Al hilo de las ensoñaciones...

domingo, 10 de noviembre de 2019

"Come, gentle night"


Las encrucijadas como los momentos de tránsito nos acercan a ese punto en el que hay que mirar tanto dentro como fuera en busca de una luz que guíe. Esos momentos de tránsito atan a una libertad deseada y temida a partes iguales, a veces libertad accidental.
En medio de un páramo, sin nada que pueda ocultar la silueta que recorta el horizonte, sin el abrigo de la mentira ni el calor de las ficciones, así yermos y expuestos a los vientos y al frío gestado durante años, así se muestran los espacios de tránsito.
El camino lo borraron hace tiempo el viento y la lluvia y la mano descuidada que no quiso dejar migas de pan para que pudiera volar con las demás cometas.
Ese punto exacto sin carteles, sin pisadas, sin rastros pero con un enorme peso de “por si acasos” a la espalda. No caminamos nunca solos, no, caminamos cada uno con nuestros fantasmas, con todo el bagaje que nos han dejado acumular y con su ausencia presente. Nunca viajamos solos, siempre está el ruido sin contestar de las pisadas y las manos que aprendieron los trazados de una piel que ya no está. La piel que queda recuerda con estelas de frío allí donde una vez algunos dedos dejaron calor. La piel recuerda las ausencias y el pecho anida los vacíos. Y así, demasiado ligera y demasiado cargada hay que echar a andar, con miedo de salir volando sin dirección y con miedo de nunca poder avanzar.
Pesa tanto el vacío y el páramo es tan frío, que la encrucijada se demora más de la cuenta ante los ojos, más de lo que nadie debería estar expuesto. Confiar en el calor del propio cuerpo y mirar de nuevo al insondable azul aéreo en busca de alguna pista.
En mitad del páramo se acercan las grullas desconfiadas. Un pequeño momento de éxtasis antes de volver a otear el horizonte. Sería bueno recordar de nuevo cómo era eso de volar, si es que alguna vez se supo.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Algunas siempre pierden


El fin nunca pasa sin hacer daño, la vida tampoco. Camino por las calles con un poso grande de tristeza, tan grande que a veces se me hace hasta difícil caminar. No es el apego, no se trata de ponernos zen a estas alturas de la película, se trata del dolor que genera la pérdida, incluso aunque ésta hubiera sido elegida. 
A su vez, la tristeza me centra de lleno en las calles, en las tiendas. Las miro con distancia pero miro con calma. Me permito observar asépticamente cuanto hay a  mi alrededor, sin vitalidad, puro análisis.
Camino como un fantasma, me muevo entre los contrastes más desgarradores, el barrio obrero, los inmigrantes, la gente de bien, los policías, los turistas, las prostitutas muy mayores ya, sentadas al fresco como si de un pueblo se tratara. Se sientan en sillones viejos en el callejón que está al lado de mi calle, se sientan en cajas de polispam. Sus ventanas están decoradas con plantas, cactus, telas que cambian y que a veces dejan en la puerta, quizá indicando que estén con alguien arriba. Las miro, me miran porque ya me conocen pero aún no me atrevo a saludar, es tanta la hipocresía que he comido en esta sociedad,  que aún tengo miedo y rechazo para dar ese salto. No me enorgullece, pero  menos soy consciente de ello.
Son prostitutas muy mayores en su mayoría excepto alguna muy joven, creo que son rumanas casi todas menos una mujer que además parece heroinómana. A veces siento una profunda compasión hacia ellas, y otras veces me parece que esa compasión está emponzoñada con  soberbia y clasismo. Lo que hacen es duro, durísimo, deshumanizador. Pero no las juzgo a ellas. No soy nadie, aquí no hay mejores ni peores, hay gente que sobrevive.
En esta sociedad nada tiene sentido y mucho menos rumbo. No soy nadie para juzgarlas, pero soy una ciudadana y  puedo juzgarnos como sociedad, juzgar la venda en los ojos, los blancos y negros que veo cada día al cambiar de una calle a otra. En apenas 70 metros hay gente que reza en la iglesia, les oigo cantar. Solo 70 metros. Me cuesta trabajo asimilar cómo los de la taberna ecológica hacen como si fueran alternativos al sistema consumiendo vinos caros, cómo los de la iglesia rezan evadidos del mundo, cómo yo creo que educo, cuando realmente soy una mercenaria de la filosofía o… yo qué sé. No soy nada.  Nada tiene realmente sentido. Contrastes marcados de camino a casa, el juego absurdo de vivir donde algunas siempre pierden.
Algunas siempre pierden.

miércoles, 19 de junio de 2019

Sol del naciente


La misma música que encerraba en el silencio ahora libera de él. La misma luz, la misma pantalla, ahora pertenecen a otro espacio y otro tiempo. Las vidas se destruyen y construyen con un cierto ritmo marítimo con la imprevisible forma en la que rompen las olas en un acantilado, siempre idénticas por el hecho, siempre diferentes en cuanto a la forma.
Ahora, ¿En qué lado nos posicionamos? El ser es la regularidad, lo idéntico o el ser es la diferencia, la inmanencia irrepetible de un tiempo que en realidad no existe más que como forma de no perder la identidad en un universo demasiado vasto. Ser frente a estar siendo, ser frente a existir, existir frente a vivir.
La frecuencia con la que olvidamos que todo son castillos de arena es un indicativo del miedo cerval que genera lo consustancial al vivir, el dejar de hacerlo, el volver a construir lo que se destruye y lo que jamás volverá a ser lo mismo. Los niños no tienen miedo, parece que olvidan rápido el dolor, parece que supieran que nada permanece más allá de una tarde y que la clave está precisamente en levantar un universo, aún a sabiendas de la fugacidad del resultado. Ellos viven el instante con la eternidad de las estrellas. Ellos ignoran lo que nosotros inventamos y no somos capaces de olvidar.
La misma música que velaba las horas y la voz interior ahora desvela las palabras y los instantes prisioneros. Con calma las sensaciones se van quitando el arrullo, ese con el que intentaron quitarse el frío, el que guardó los vacíos y las ausencias, el que las estranguló de pura necesidad. Encerraba un sol de principios de verano que se escondía de las nieves tempranas.
La arena se extiende a los pies, es Junio y una preciosa luz vuelve a iluminar la eterna y prometeica tarea de vivir.


lunes, 20 de mayo de 2019

La urgencia de vivir.


Me resulta fascinante la manera en que nos perdemos y nos encontramos a nosotras mismas a lo largo de la vida. A veces como si una niña se perdiera entre la multitud o en el bosque, en el parque. De pronto, la adulta desorientada se angustia por  hacerse cargo de nuevo. La ve, está entretenida, decide olvidarse por un momento. Cuando vuelve a levantar la cabeza, el momento han sido varios años y ha pasado casi una vida entera.
Nos perdemos a nosotras a lo largo del tiempo, nos volvemos a encontrar, visiblemente cambiadas, como dos viejas amigas por las que la vida ha pasado en todas sus formas. La sensación es de cierto alivio y de sorpresa, de nuevo hay que comenzar a rescatar ese idioma inventado que se fue gestando a lo largo de varios años, ese idioma que solo nosotras y entre nosotras mismas hablábamos.
Otra sensación es la de volver a estar en casa y hacer presentes sentimientos velados. Acordarse de lo que queríamos, recordar qué nos gustaba y cuándo, cuáles eran los anhelos, dónde queríamos ir, la sensación sólida y frágil de los pies descalzos.
El sol después de un largo letargo invernal. Abrir los ojos y descubrir que la luz no había muerto definitivamente. Siempre estuvo ahí la otra mitad de la vida por vivir. La ineludible e inaplazable urgencia de vivir. Nuestro "verano invencible".

domingo, 21 de abril de 2019

Abstinencia de notificaciones en rojo


“¿A quién le diré ahora lo bonito que está el cielo por la tarde y la luz tan hermosa sobre los nidos de las cigüeñas? ¿A quién le diré esa chorrada que me cruza la mente y que me hace gracia?”
La respuesta podría ser, “a todas esas personas con las que ocupo el mismo tiempo y espacio”. Pero sabemos que ciertos mensajes no tienen sentido en la comunicación oral y presencial física. No le cantaríamos una canción a nuestro compañero de trabajo, no llevaríamos a una amiga hasta el sitio donde estamos comiendo para que viera nuestra saludable ensalada para luego mandarla a casa directamente, ni llamaríamos a nuestra vecina para que viniera a ver nuestros pies en la playa mientras ella trabaja en Madrid durante el mes de agosto.
La comunicación oral no mediada por la tecnología  quizá  se diferencie de la comunicación en redes sociales y aplicaciones de mensajería, en que la primera implica un diálogo fluido, capacidad argumentación de las ideas de forma extensa y el interés en transmitir un mensaje con una retroalimentación por parte del interlocutor dentro de las mismas premisas, es decir, respuesta argumentada, escucha activa, etc. En la comunicación oral tenemos en cuenta si a nuestro interlocutor le puede interesar lo que decimos, si es pertinente por la hora del día que es, si es verdaderamente importante o significativo como para decírselo. De hecho, tenemos en cuenta si nuestro interlocutor es la persona indicada para hablar de eso. Creo que pocas de estar instrucciones se tienen en cuenta en las redes sociales.
Partiendo de la base de que no sabemos a ciencia exacta a cuántas personas se lo estamos mandando, porque no tenemos en mente a todos los contactos que tenemos agregados; que tampoco nos importa la hora del día; ni tan siquiera es un mensaje a una persona es un grito virtual a una multitud. Teniendo todo esto en cuenta, ¿es igual un diálogo tú a tú, que gritar algo a un grupo innominado de personas?
Otra cosa que me parece curiosa es que el vínculo entre el mensaje y la intención del mensaje está cada vez más disociado es estas redes. No me parece que lo que se dice responda realmente a lo que de hecho se dice, muchos mensajes en fb o twitter son una herramienta para poder satisfacer el propio ego, para reclamar afecto, para captar seguidores, etc. No son una herramienta para decir lo que de hecho se dice.
Es cierto que muchas veces surgen debates en redes, debates interesantes y acalorados, ahora bien, la forma de comunicar en estas plataformas está constreñido físicamente por una pequeña pantalla y por la ausencia del reposo visual y cognitivo necesario para poder pensar la respuesta. De hecho a veces estos diálogos adquieren la forma de pequeños monólogos intercalados en los que la premisa es: “que gane el aforismo más ingenioso”. Si nos comunicamos en redes es algo casi accidental, el diálogo es tan complicado que hay que hacer hermenéutica del punto y coma y del emoticono para saber las intenciones de nuestro interlocutor.
Regreso a las primeras preguntas. Cuando decidí eliminar las redes sociales de mi vida lo hice porque necesitaba vivir la comunicación de forma más intensa y más real. De igual forma que tenía presente que este blog nació fruto del aislamiento y por la necesidad de comunicarme con la gente a la que apreciaba, nunca tuve total claridad acerca de los motivos que me llevaron a tener Facebook o Instagram. Cuando me paré a pensarlo, las respuestas eran parciales, no falsas, pero sí respuestas a medias. Pensaba que era por vivir lejos de mis amigos y amigas, pensaba que paliaba mi necesidad de pertenencia a un grupo, que podría estar más informada sobre cosas interesantes sobre el mundo, que contribuía a solucionar mi problema de timidez. Todo ello es verdadero, pero una vez que he sondeando la carencia que ha dejado en mí abandonar las redes sociales, he descubierto que las fuerzas más poderosas son la soledad y el afecto. El mensaje es una excusa, las redes sociales han encontrado un suelo fértil en esas necesidades que hoy adquieren tintes de enfermedad en toda la sociedad. No somos una sociedad, no somos comunidad, pero necesitamos serlo. Por este motivo buscamos cualquier campo donde poder plantar esas semillas y florecer.
La necesidad de afecto es tan grande y el vacío generado por esta sociedad, tan brutal, que el uso de redes deviene con rapidez en algo compulsivo. Es un placebo afectivo para muchos que lucra a unos pocos. La forma de hacer productiva una necesidad inherente a la condición humana.
¿Por qué quedamos atrapados en la red? Creo, y esta es mi tesis, que no es porque se logre una comunicación efectiva, es más bien por la constante promesa de llegar a tenerla. Esa promesa nos mantiene en movimiento, pero nunca se hace efectiva. Siempre quedamos con ganas de más. Más notificaciones en rojo, más vídeos, más noticias, más menciones, más amigos, más cosas nuevas. Todo ello en una espiral que nunca cesa. Queremos que las redes nos den algo que nunca nos pueden dar pero que tampoco nos niegan claramente. De esta forma, la escucha activa se transforma en un comentario, pero no es escucha activa; la atención es un “me gusta”, y un abrazo… ¿qué sería un abrazo?
Nos hemos convertido en mónadas leibnizianas, contenemos un espejo del mundo pero estamos incomunicadas, sin ventanas y todas nos movemos al son de la armonía preestablecida que marca el modo de producción capitalista.
Releo lo escrito y sé que suena como si hiciera apología para volver a las cavernas y abolir el uso de las tecnologías. No es mi intención, sino la de recalcar la necesidad de tomar conciencia de qué queremos y qué necesitamos y hacer un uso consciente de nuestras facultades para lograrlo con los medios que estimemos convenientes. Hablo de emplear la cabeza, de ser conscientes, de repensar los fines y los medios adecuados.
No hablo de superar la “muerte de Dios”, ni de la pérdida de fe en los metarrelatos, ni siquiera de una reflexión axiológica con pretensiones universalistas. Hablo solo de la necesidad de tomar consciencia de dónde están nuestras manos y nuestras cabezas y de lo que queremos hacer con ellas, ya no como sociedad, sino primero como individuos. El problema no es que la sociedad se haya extinguido, es que lo hemos hecho las personas, nos hemos disuelto en un mar de ceros y unos por intentar anestesiar el dolor que implica existir.

jueves, 18 de abril de 2019

Carabanchel Alto

Nueva Numancia. El agua cae tímida, la falta de costumbre o el miedo ante una ciudad tan grande y tan sucia. El gris del cielo, de la calle, el humo. El gris, todo gris y polvo.

A letter to Elise.

El metro abre la boca, una caverna impersonal revestida de olor humano. Hoy es un refugio ante las escasas gotas y la libertad angustiosa del día sin escribir.
Todo sigue intacto el asfalto, el barullo monstruoso del aislamiento de miles de personas y coches. Los túneles del metro nos conectan a modo de arterias vacías en el corazón inexpugnable de este mastodonte innominado de soledades.
Nos reunimos accidentalmente, nos chocamos por azar buscando el contacto que nos podría salvar la vida. Quizá una mirada directa nos salve la vida a diario.
Puente Vallecas. Es pronto pero nuestros anhelos y desencuentros quieren hablar entre ellos. Me detengo en las finas cejas de la mujer que hay delante de mí, en sus ojos cansados con el aire elegante de los años treinta, podría ser Greta Garbo, es muy guapa. Los ojos de sueño de ese chico buscan a alguien que no está presente, parece salido de un vídeo de los años ochenta; con la misma desesperación de entonces, eso queda intacto, querer comerse el mundo y acabar devorado por un nudo en la garganta o por unos ojos negros y brillantes.
Nuestras soledades se reúnen y viajan en metro, viajan juntas por si acaso al abrigo unas de otras lograran darse algo de calor. Es tan pronto que cuesta darle sentido a las cosas.
Tengo instalada una pequeña semilla solar en el centro justo del pecho, la trajo el viento. Me ha abierto una hendidura por la que se cuela el dolor de los demás y acaso sus sueños. Abrazaría la sonrisa ingenua de la mujer que mira su móvil; el ceño fruncido de ese hombre que siente inseguro porque nunca viaja en metro, los ojos agotados del chico que hace días que no duerme porque no sabe cómo decírselo.
Hoy me siento tan próxima a la humanidad que me arden los pulmones de respirar su cercanía.
Me gustaría detenerme, detener el tiempo, seguir escuchando a The Cure decirle a Elise que nunca lo hubiera querido. Quiero detener este momento extraño de comunión de nuestra fragilidad, pero el metro no se detiene.
Próxima parada, Carabanchel Alto.

domingo, 7 de abril de 2019

Shine on you crazy diamond


Llegados a este punto cabe ir aceptando que da igual la cantidad de veces que nos caigamos porque una vez que pasa el dolor, el suelo es demasiado duro para permanecer durante mucho tiempo tirados en él. Nos levantaremos siguiendo (aún no sé) un instinto de vida o un instinto suicida. Da igual cuántas veces nos hayamos desollado las rodillas por andar sin frenos en la bici, porque volveremos a andar sin ellos cuando la sangre se haya cortado y la herida haya cicatrizado.
Miro por dentro y dudo que algo haya cambiado realmente. Escucho “Shine on your crazy diamond” y observo incrédula, que todo sigue igual aquí dentro. Los años hacen poca mella en los anhelos y la experiencia del dolor solo sirve en algunos casos, para retrasar o demorar otra caída. La vida es la extenuante tarea de tropezar , desandar tres pasos, andar uno y con un poco de suerte alcanzar la satisfacción del trabajo bien hecho de nuevo con las rodillas heridas.
Envidio el optimismo de quien se lo pueda permitir, envidio a quien se rinde y para, envidio la ataraxia y la apatheia, envidio el espíritu de la lucha de las guerreras, envidio la energía eléctrica de las tormentas que almacenan ciertas personas. A mí me mueve un estúpido corazón que, por culpa de su absurda esperanza, me está destrozando las rodillas.