del humor.
Cada noche, al pasar por delante de nuestra puerta en verano, cuando estábamos sentados en el fresco, paraba un rato a hablar con nosotros.
Le llamaban Porcelanas, Gregorio Porcelanas, y era nuestro vecino casi de puerta. Siempre me cayó muy bien, tenía una sonrisa sincera y esas cosas los niños las saben percibir como nadie.
Cuando se fue haciendo mayor, decidió irse a vivir a la Residencia de mayores. Físicamente estaba bien, pero supongo que se le caía la casa por las noches. La soledad es tremendamente difícil y supongo que la vejez también. De esas cosas uno no se da cuenta cuando es joven y rara vez deseamos empatizar con los ancianos.
Según parece, en la Residencia ayudaba a las auxiliares y enfermeras. Según dicen, era el alma mater del centro.Una vez fui a ver a otra vecina a la Residencia y allí estaba, con su eterna sonrisa, dando el punto de vitalidad a la decrepitud. Realmente, si me paro a pensar, nunca le vi otra expresión en la cara, siempre le conocí sonriendo.
Pues bien, este verano y para sorpresa de todos, Gregorio decidió ponerle fin a su vida. Escribir el último capítulo y ser él quien cerrara el libro y no el azar. El pueblo entero quedó conmocionado. Le pregunté a mi padre si se encontraba mal, me dijo que había hablado por la mañana con él, que le vio extraño, serio, pero que jamás hubiera pensado que podría suicidarse.
No sé lo que sucedió, y verdaderamente lamento muchísimo su pérdida. Una parte de nosotros se va con las personas que han formado parte de nuestra vida. Le recuerdo cada noche de los interminables veranos en el pueblo, yendo a casa a dormir, saludando efusivamente. Recuerdo cada vez se que iba en invierno y me saludaba aunque no se acordara de mi nombre.
Cuando algo así sucede, todos nosotros en el fondo nos sentimos culpables, incluso aunque no fuera una persona a la que viéramos en el día a día. ¿Qué hicimos mal? ¿Le podríamos haber ayudado? ¿No lo quisimos ver?
Según parece, Gregorio dejó las gafas y el bastón en el pozo y simplemente se fue.
Intento entender los motivos, supongo que la vida que quería vivir ya no era posible, que las limitaciones de la vejez no le hacían capaz de seguir el camino elegido, él era un hombre activo, independiente, un hombre de campo. 
Un haz de culpa, miedo y dolor nos suele atar los sentidos en estos casos, y un enorme tabú traspasa las culturas con relación al suicidio.
Quizá en algunos casos, muchas personas después de recibir ayuda psicológica, pueden gozar plenamente de la vida que quisieron segar. El suicidio en ciertas circunstancias puede que sea el recurso de alguien que no es capaz de encontrar la salida a una situación que la tiene y puede que no sea un acto libre.
La pregunta que me hago es, si siempre es así o por el contrario hay ocasiones en las que matarse el un acto libre y voluntario, es decir, decidir sobre la vida y nuestro modo de estar en ella. 
A lo mejor a mi vecino la vejez no le dejaba vivir como él quería, a lo mejor lo que hizo fue el último acto del hombre libre que siempre fue.
 Sea como fuere, descanse en paz.


NOTA: si algún familiar de Gregorio está leyendo el artículo, mi condolencias. Vaya por adelantado, que está muy lejos de mi intención juzgar. Nada sé de cómo fue, solo sé que fue un gran vecino cuya muerte lamento y al que siempre tendré en la memoria.