Al hilo de las ensoñaciones...

viernes, 3 de enero de 2020

Hogar


Algo abisal e infondo
un pequeño puñal de plata
Abisal y recóndito
innominado
Algo que se acopla en el esternón
y encapsula vacíos
Agujero negro
Respirar dolor a cada paso
A veces
respirar dolor
Buscar en la luz crepúsculos mesiánicos
Promesas diluidas de un hogar venidero.
Anochecen aves en la cuna de mis pestañas
de levantar el vuelo, se llevarían con ella la esperanza
Es tarde para creer en Dios.
Me pregunto si lo será para empezar
Empezar de nuevo
Tejer un hogar en el centro exacto del pecho.
Allí donde estén mis manos,
Donde sea que me lleven los pies.
Tejer un hogar.
Mi hogar.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Ahab


Su empresa había cerrado la sucursal de la ciudad donde había vivido durante los últimos 20 años y le habían ofrecido trasladarse a Zaragoza capital. Si lo quisiera rechazar, la otra opción era el paro y buscar empleo.  La idea del paro no era tan mala en su cabeza como lo era en realidad. Afortunadamente era un hombre cabal, racional y prudente, muy prudente; sopesando su edad (a los 55 años por muy buen empleado que fuera, pocos sitios le querrían contratar), y su carácter más bien introvertido y huraño, sabía de sobra que sería un mal candidato en cualquier selección de personal. Además él solo sabía hacer bien su trabajo, era un buen banquero.
La sola idea de trasladarse a Zaragoza le ponía los pocos pelos que le quedaban de punta, era una ciudad muy grande para él, acostumbrado a su pequeña ciudad y a sus rutinas, estaba seguro de que quizá no se acostumbraría en los diez años que aún le quedaban para jubilarse. No pensaba en la gente que dejaría, que quitando a su madre y a su primo Luis, a poca más se reducía; tampoco pensaba en el trabajo, más carga de trabajo le daba igual. Lo que realmente le quitaba el sueño era tener que adaptarse a una ciudad desconocida. Dónde comprar el pan o el pescado, dónde tomar el café por la mañana, cómo llegar hasta el trabajo. Eso era lo que le mantenía las noches en vela.
Llevaba mirando pisos desde que se lo dijeron, tres meses más tarde y después de un dineral invertido en ir cada fin de semana a ver apartamentos e inmobiliarias, ya había encontrado el ideal. Estaba cerca del trabajo, pequeño y soleado, perfecto para llevar una vida tranquila y ordenada.  El piso estaba en una zona residencial nueva, muy tranquila y algo alejada del centro.
Solo había ido a Zaragoza una vez con su madre y con su tía Paqui a ver el Pilar, parece ser que  la Tata le habían hecho una promesa a la Virgen hacía treinta años y le debían una visita, decía que quería ir antes de morirse. Se las llevó a las dos de muy mala gana, pero ellas lo disfrutaron tanto que a la vuelta en el autobús sabía que había hecho lo correcto acompañándolas. De aquello ya había pasado tiempo y Zaragoza había crecido enormemente. Aunque no quería mudarse, sabía que alejarse un poco de su ciudad y de su madre no le vendría mal. Desde que había muerto Silvia se había vuelto muy protectora, era de la antigua escuela y pensaba que un hombre necesitaba a una mujer para poder sobrevivir. Quizá fuera cierto, pero las constantes injerencias en su vida le quitaban el silencio y el sosiego que necesitaba. Solo le pedía a la vida estar tranquilo para poder seguir investigando en la figura de Napoleón y avanzar en sus estudios.
Pensaba que sería una buena oportunidad ir a Zaragoza pese a todo, si se armara de valor, podría contactar con los miembros de la Sociedad Napoleónica que vivían allí y conocer a alguno de sus socios con los que mantenía una correspondencia fluida desde hacía años. También había investigado sobre la Asociación de “Los Sitios” y quería conocer más. Pero pensar en moverse por esa ciudad le daba dolor de estómago. La vida burlona no le había dado más opciones.
“Ahab”. La primera vez que vio ese nombre escrito fue en el ascensor de su casa. Era todo tan nuevo, que le chocaba que alguien hubiera arañado el metal ya que era el comportamiento propio de
adolescentes y en el portal solo había adultos y niño pequeños que no llegaban a esa altura.
¿Cuánto hacía que había leído esa novela? ¿Cuarenta años?. Moby Dick era un libro que le había obsesionado desde pequeño, relucía impoluto y sin leer en casa de su mejor amigo de la infancia, Andrés. Era de La editorial Planeta, de una colección de libros de los que con el tiempo se acabaría leyendo la mayoría. Era tan grande que en cierto modo se retó a sí mismo a leerlo cuando tuviera edad suficiente.  Recordaba que al principio fue duro porque la ingente cantidad de detalles y datos hacían que la lectura fuera lenta. Pese a todo pronóstico lo terminó y le encantó. Soñar con esos mares, la valentía hasta la locura del Capitán, cada página hacía de Moby Dick un libro único. La batalla épica y obsesiva de aquel del que ahora veía su nombre garabateado en el ascensor, “Ahab”, le parecía que iba más allá de un odio humano. Admiraba tanto su valor que deseaba llegar algún día a ser un cuarto de valiente de lo que él era, pero sin esa terrible crueldad que le caracterizaba. 
 Las primeras semanas en Zaragoza fueron estresantes aunque el trabajo era similar al de la vieja sucursal. Ir conociendo al personal y los compañeros de trabajo fue relativamente sencillo porque la gente era bastante sociable y amable, la acogida fue muy buena. Pero ir encontrando sus rutinas y huecos, eso fue más complicado. No tenía sitios en los que se encontrara absolutamente cómodo y como en casa y, aunque sabía que era una cuestión de tiempo, la desazón por estar desubicado le tenía sin poder dormir por las noches y con pocas energías para explorar la ciudad durante el día.
Pasaron los tres primeros meses y poco a poco se iba haciendo con el barrio, no había muchas tiendas, pero eran suficientes para abastecerse. Su horario de mañana le permitía dedicar las tardes a sus estudios, y como su madre ya no iba todas las tardes a verle, descubrió que le cundía bastante. Todas las tardes paraba en la cafetería que había al lado del parque después de dar un pequeño paseo puntualmente a las ocho. La vida se iba acoplando a un orden nuevo y sentía que algo se iba aquietando en su interior.
La segunda vez que vio el nombre escrito fue una mañana que ya se había planteado como extraña desde primera hora, el señor del perro  a manchas no había bajado a pasear y el de la frutería tenía cerrado. De seguir cerrado a la vuelta no sabía dónde podía comprar el pan. Al girar hacia el parque vio en grande escrito “Ahab” en un murete de hormigón de la piscina de verano. Desde el primer día en el ascensor no lo había vuelto a ver. No podía evitar imaginar quien sería el ilustre vándalo.
El día transcurrió sin más incidentes, pero quizá por lo diferente del día o porque el frío se acercaba sin haberse dado cuenta, cayó en la cuenta de que aún no había ido a conocer a sus colegas de la Sociedad Napoleónica. La idea de tener que ir hasta allí no le gustaba nada. Estaba mal reconocerlo, pero aún no había pisado el centro desde que se mudo y quizá y en el fondo tenía muchas ganas. Desechó el pensamiento rápido y volvió a su refugio de letras y ropa planchada en su hogar eso que se le movía por dentro se tranquilizaba y adormecía en una quietud agradable.
Dos semanas más tarde tuvo que ir a una tienda de informática que había en el barrio Oliver, le angustiaba tanto la idea que estuvo a punto de dejar que se le perdiera toda la información del ordenador. Su compañero Mario le dijo que no había nada que temer, él vivía allí y nunca le había pasado nada. “Además tío, mides más de un metro noventa, con la cara tan seria que tienes y tu envergadura, no te va a toser ni Dios, tú tranquilo”. Decidió ir andando después de mirar Google maps más de quince veces. Llegó sin problemas y le atendieron de maravilla. A la vuelta, vio escrito en pequeño en una marquesina ese nombre que parecía estar acompañándole desde que había llegado a Zaragoza. La curiosidad había empezado a hacer mella en él.
Desde ese momento se fueron sucediendo lo que a todas luces ya no podía ser una coincidencia, “Ahab” aparecía escrito en todo el trayecto que tenía que hacer al trabajo y en las calles aledañas. Una tarde se decidió a investigar un poco más allá de su barrio por una zona desconocida, no había nada, pero al cabo de los dos días volvió porque descubrió una pastelería con unos dulces soberbios, y allí estaba, “Ahab” arañando la corteza de un árbol y escrito en la pared de un Alcampo. Lo que le había empezado a invadir era ira, ese era el nombre a lo que le pasaba. Alguien le estaba tomando el pelo… el poco que le quedaba.
Las siguientes semanas se dedicó a intentar verificar su hipótesis, alguien escribía por los sitios por donde él pasaba al cabo de los dos días. Estaba tan seguro que  incluso un día fue hasta el Paseo Independencia y la calle Alfonso para comprobarlo. Y sé dio cuenta de que Zaragoza era una ciudad bonita, no cabía duda. ¿Cómo habría dejado pasar tanto tiempo? Se tomó un café en “La Bendita” y leyó un rato, sin olvidar claro, que a los dos días volvería a pasar sobre sus pasos para comprobar que Ahab habría dejado su nombre en algún sitio del camino.
Mientras tomaba el café recordó que alguien del trabajo le había hablado de una empresa que hacía visitas guiadas y pensó que no sería mala idea, cerca del Muro de la Parroquieta de la Seo vio un grupo que llevaban pegatinas de esa empresa y debían de estar terminando la visita porque aplaudían a una chica jovencita de boina negra que sonreía complacida. Al llegar a casa miró en internet alguna de estas rutas y se apuntó a una. No olvidaba que tenía que volver otra vez al centro para confirmar su hipótesis pero aprovecharía el viaje. Alguien se reía de él e iba a descubrirlo.
Había reservado para el sábado por la tarde la visita guiada, le contarían leyendas de Zaragoza, se fue con bastante tiempo para ver si Ahab había dejado su nombre en alguna zona por la que había pasado cuatro días antes. Así era, en una marquesina del tranvía. ¿Qué vecino le seguía y porqué se quería reír de él? La curiosidad le comía por dentro, y estaba dispuesto a encontrar a su burlador. Pese a aquel desagradable hallazgo en la marquesina, la visita estuvo fenomenal, disfrutó mucho de las historias e incluso pudo lucir sus conocimientos sobre los Sitios cuando la chica lo contó, todo el mundo le aplaudió y aunque le dio algo de vergüenza, no pudo ocultar que le encantó.
De camino a casa, en el autobús, se acordó de que aún no había quedado con los de la Sociedad Napoleónica y pensó que quizá no estaría mal acudir a alguna reunión. De hecho había estado dándole vueltas y después de tanto paseo buscando a Ahab, la ciudad ya no le parecía ni tan grande ni tan desconocida. Decidido a dar el paso esa misma noche mandó un correo a Manuel Aznárez, la persona con la que más correspondencia había mantenido. Manuel le respondió inmediatamente y concertaron una cita para el martes por la tarde. El domingo se levantó de muy buen humor, hacía tiempo que tenía ganas de conocerlo en persona.
No se le iba de la cabeza Ahab, pero poco a poco, al ir descubriendo la ciudad había logrado que Ahab no se convirtiera en una especie de Moby Dick para él. La obsesión había ido  remitiendo, y aunque la curiosidad estaba ahí, la idea de conocer a Manuel y la visita del pasado sábado, o la pastelería de Valdefierro, le habían ido dando una seguridad inusitada para su carácter. Había logrado poco a poco salir de casa y los constantes paseos buscando ese nombre le habían hecho ir conociendo las calles de su nuevo hogar.
Le iba dando vueltas a lo familiar que le resultaba la letra con la que firmaba Ahab. Había llegado a pensar que quizá fuera a fuerza de fijarse y verlo escrito. La única algo distinta era la del ascensor que vio el primer día, pero el resto tenían una “A” mayúscula muy clásica y en general una bonita letra cursiva. ¿Sería algún cliente de la oficina? Era muy probable que desvelar el misterio estuviera cada vez más cerca, era cuestión de fijarse en las firmas y en los papeles. Podría incluso ser algún compañero. Era una niñería, pero la curiosidad le picaba tanto que no lo dejaría en paz hasta que no lo descubriera.
La charla con Manuel Aznárez fue maravillosa y apasionante, le había invitado a una comida que harían todos los miembros el sábado siguiente, pensó que tenía muchas cosas que aprender de aquella gente, había varios doctores en historia y dos novelistas de bastante fama. Cada vez se iba sintiendo mejor en esa ciudad, de hecho era sorprendente lo mucho que había salido de casa dado su carácter. Estaba irreconocible. Un nueva vida cerca de los 60, ¿Quién se lo iba a decir?
Nunca olvidaría la vuelta a casa de aquella noche, sacó su libreta para repasar las notas que había tomado de la conversación con Manuel Aznárez, embriagado aún de su sabiduría. Escrito con rotulador verde, el mismo que le manchaba las manos leyó una “A” clásica y algo pasada de moda, en una perfecta letra cursiva.

domingo, 10 de noviembre de 2019

"Come, gentle night"


Las encrucijadas como los momentos de tránsito nos acercan a ese punto en el que hay que mirar tanto dentro como fuera en busca de una luz que guíe. Esos momentos de tránsito atan a una libertad deseada y temida a partes iguales, a veces libertad accidental.
En medio de un páramo, sin nada que pueda ocultar la silueta que recorta el horizonte, sin el abrigo de la mentira ni el calor de las ficciones, así yermos y expuestos a los vientos y al frío gestado durante años, así se muestran los espacios de tránsito.
El camino lo borraron hace tiempo el viento y la lluvia y la mano descuidada que no quiso dejar migas de pan para que pudiera volar con las demás cometas.
Ese punto exacto sin carteles, sin pisadas, sin rastros pero con un enorme peso de “por si acasos” a la espalda. No caminamos nunca solos, no, caminamos cada uno con nuestros fantasmas, con todo el bagaje que nos han dejado acumular y con su ausencia presente. Nunca viajamos solos, siempre está el ruido sin contestar de las pisadas y las manos que aprendieron los trazados de una piel que ya no está. La piel que queda recuerda con estelas de frío allí donde una vez algunos dedos dejaron calor. La piel recuerda las ausencias y el pecho anida los vacíos. Y así, demasiado ligera y demasiado cargada hay que echar a andar, con miedo de salir volando sin dirección y con miedo de nunca poder avanzar.
Pesa tanto el vacío y el páramo es tan frío, que la encrucijada se demora más de la cuenta ante los ojos, más de lo que nadie debería estar expuesto. Confiar en el calor del propio cuerpo y mirar de nuevo al insondable azul aéreo en busca de alguna pista.
En mitad del páramo se acercan las grullas desconfiadas. Un pequeño momento de éxtasis antes de volver a otear el horizonte. Sería bueno recordar de nuevo cómo era eso de volar, si es que alguna vez se supo.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Algunas siempre pierden


El fin nunca pasa sin hacer daño, la vida tampoco. Camino por las calles con un poso grande de tristeza, tan grande que a veces se me hace hasta difícil caminar. No es el apego, no se trata de ponernos zen a estas alturas de la película, se trata del dolor que genera la pérdida, incluso aunque ésta hubiera sido elegida. 
A su vez, la tristeza me centra de lleno en las calles, en las tiendas. Las miro con distancia pero miro con calma. Me permito observar asépticamente cuanto hay a  mi alrededor, sin vitalidad, puro análisis.
Camino como un fantasma, me muevo entre los contrastes más desgarradores, el barrio obrero, los inmigrantes, la gente de bien, los policías, los turistas, las prostitutas muy mayores ya, sentadas al fresco como si de un pueblo se tratara. Se sientan en sillones viejos en el callejón que está al lado de mi calle, se sientan en cajas de polispam. Sus ventanas están decoradas con plantas, cactus, telas que cambian y que a veces dejan en la puerta, quizá indicando que estén con alguien arriba. Las miro, me miran porque ya me conocen pero aún no me atrevo a saludar, es tanta la hipocresía que he comido en esta sociedad,  que aún tengo miedo y rechazo para dar ese salto. No me enorgullece, pero  menos soy consciente de ello.
Son prostitutas muy mayores en su mayoría excepto alguna muy joven, creo que son rumanas casi todas menos una mujer que además parece heroinómana. A veces siento una profunda compasión hacia ellas, y otras veces me parece que esa compasión está emponzoñada con  soberbia y clasismo. Lo que hacen es duro, durísimo, deshumanizador. Pero no las juzgo a ellas. No soy nadie, aquí no hay mejores ni peores, hay gente que sobrevive.
En esta sociedad nada tiene sentido y mucho menos rumbo. No soy nadie para juzgarlas, pero soy una ciudadana y  puedo juzgarnos como sociedad, juzgar la venda en los ojos, los blancos y negros que veo cada día al cambiar de una calle a otra. En apenas 70 metros hay gente que reza en la iglesia, les oigo cantar. Solo 70 metros. Me cuesta trabajo asimilar cómo los de la taberna ecológica hacen como si fueran alternativos al sistema consumiendo vinos caros, cómo los de la iglesia rezan evadidos del mundo, cómo yo creo que educo, cuando realmente soy una mercenaria de la filosofía o… yo qué sé. No soy nada.  Nada tiene realmente sentido. Contrastes marcados de camino a casa, el juego absurdo de vivir donde algunas siempre pierden.
Algunas siempre pierden.

miércoles, 19 de junio de 2019

Sol del naciente


La misma música que encerraba en el silencio ahora libera de él. La misma luz, la misma pantalla, ahora pertenecen a otro espacio y otro tiempo. Las vidas se destruyen y construyen con un cierto ritmo marítimo con la imprevisible forma en la que rompen las olas en un acantilado, siempre idénticas por el hecho, siempre diferentes en cuanto a la forma.
Ahora, ¿En qué lado nos posicionamos? El ser es la regularidad, lo idéntico o el ser es la diferencia, la inmanencia irrepetible de un tiempo que en realidad no existe más que como forma de no perder la identidad en un universo demasiado vasto. Ser frente a estar siendo, ser frente a existir, existir frente a vivir.
La frecuencia con la que olvidamos que todo son castillos de arena es un indicativo del miedo cerval que genera lo consustancial al vivir, el dejar de hacerlo, el volver a construir lo que se destruye y lo que jamás volverá a ser lo mismo. Los niños no tienen miedo, parece que olvidan rápido el dolor, parece que supieran que nada permanece más allá de una tarde y que la clave está precisamente en levantar un universo, aún a sabiendas de la fugacidad del resultado. Ellos viven el instante con la eternidad de las estrellas. Ellos ignoran lo que nosotros inventamos y no somos capaces de olvidar.
La misma música que velaba las horas y la voz interior ahora desvela las palabras y los instantes prisioneros. Con calma las sensaciones se van quitando el arrullo, ese con el que intentaron quitarse el frío, el que guardó los vacíos y las ausencias, el que las estranguló de pura necesidad. Encerraba un sol de principios de verano que se escondía de las nieves tempranas.
La arena se extiende a los pies, es Junio y una preciosa luz vuelve a iluminar la eterna y prometeica tarea de vivir.


lunes, 20 de mayo de 2019

La urgencia de vivir.


Me resulta fascinante la manera en que nos perdemos y nos encontramos a nosotras mismas a lo largo de la vida. A veces como si una niña se perdiera entre la multitud o en el bosque, en el parque. De pronto, la adulta desorientada se angustia por  hacerse cargo de nuevo. La ve, está entretenida, decide olvidarse por un momento. Cuando vuelve a levantar la cabeza, el momento han sido varios años y ha pasado casi una vida entera.
Nos perdemos a nosotras a lo largo del tiempo, nos volvemos a encontrar, visiblemente cambiadas, como dos viejas amigas por las que la vida ha pasado en todas sus formas. La sensación es de cierto alivio y de sorpresa, de nuevo hay que comenzar a rescatar ese idioma inventado que se fue gestando a lo largo de varios años, ese idioma que solo nosotras y entre nosotras mismas hablábamos.
Otra sensación es la de volver a estar en casa y hacer presentes sentimientos velados. Acordarse de lo que queríamos, recordar qué nos gustaba y cuándo, cuáles eran los anhelos, dónde queríamos ir, la sensación sólida y frágil de los pies descalzos.
El sol después de un largo letargo invernal. Abrir los ojos y descubrir que la luz no había muerto definitivamente. Siempre estuvo ahí la otra mitad de la vida por vivir. La ineludible e inaplazable urgencia de vivir. Nuestro "verano invencible".

domingo, 21 de abril de 2019

Abstinencia de notificaciones en rojo


“¿A quién le diré ahora lo bonito que está el cielo por la tarde y la luz tan hermosa sobre los nidos de las cigüeñas? ¿A quién le diré esa chorrada que me cruza la mente y que me hace gracia?”
La respuesta podría ser, “a todas esas personas con las que ocupo el mismo tiempo y espacio”. Pero sabemos que ciertos mensajes no tienen sentido en la comunicación oral y presencial física. No le cantaríamos una canción a nuestro compañero de trabajo, no llevaríamos a una amiga hasta el sitio donde estamos comiendo para que viera nuestra saludable ensalada para luego mandarla a casa directamente, ni llamaríamos a nuestra vecina para que viniera a ver nuestros pies en la playa mientras ella trabaja en Madrid durante el mes de agosto.
La comunicación oral no mediada por la tecnología  quizá  se diferencie de la comunicación en redes sociales y aplicaciones de mensajería, en que la primera implica un diálogo fluido, capacidad argumentación de las ideas de forma extensa y el interés en transmitir un mensaje con una retroalimentación por parte del interlocutor dentro de las mismas premisas, es decir, respuesta argumentada, escucha activa, etc. En la comunicación oral tenemos en cuenta si a nuestro interlocutor le puede interesar lo que decimos, si es pertinente por la hora del día que es, si es verdaderamente importante o significativo como para decírselo. De hecho, tenemos en cuenta si nuestro interlocutor es la persona indicada para hablar de eso. Creo que pocas de estar instrucciones se tienen en cuenta en las redes sociales.
Partiendo de la base de que no sabemos a ciencia exacta a cuántas personas se lo estamos mandando, porque no tenemos en mente a todos los contactos que tenemos agregados; que tampoco nos importa la hora del día; ni tan siquiera es un mensaje a una persona es un grito virtual a una multitud. Teniendo todo esto en cuenta, ¿es igual un diálogo tú a tú, que gritar algo a un grupo innominado de personas?
Otra cosa que me parece curiosa es que el vínculo entre el mensaje y la intención del mensaje está cada vez más disociado es estas redes. No me parece que lo que se dice responda realmente a lo que de hecho se dice, muchos mensajes en fb o twitter son una herramienta para poder satisfacer el propio ego, para reclamar afecto, para captar seguidores, etc. No son una herramienta para decir lo que de hecho se dice.
Es cierto que muchas veces surgen debates en redes, debates interesantes y acalorados, ahora bien, la forma de comunicar en estas plataformas está constreñido físicamente por una pequeña pantalla y por la ausencia del reposo visual y cognitivo necesario para poder pensar la respuesta. De hecho a veces estos diálogos adquieren la forma de pequeños monólogos intercalados en los que la premisa es: “que gane el aforismo más ingenioso”. Si nos comunicamos en redes es algo casi accidental, el diálogo es tan complicado que hay que hacer hermenéutica del punto y coma y del emoticono para saber las intenciones de nuestro interlocutor.
Regreso a las primeras preguntas. Cuando decidí eliminar las redes sociales de mi vida lo hice porque necesitaba vivir la comunicación de forma más intensa y más real. De igual forma que tenía presente que este blog nació fruto del aislamiento y por la necesidad de comunicarme con la gente a la que apreciaba, nunca tuve total claridad acerca de los motivos que me llevaron a tener Facebook o Instagram. Cuando me paré a pensarlo, las respuestas eran parciales, no falsas, pero sí respuestas a medias. Pensaba que era por vivir lejos de mis amigos y amigas, pensaba que paliaba mi necesidad de pertenencia a un grupo, que podría estar más informada sobre cosas interesantes sobre el mundo, que contribuía a solucionar mi problema de timidez. Todo ello es verdadero, pero una vez que he sondeando la carencia que ha dejado en mí abandonar las redes sociales, he descubierto que las fuerzas más poderosas son la soledad y el afecto. El mensaje es una excusa, las redes sociales han encontrado un suelo fértil en esas necesidades que hoy adquieren tintes de enfermedad en toda la sociedad. No somos una sociedad, no somos comunidad, pero necesitamos serlo. Por este motivo buscamos cualquier campo donde poder plantar esas semillas y florecer.
La necesidad de afecto es tan grande y el vacío generado por esta sociedad, tan brutal, que el uso de redes deviene con rapidez en algo compulsivo. Es un placebo afectivo para muchos que lucra a unos pocos. La forma de hacer productiva una necesidad inherente a la condición humana.
¿Por qué quedamos atrapados en la red? Creo, y esta es mi tesis, que no es porque se logre una comunicación efectiva, es más bien por la constante promesa de llegar a tenerla. Esa promesa nos mantiene en movimiento, pero nunca se hace efectiva. Siempre quedamos con ganas de más. Más notificaciones en rojo, más vídeos, más noticias, más menciones, más amigos, más cosas nuevas. Todo ello en una espiral que nunca cesa. Queremos que las redes nos den algo que nunca nos pueden dar pero que tampoco nos niegan claramente. De esta forma, la escucha activa se transforma en un comentario, pero no es escucha activa; la atención es un “me gusta”, y un abrazo… ¿qué sería un abrazo?
Nos hemos convertido en mónadas leibnizianas, contenemos un espejo del mundo pero estamos incomunicadas, sin ventanas y todas nos movemos al son de la armonía preestablecida que marca el modo de producción capitalista.
Releo lo escrito y sé que suena como si hiciera apología para volver a las cavernas y abolir el uso de las tecnologías. No es mi intención, sino la de recalcar la necesidad de tomar conciencia de qué queremos y qué necesitamos y hacer un uso consciente de nuestras facultades para lograrlo con los medios que estimemos convenientes. Hablo de emplear la cabeza, de ser conscientes, de repensar los fines y los medios adecuados.
No hablo de superar la “muerte de Dios”, ni de la pérdida de fe en los metarrelatos, ni siquiera de una reflexión axiológica con pretensiones universalistas. Hablo solo de la necesidad de tomar consciencia de dónde están nuestras manos y nuestras cabezas y de lo que queremos hacer con ellas, ya no como sociedad, sino primero como individuos. El problema no es que la sociedad se haya extinguido, es que lo hemos hecho las personas, nos hemos disuelto en un mar de ceros y unos por intentar anestesiar el dolor que implica existir.