Al hilo de las ensoñaciones...

lunes, 16 de noviembre de 2015

Vecino

Gregorio pasaba de los 80 y su mujer había muerto hacía muchos años. Era alto, delgado, con muy poco pelo y con una risa constante en la boca cada vez que saludaba. Tenía una energía bastante contagiosa y un gran sentido del humor.
Cada noche, al pasar por delante de nuestra puerta en verano, cuando estábamos sentados en el fresco, paraba un rato a hablar con nosotros.
Le llamaban Porcelanas, Gregorio Porcelanas, y era nuestro vecino casi de puerta. Siempre me cayó muy bien, tenía una sonrisa sincera y esas cosas los niños las saben percibir como nadie.
Cuando se fue haciendo mayor, decidió irse a vivir a la Residencia de mayores. Físicamente estaba bien, pero supongo que se le caía la casa por las noches. La soledad es tremendamente difícil y supongo que la vejez también. De esas cosas uno no se da cuenta cuando es joven y rara vez deseamos empatizar con los ancianos.
Según parece, en la Residencia ayudaba a las auxiliares y enfermeras. Según dicen, era el alma mater del centro.Una vez fui a ver a otra vecina a la Residencia y allí estaba, con su eterna sonrisa, dando el punto de vitalidad a la decrepitud. Realmente, si me paro a pensar, nunca le vi otra expresión en la cara, siempre le conocí sonriendo.
Pues bien, este verano y para sorpresa de todos, Gregorio decidió ponerle fin a su vida. Escribir el último capítulo y ser él quien cerrara el libro y no el azar. El pueblo entero quedó conmocionado. Le pregunté a mi padre si se encontraba mal, me dijo que había hablado por la mañana con él, que le vio extraño, serio, pero que jamás hubiera pensado que podría suicidarse.
No sé lo que sucedió, y verdaderamente lamento muchísimo su pérdida. Una parte de nosotros se va con las personas que han formado parte de nuestra vida. Le recuerdo cada noche de los interminables veranos en el pueblo, yendo a casa a dormir, saludando efusivamente. Recuerdo cada vez se que iba en invierno y me saludaba aunque no se acordara de mi nombre.
Cuando algo así sucede, todos nosotros en el fondo nos sentimos culpables, incluso aunque no fuera una persona a la que viéramos en el día a día. ¿Qué hicimos mal? ¿Le podríamos haber ayudado? ¿No lo quisimos ver?
Según parece, Gregorio dejó las gafas y el bastón en el pozo y simplemente se fue.
Intento entender los motivos, supongo que la vida que quería vivir ya no era posible, que las limitaciones de la vejez no le hacían capaz de seguir el camino elegido, él era un hombre activo, independiente, un hombre de campo. 
Un haz de culpa, miedo y dolor nos suele atar los sentidos en estos casos, y un enorme tabú traspasa las culturas con relación al suicidio.
Quizá en algunos casos, muchas personas después de recibir ayuda psicológica, pueden gozar plenamente de la vida que quisieron segar. El suicidio en ciertas circunstancias puede que sea el recurso de alguien que no es capaz de encontrar la salida a una situación que la tiene y puede que no sea un acto libre.
La pregunta que me hago es, si siempre es así o por el contrario hay ocasiones en las que matarse el un acto libre y voluntario, es decir, decidir sobre la vida y nuestro modo de estar en ella. 
A lo mejor a mi vecino la vejez no le dejaba vivir como él quería, a lo mejor lo que hizo fue el último acto del hombre libre que siempre fue.
 Sea como fuere, descanse en paz.


NOTA: si algún familiar de Gregorio está leyendo el artículo, mi condolencias. Vaya por adelantado, que está muy lejos de mi intención juzgar. Nada sé de cómo fue, solo sé que fue un gran vecino cuya muerte lamento y al que siempre tendré en la memoria.

miércoles, 14 de octubre de 2015

A Galicia de Maeloc

El hueco dejado por las montañas aquí dentro, casi duele físicamente.
Sería mejor no escribir nada porque realmente no hay nada que decir y sobre lo que no se puede hablar, lo mejor es guardar silencio. Para Wittgenstein lo más importante era, en realidad, aquello que no se podía decir. Non son quen de lle levar a contraria a Wittgenstein, faltaría máis, meu rei.
Aún antes de verlo con los ojos, lo había soñado cada noche y cada día y cada hora y cada año.
Tejí, a fuerza de cuatro paredes, el color que debía tener el otoño y la primavera. Me salió una chaqueta que aún guardo y todas las encendidas letras que prendieron la mecha.
Cuando me percato de lo que duele haber perdido esa belleza cada mañana, dejar mi hogar, a quien quiero, sé que en realidad es un tesoro, porque perdió quien tuvo y añora el que ama.
Esto non o calculaches dende a túa habitación, pequena.
Ahora toca el camino de regreso, no temeremos a Cíclopes.




martes, 8 de septiembre de 2015

El Oeste

El Oeste era la frase que escuchaba mil veces antes de dormir. Me la susurraban los Zeppelin al oído y me llevaban al onírico sitio donde "mi espíritu gritaba por liberarse".
Hacia el Oeste se me perdía la vista, ensoñando, cuando intentaba adivinar qué había detrás de las montañas de mi pueblecillo manchego.
El Oeste, al otro lado de la M30, ocultaba el sol y lo guardaba hasta el día siguiente. Era ese momento de la tarde en que el cielo le regalaba un billete de ida a mis ojos, encerrados en un pequeñísimo rincón.
Las leyendas de donde moría el sol, el destino, la muerte, el sentido de la vida, la última gran aventura, el final de la tierra. El Oeste.
Sueños recurrentes y un coche blanco que me llevaba allí. La ventana para escapar de las miserias.
Luego fue la música, el Oeste y el verde. El verde.
Se hizo de pronto tarde y me fui como el conejo de Alicia. Había algo que no podía esperar.
El Oeste.
Apareció tras la M30, tras las montañas. Definitivamente.
Me dio alojamiento y me enseño un par de lecciones. Con calma.
Que nunca supe bien en qué parte se hallaba lo esencial aquí dentro, si en el norte o en el sur. Paradojas de la vida, tuve que venir al Este para confirmar algo que sospechaba, que siempre fui del Oeste.

jueves, 2 de julio de 2015

Conversaciones con Manu. El banquete.

Esta entrada surge a raíz de una conversación con Manu, donde le contaba mi idea del Banquete de la vida. Así que, ambos decidimos hacer una entrada sobre la misma metáfora. Aquí tenéis la forma en que lo desarrolló él. Ciertamente, siempre me sorprende el hecho de que sea capaz de ver la idea más lejos de lo que la veo yo (que soy bastante más miope para estas cosas)
Aquí os dejo mis desvaríos.

"La gran risa liberadora de quien comprende que la alegría llama a la adhesión a la realidad, a la celebración del cuerpo, a lo vivo , inmanente y concreto"
                                    Michel Onfray, Las sabidurías de la Antigüedad. Contrahistoria de la Filosofía I

 Todo comienza, con un poco de suerte, con la teta de mamá. Un sabor dulce y cálido que nos conecta. Probablemente nuestro primer contacto con ella, con la vida.
Lo oral, fuente de placer gastronómico y sexual,  quizá sea también  un modo de acercarnos al mundo, ya que lo conocemos, en parte, a través de lo que comemos. Una comida es un pequeño fragmento de realidad, alguien que nos cuenta una historia, o nosotros mismos los que nos la contamos.
La primera vez que pensé esto fue a raíz de convivir con una chavala de unos  17 años  con serios problemas para comer, para probar cosas nuevas. Casi se diría que era miedo. ¿Qué había detrás de ese miedo a comer una cereza, un trozo de calamar o un poco de zanahoria?
No salía de los sabores básicos de su casa. Sabores muy claros, muy definidos y en cierta manera predominaba lo neutro entre los alimentos que elegía. Las texturas secas, sin matices. Pollo, salchichas, tomate frito de bote, espaguetis y arroz. Era como no querer salir de la zona de confort, ese miedo a lo desconocido y un claro rechazo a lo diferente.
La negación tan rotunda me tenía francamente confundida y cabreada. No me entraba en la cabeza que alguien no tuviera la más mínima curiosidad por saber cómo sabía el tomate o la sandía. Pero la respuesta la fui viendo a medida que me percataba de que esa negación por probar cosas diferentes era en cierta manera paralela a una cierta timidez o miedo a salir del mundo conocido.
No pretendo hacer una ley de esto, ni mucho menos. Sólo creo que quien se niega a probar sabores diferentes por sistema, se niega a conocer una parcela de la realidad. Los alimentos como tantas cosas, están ahí y de nosotros depende disfrutarlo o hacer un problema de ello.
Por medio de la comida podemos ampliar horizontes, conocer el modo de vivir de una determinada región (que esto da para otra entrada), desarrollar la sensibilidad, el olfato, la vista y nuestra capacidad de goce. Probar texturas nuevas, combinaciones, se me antoja un excitante viaje por el mundo.
Un día en una comida monumental de estas que hay en Galicia, me acordé que leí hace tiempo que el paraíso para los celtas era un banquete donde la comida no se acababa nunca. No sé la veracidad de esto, porque venía en un libro de 100 pesetas que me compré hace mil años.
El caso es que sin saber muy bien cómo, cristalizó en una metáfora:  y es que la vida, esta vida, me parece un gran banquete.
Lo vi claro en esa fiesta. La comida en cuestión se prolongó hasta la noche, entonces se sacó la cena, cachola (cabeza de cerdo salada y cocida), lacón, chorizo, jamón, en fin, manjares. Por la noche tuve la suerte de sentarme al lado de lo que me pareció que era el Gran Hedonista. Un hombre que destilaba una gran capacidad de goce en todos los sentidos posibles. Cogió la enorme cabeza de cerdo y fue cortando pequeños trocitos de carne de partes poco accesibles, me fue dando a probar, decía “esta es la mejor parte”, partía carne y la ponía en trozos de pan casero. La carne era jugosa, tierna, en su punto de cocción y de sal. Él llenaba mi copa de vino y contaba chistes. Reía con una gran proyección de voz. Era una de estas personas que no pasan desapercibidas.
Cogía un poco de cada cosa, elegía el queso como un policía tras una pista, miraba qué chorizo coger. Era una gozada verle comer y poder participar de esa sabiduría.
Así que, lo vi claro, la vida me parecía un gran banquete. Comerse la vida es un modo de conocerla y de estar en ella. Se puede disfrutar de lo que nos ofrece o quedarnos en un rincón con un canapé de salchicha y bacon.  Elegir hablar con todo el mundo o quedar en pequeño grupo. Catar todos los caldos o ir a lo seguro. Vivimos en cierto modo de la misma manera que nos comportamos en un banquete.
En un banquete, hay pocas personas que saben cuando hacer una parada. El arte de beber y comer con moderación pero sin renunciar a ese puntillo alegre y probar todos los platos.  Para poder hacerlo hay que saber qué sucede en nuestras cuerpas (que dirían los CxC), poner sentido común y a veces fuerza de voluntad para parar. Todos sabemos que la línea entre disfrutar y sufrir es muy delgada y admiramos a quienes tienen la maestría de disfrutar all night long  sin drogas.
 De igual modo se me figura una correspondencia en la vida que llevamos, pocos viven con conciencia del momento y menos aún toman decisiones mirando de frente. Ahora le llaman Mindfullness, pero desde el budismo siempre se ha hablado de este tema. Estar en el aquí y ahora, sin huir.
La metáforas son difíciles de explicar.Quizá en este banquete no se sabe muy bien qué pintamos y de haberlo sabido antes nos habríamos depilado. Quizá no sea la mejor fiesta del mundo, pero ya que estamos aquí habrá que divertirse.
Sólo veo claro que cuanto más pruebo de lo que hay más me gusta y hay ahí un par de personas a las que aún no he saludado.

Ahora vuelvo.

miércoles, 24 de junio de 2015

"Puedo decir los versos más tristes esta noche"

Cinco minutos antes de entrar al segundo examen de la oposición al cuerpo de profesores de secundaria, se me ocurrió levantar la cabeza de los apuntes y mirar con ojos demasiado humanos a la gente que me rodeaba. Trescientas personas licenciadas en filosofía no se juntan todos los días.
Llámadlo cansancio, lo único que pude escribir fue lo siguiente.
"Lo mires por donde lo mire somos gente triste. Gente que nunca tuvo un lugar muy claro en la sociedad y que ahora lo tiene menos.
Muchos fuimos adolescentes extraños, gente introvertida. Pocos acabaron de entender por qué elegimos estudiar filosofía, incluso nosotros a veces no lo entendemos.
Como una sombra, la constante sensación de tener que justificar que no se  extinga.
Desesperanzados, sin ánimo, sin futuro. Muchos sin haber desarrollado nunca nada de lo que estudiaron, otros tantos ya no recordamos cuando fue la última clase.
Me pregunto qué somos, qué pintamos. Quizá nada.
No somos nada, no valemos para nada. Aristóteles decía que la filosofía no tenía un para qué sino un porqué. Pero en realidad no hacemos barcos, no somos electricistas ni llevamos la contabilidad. Sabemos tirar de hilo de los pensamientos, desarticular un texto, recitar la tesis 11 sobre Feuerbach. Sabemos mirar en las palabras. Poco más que nada. Hoy hacen falta para qués.
Pese a todo algo nos llevo a estudiar filosofía. En algún momento creímos en ella, en nosotros. Para algunos fue refugio.
¿Qué queda de esa fe? Nada.
Esto no tiene sentido y aún así, perseveramos para no quedarnos absolutamente desterrados de la sociedad.
La urgencia por vivir nos aparta a muchos de la filosofía y quedamos nadando a la deriva, sin asidero y sin ubicación.
Somos náufragos peleando por llegar a una isla, peleando por que nos descubra un barco o por ser capaces de ser nuestro propio barco, porque la escalera la tiramos hace tiempo y siempre supimos que a veces es mejor callar"

martes, 16 de junio de 2015

Universo N

Recitarías a Pessoa en portugués,
con esa cadencia.
Dirías suavente "te quiero"
con las manos
Y la hierba, ajena al deseo
Lentamente
Pasando horas
Mientras, la luz se cobraría justa retribución
por los meses de invierno.
Y yo sabría por el ritmo de tu respiración
que nos habríamos perdido para siempre en el verano...

domingo, 14 de junio de 2015

Croquetillas de jamón. El amor y sus formas

Que no cuento nada nuevo lo sé, pero el otro día metida en los fogones, cobró fuerza este pensamiento de a veite duros.
Más que la ropa o la música, de un modo menos impostado, lo que sucede en nuestra cocina habla de nosotros con absoluta claridad.
Supongamos tres frigoríficos:
a/  Lasagna precocinada, un tomate a punto de morir y jamón york pasado. Una bolsa de pan de molde, mantequilla y dos paquetes de salchichas jumbo. Leche semi.
b/ Calabacines, berenjenas, tomates, lechuga, tofu y un poco de guiso de alubias que sobró. Leche de avena, tortitas de frutas y semillas de lino molidas.
c/  Pescado adobado para hacer al horno, leche entera y desnatada, fresas con nata en una ensaladera, filetes de ternera, verdura, tomates, caldo y marisco preparado para hacer paella, jamón serrano y queso, dos lechugas y doce yogures.

Estoy casi segura de que le podemos poner nombre y apellidos a cada una de esas neveras. Por algo será.
Cocinar, es una parte necesaria (en términos relativos) de la vida, pero lejos de ser sólo un modo de procurar combustible para nuestros motores, es un acto lleno de profundidad. Una expresión del vivir, de pensar, de la manera en que entendemos el mundo.
Lo que sucede en nuestras cocinas a veces es también un reflejo de nuestra biografía. Y si no, ¿Cuántas veces en pareja, no se ha discutido sobre el modo de freír las patatas, hacer las croquetas o sobre lo que debe llevar una ensaladilla? El clásico “en mi casa no se hacía así” o “Igualita que la de mi madre”, tocan núcleos muy duros. Jamás le digáis a nadie “a mi madre le sale mejor”.
Incorporamos platos de los sitios que hemos visitados y los pasamos por nuestro propio filtro, esas sardinas tan ricas que probaste en Grecia, el raxo de Betanzos,  el falafel que comimos en Turquía.
Asimilamos influencias, quizá de gente a la que queremos o admiramos, e incluimos sus platos a nuestro repertorio (Pienso en los canelones de Conchi, en los boquerones de Mayte, en el pastel belga de mi tía Trini, en la fideuá de su vecina de Valencia, en la empanada de mi vecina, en el caldo de Maria Jesús).  De tal modo, que nuestras recetas acaban siendo un crisol de relaciones sociales o de nuestra inquietud vital, incluso de la ausencia de las dos cosas.
Nos manifestamos como carnívoros, como vegetarianos, como comprometidos con el comercio local, como consumidores absolutamente irreflexivos cuando no se nos ocurre mirar ni una etiqueta o saber de dónde procede lo que comemos. Nos expresamos como hedonistas o como ascetas, como seres pasivos o personas que deciden sobre cómo quieren vivir conscientemente.
No comprar o pedir la cabeza de la merluza pensando en las kokotxas, es un modo de tomarse la vida. Imaginarse una salsa para esa ternera.
De entre todo eso que caracteriza el cocinar, me parece especialmente bonito cuando cocinamos para otros, porque ya de entrada y antes de entrar en harina, comenzamos regalando pensamientos a las personas para las que vamos a cocinar.
Se piensa en lo que le gusta a esa persona, en qué alimentos hay de temporada, en cómo se va a hacer, en cuándo se va a comprar. Miramos recetas, o nos intentamos acordar de “aquella vez que le gustó tanto no sé qué en aquel sitio”. Si se cocina habitualmente, además,  se tienen en cuenta, raciones que llevamos comido de carne, verdura o legumbres.
Aunque lo hagamos con destreza, desde el mercado hasta el plato, empleamos atención y tiempo en que esa obra efímera le guste a la persona que tenemos delante. Usamos creatividad, habilidades y memoria hasta para hacer unas lentejas o dejar el solomillo en su punto.
Cuando alguien nos pone delante un plato de caldo (galego) nos pone delante muchas horas, quizá ir a por las berzas, lavarlas, cortarlas, seleccionar la carne, haber puesto el día anterior las fabas a remojo, ir a por las patatas, saber hacer y darle la cocción necesaria. Un buen pisto manchego hecho con tiempo. Si nos presentan un filete a la plancha, probablemente recuerden si nos gusta poco o muy hecho ( y las madres recuerdan eso por muchos hijos que tengan). Esas madres haciendo torres de filloas o de torrijas (poneos un día a hacerlo y me diréis)
Cocinar es un acto más, que nos dice quiénes somos y cómo hemos decidido vivir.
Pero, por encima de todo ello, cuando cocinamos para otro, o nos tomamos en consideración a nosotros mismos, me parece una forma de decir, “te quiero”.

El amor tiene muchas caras, a veces es cuestión de entender el idioma en el que habla.

domingo, 7 de junio de 2015

Sandía en el Puente Vallecas. Las persianas verdes

Sucedía en algún momento de finales de mayo y principios de junio, amanecía un día de sandalias y la estación se había marchado como quien deja atrás la página de un libro. Ese día comenzaba el calor y no nos abandonaba hasta septiembre.
Se sabía que empezaba el verano porque a la una y media, cuando llegábamos del cole, mi madre bajaba las persianas verdes de los balcones para que no diera el sol espartano del Puente Vallecas.
Otro síntoma inequívoco de la llegada del verano era ver andar a mi padre con la camisa interior de tirantes, comiendo sandía en el balcón, mirando casi siempre al bulevar.

Por las noches regaban las calles, tarde, hacia las doce. Me parecía fascinante. Me colaba entre mis hermanos, en el balcón, y nos quedábamos a mirar a ver si nos regaban. Luego a la cama. En verano en mi casa se le daba la vuelta a la almohada y dormíamos con los pies en la cabecera, para que nos llegara más aire. Era un ritual más y me encantaba, porque desde los pies de la cama, veía un trocito de cielo que dejaba el piso de enfrente.
Ese mágico día en que se empezaban a bajar las persianas a medio día, las puertas de nuestras casas quedaban abiertas a excepción de la hora de la siesta, y el patio bullía con la vida propia de las corralas. Hasta que no fui mayor nunca tuve conciencia de lo afortunada que fui por criarme en un sitio así, en pleno corazón del Puente Vallecas en los años duros de la heroína y a escasos metros de la monstruosa M30. Nos criamos en un entorno muy similar a un pueblo, jugábamos en el patio, las vecinas miraban por nosotros. Era menos cárcel que un piso.

Andábamos jugando con los huesos de los albaricoques, para hacer silbatos. Todo el día sentadas en las escaleras. Las tardes eternas, contando atrás los días para ir al pueblo, donde éramos radical y definitivamente libres. Siempre me dieron pena los niños que no tenían pueblo ni patio. “El verano en Madrid”, pensaba, “debía ser peor que un suplicio”.
Sucede a veces, en esta época, que salta como un resorte cierto recuerdo corporal de aquella época, la energía fuerte y luminosa del verano.
Sucede a veces, en esta época, que un poso de nostalgia se instala en las alas del pensamiento.

No es el idioma de las palabras el que cuesta aprender, sino el modo en que se expresa la vida.

viernes, 29 de mayo de 2015

Ser mujer y no querer ser madre. Vade retro Satán

La conversación suele arrancar así:
-         Que, ¿Y vosotros tenéis hijos?
-          No
-         -Pues hay que animarse, ¡¿Eh?!
-          -Ya, jeje – risa nerviosa-
Y en ese punto de la conversación suelo hacer un barrido rápido a modo de Robocop, para evaluar la siguiente frase que voy a decir. Hay varias alternativas:
1.       Si me pilla de buen humor, con paciencia y la persona que tengo delante puede ser abierta de mente, le digo:
-          "Ya, verás… No quiero tener hijos"
2.        Si es una persona muy mayor o veo que razonar va a ser imposible tirando a violento:
-          "Ya, jeje, bueno, como ahora no trabajo / trabajo con contrato temporal/ trabajo fuera… pues no es el momento"
3.       Si me pilla de mala hostia o muy mala hostia o simplemente sincera, hay varias opciones:
a.       "¿Por qué hay que animarse?"
b.     " No quiero ser madre"
En cualquier caso, el diálogo en un 99% de las veces continua con un incómodo interrogatorio acerca de los motivos que te llevan a no querer ser madre, donde se suele insinuar que es falta de madurez, que es algún tipo de trauma de la infancia no superado, que eres una persona egoísta, algo inconsciente porque claro no vas a ser fértil toda la vida o que tienes algún tipo de bloqueo en el chakra del ombligo.
Ok google, y ahora que alguien, por Dios bendito, que alguien me diga ¿PORQUÉ COÑO NADIE LE HACE SEMEJANTE CUESTIONARIO A LA GENTE QUE QUIERE TENER HIJOS?. A fin de cuentas yo no voy a joderle la vida a nadie excepto la mía propia si fuera el caso.
Vamos, vamos, todos sabemos de casos en los que, ojalá esas personas no fueran padres y madres.
Bien, ahora hago un alto para aplaudir a todas esas personas que consciente y libremente, se embarcan en la maravillosa aventura de ser papás y mamás. Que han elegido su proyecto vital, y ese proyecto es criar niños, amarlos y educarlos. Esas parejas rebosantes de alegría que florecen ante la maternidad y la crianza, que sacan adelante niñas y niños sanos, alegres y futuros ciudadanos del mundo. Bravo por ellos, porque han elegido su camino y lo están recorriendo con amor y cabeza.
Ojo, que no es un proyecto excluyente y lo sé. Pero es un modo más de estar en el mundo.
Entiendo la maternidad como un modo de vida, compatible e incompatible con otros proyectos o no. De igual modo, me parece que un modo de vida es estar metido en política, vivir en la ciudad o en el campo, cambiar de país, dedicarse a la investigación o a la ganadería. Ser madre y padre es un camino más, no el único.
Como plan de vida que es, digo "NO", no lo quiero. De igual modo no quiero vivir en la ciudad, no quiero irme a Laponia, como no quiero muchas cosas para mi vida. Y no es un problema psicológico (que me lo he hecho mirar), no es un trauma, no es egoísmo, ni síndrome de Peter Pan. Es cabeza, es elegir la vida, concretamente nuestra propia vida y decidir sobre ella.
¿Por qué nadie me pregunta por qué no me voy a vivir a México?, soy tan perfectamente capaz como de tener hijos. ¿Por qué nadie me pregunta por qué no me saco la tesis doctoral?,  hasta donde yo sé también podría. ¿O por qué no me dedico al mundo de espectáculo?
Dos amigos a quienes tengo por hombres inteligentes (muy inteligentes), de mente abierta  y grandes personas, me dieron la clave para entender por qué nadie me preguntaba esas cosas y sin embargo me freían con el tema de la maternidad.
Uno de ellos no ha tenido hijos y ya pasa esa edad (social, no biológica) en la que los podría haber tenido. Me intentó convencer, que es lo que la gente suele hacer.
Para convencerme me dijo que una amiga en común, que acababa de tener una niña, estaba muy feliz, guapísima y radiante. Mentalmente pensé que tener sexo satisfactorio con asiduidad, también tiene esos efectos, pero me callé. Finalmente me dijo lo que muchas personas, “te vas a arrepentir”. Así que le dije, ¿Te arrepientes tú de no haberlos tenido?. La pregunta le dejó fuera de juego, porque claro, él era un hombre.  Se supone que en mi era diferente, yo me realizo como mujer siendo madre, ¿No?.
El otro fue mucho más agresivo. Me insinuó que, dado que no tenía trabajo y parece que estaba jodido que lo tuviera, me podía lanzar de lleno a ser madre. Cojonudo. Por hacer un símil diré que fue como un cabezazo en los dientes y dos patadas en la boca del estómago. Yo lo interpreté libremente como si me dijera que hiciera algo de provecho. Algo que cualquier parada necesita escuchar porque ni se le ha pasado por la cabeza.
Este era el núcleo. Ser mujer es en el fondo ser madre en la ideología predominante. Sigue siendo visto como la culminación de nuestro ser, como ese mágico momento en que finalmente desplegamos todos nuestros potenciales: amor infinito, paciencia, ciudado, mimos, etc. Entendidos como atributos esenciales de lo femenino.
Una parte sine qua non, llegaremos a ser verdaderamente mujeres.
De no ser así, debería ser aplicable (este imperativo de la reproducción) a los hombres. Pero… saquemos a nuestra machista interior ¿A que no lo vemos igual?
Me imagino que, además, las personas necesitamos validar o justificar nuestras decisiones. Es decir, la mayoría tienen hijos y muchos quizá no supieron hasta que era tarde, que era algo optativo. Así que sé que esta insistencia también puede responder a intentar justificar los actos que hemos hecho. 
Bien, para concluir diré que esas bellas capacidades de amor y de cuidados, no creo que sean ni exclusivamente femeninas y además se pueden y (deberían) dirigir (en primer lugar) hacia una misma. Las podemos compartir con hijos o con el mundo entero. Se me viene a la cabeza el caso de dos amigas que se han vuelto a meter en política con el ánimo de cambiar en mundo en la medida de sus posibilidades. Están radiantes, bellísimas y con una energía preciosa. Pienso en esas mujeres que buscan el camino para salir de situaciones jodidas, que toman las riendas y se convierten por primera vez en madres de sí mismas. En esas mujeres entregadas a su profesión, que crecen y le regalan al mundo su cabeza y sus manos.
El mundo es amplio, el ser humano asombroso y las formas de la maternidad casi infinitas.
Soy mujer, soy fértil y decido sobre mi vida.

PS. Realmente la conversación suele acabar diciendo, “ya verás, al mes que viene te quedas preñada” o “en dos años cambias de opinión”. A lo cual responde el maestro Yoda “El futuro en movimiento está, joven jedi”. En cualquier caso, nosotras parimos, nosotras decidimos.



domingo, 24 de mayo de 2015

Fuga

Aquella onírica apariencia rompió la brida que le ataba las entrañas a la tierra.
saltó aérea la vida
ingrávida
se fue posando como una pluma sobre la luz crepuscular
y se meció durante mil años
Fue abandonando el cuerpo a su suerte,
desoyendo.
Mientras, la mágica apariencia se vistió de plomo.
Arreciaba un viento norte.
Ella posó los pies descalzos sobre el amado bosque
sabiendo que nunca hubo alas y,
con algo de sangre en los sueños,
comenzó a buscar de nuevo el camino.

martes, 19 de mayo de 2015

La manada

Ayer salí de nuevo a correr con ellos al monte, con Perla la mastín atigrada, y con Rex, el labrador.
Lo normal es que Perla se adentre mucho en el monte detrás de una ardilla, corzo, tejón, jabalí. Es la más rápida, la más independiente y la mejor sobre el terreno. Rex, en cambio, va siempre por detrás. Aún así, me parecen tan poderosos cuando estamos solos, que no dejo de admirarme.
Hay muchas cosas que yo ni oigo ni veo y que, con un poco de suerte, no veo hasta que no lo tengo encima. De las pocas veces que miramos los tres a un tiempo (tiene que ser un bicho muy ruidoso), me hace una ilusión tremenda. Una descubre que no deja de ser más que una mona pelada, con conciencia de sí, pero casi ciega, casi sorda, casi sin olfato y muy lenta.
Hay un momento precioso cuando los perros abandonan la espesura del bosque y regresan al camino para correr al lado de la humana. Son pocos minutos y nunca sé porqué lo hacen. Hay ciertos tramos o situaciones en las que corren a mi lado o detrás de mi, hay veces que paran y me esperan, veces que, cuando voy muy cansada, Rex viene a mi lado y me lame la mano.
Esa sensación de protección y de camaradería, lo confieso, no es algo que me suceda a menudo con humanos. No al menos de un modo tan orgánico y tan inmediato. Carece de dobleces, nos gusta estar juntos, correr juntos. Así de sencillo.
Está claro que los seres humanos somos sociedad en un proceso recíproco, somos humanos por tener sociedad y por tenerla nos convertimos en humanos. Pero en determinadas circunstancias en las que predomina el cuerpo y la mente se centra sólo en ahora, me gusta creer que abandonamos el pensamiento simbólico, que descienden nuestros umbrales sensitivos y asoma tímidamente lo que de animales hay en nosotros.
Sé que es una cuestión de creencia, quizá una necesidad vital o un modo de construirse, pero hay veces, corriendo con ellos, que por segundos me gusta pensar que somos una manada.
Rex sentado sobre un charco, Perla a la derecha y Toby, la última incorporación, el pequeño protegido de Perla.

jueves, 14 de mayo de 2015

La alfarera

De entre todas las mujeres hay una que reclama sangre. Dispuesta a la huída.  Apenas sin sostener el peso de mil mujeres, hoy una  quiere sangre.
Obscena, insolente y cruel, un fragmento sin domesticar. Un retazo de sexo que se escapó a la doma.
La preferida. La más odiada.
Otra, calla. Busca la mordaza por miedo a la otra, para que no hable. Se tapa los oídos y canta para dentro. 

Pero hay una que se abraza las rodillas y se muerde el labio. Piensa rápido, antes de que se seque el barro. 

domingo, 10 de mayo de 2015

Lo que las palabras guardan

Quizá si tuviera opción de poder hablar esto con detenimiento, no sentiría la imperiosa necesidad de escribirlo. Quizá si lo entendiera, tampoco. Pero escribir es una manera de organizar el pensamiento. Aún así, hay modos de pensar y, probablemente porque mi adolescencia fue compartida con mi gran amiga e interlocutora L., quizá por eso, mi pensar es dialéctico. Es por eso que suelo necesitar de otra persona  para ir andando con los pensares
Tanto preludio, tanto preludio…
Ayer tuve una tarde de lo más interesante. Tomando café en casa de mi vecina, tuvo lugar una lección sobre vocabulario de la siega. Todo comenzó porque otra mujer que había allí, amiga de mi vecina, preguntó cuántos “mollos tiña un face”. Le respondieron que 40. Claro, de esas palabras yo entendí, “face”  (haz) “tiña” (tenía) y “un”. Hombre, estaba más o menos claro que hablando de trigo, un mollo sería un manojo o algo así y un face varios mollos.


El caso es que empecé a preguntar, aprovechando además, que la señora amiga de mi vecina, no se había percatado de que yo no era gallega. Lo cual, os garantizo es una tranquilidad y una ventaja, porque de ese modo ella estaría relajada, no intentaría traducir ninguna palabra y yo tendría una ocasión excepcional de poder aprender un montón de palabras, como así fue. Cuando alguien se da cuenta de que procedes de otro planeta distinto, la comunicación se hace mucho más difícil, porque automáticamente estás situado fuera. Eso no significa que no te aprecien y te quieran, todo lo contrario, la hospitalidad del norte es increíble, pero desde fuera sólo se puede acceder a una parte muy pequeña de una cultura. En cambio, cuando puedes transitar desde dentro y desde fuera, la comprensión es mucho mayor.

En antropología es lo que se conoce como distinción ETIC-EMIC. No me voy a extender en este punto, si os mola la antropología podéis mirar en Marvin Harris que fue quien acuñó la definición etic y emic para esta disciplina.
El caso es que para conocer las palabras me tuvieron que ir explicando cómo era el proceso, porque no he segado en mi vida. Así que fui aprendiendo qué era un marroto, una meda, segar a puño, segar a golpe, etc.


Por la tarde fui de paseo con C., Tenía duda sobre el nombre de dos plantas: carqueixa y carpanza (bueno, esta historia es algo mayor, pero la simplifico). Me enseñó que la carqueixa se empleaba para encender el fuego. También me habló de la diferencia entre carpanza y uz, entre uz moural y blancal. A la uz moural también le llamó rubial, y añadió “non ves como rubean os montes?”. “Rubio” en galego hace referencia a colores encarnados o muy vivos. Me enseñó que la uz blanca ramifica más alto y la moural tiene raíces más profundas y es por ello que se emplea para hacer carbón.


Carpanza
Carqueixa
Uz blanca
Al fondo se ve una meda. Aira da casa da Pena, San Martín de Suarna
Mallega. Casa do Blanquín. San Martín de Suarna

Secadero de pimentón.Por debajo se hacía fuego, de modo que a esta parte sólo subía el humo y el calor.  Una vez seco, se pisaba y luego se llevaba al molino. A la derecha un cultivo de tabaco, cuando se repicaban las plantas, se hacía con la tierra encharcada.

Fue una ocasión estupenda para que me explicara cómo se hacía el carbón, porque justo el día anterior había acabado de hacerlo junto con O. Habían echado cuatro días en el monte para hacerlo. Salieron varias palabras que no apunté y que no conocía, pero el ataque de risa me entró cuando me dijo que finalmente se “coañaba o carbón”, yo le pregunté que qué era eso, y me dijo “igual que na mallega ó final, coañábase a puxa”. No sólo no me aclaró, sino que complicó todo aún más. A mallega sé que es el equivalente con diferencias a trillar. Pero claro, ni idea de lo que era a puxa. Vuelta a la situación inicial, al no haber participado nunca en una mallega, ni flores de lo que era “a puxa”. Así que me tuvo que hacer un resumen somero otra vez.
Finalmente, como definición inexacta “coañar” deduje que era  separar dos elementos mediante un “vasoiro” (escoba hecha de “xestas” habitualmente, un tipo de retama de flor blanca o con uz).




Por la noche, para continuar las lecciones, decidí llamar a mi padre para que me dijera qué palabras se utilizaban en su pueblo (Las Herencias, Castilla la Mancha), porque al ser trabajos que se han perdido son palabras que también se perderán, tenía mucha curiosidad por saber cuánto de diferentes eran en castellano-manchego. Tela, mi padre tiene estudios básicos, pero mi madre y él son dos personas con una curiosidad muy viva por conocer y una gran cultura. Sé que mi padre y mi madre siempre han lamentado no poder enseñarme más, pero realmente ha sido mucho lo que he aprendido y sigo aprendiendo de ellos.
Así que, mi padre lleno de alegría de poder enseñarme algo, comenzó por explicarme desde que se sembraba el trigo. Aprendí la diferencia entre el barbecho, un eirazo y el rastrojo, lo que es alzar la tierra, binar, terciar. También allí se segaba a golpe y a puño, en las Herencias a cuadrado, en San Román (el pueblo de mi madre) en fila. En fin, un montón de palabras.
Me preguntó si quería saber cómo se hacía el pimentón, porque también lo había hecho. Aluciné. Luego me explicó cómo se sembraba el tabaco. Si conocéis a mi padre, os animo a que os toméis un chato de vino con él y que os lo cuente.

Cuando terminé le dije a C., que me había encantado oír a mi padre contar todo eso, pero que en cierta manera, había un poso muy grande de tristeza en su voz cuando de vez en cuando paraba para decir, “tú verás, no voy a saberlo. Pero si he tenido que hacer de todo”.
C., que es un hombre de una inteligencia brillante, me dijo: “normal, ¿non te das conta de que tiveron que aprender un oficio para ter que logo cambiar de vida? O que viveron ó final non era o que estaban destinados a vivir.
Recordé todos los años en Madrid, el modo en que mi padre veía algunos programas de la dos como el que mira por una ventana para coger oxígeno. La tristeza que le invadía a él y a mi hermano cuando volvíamos del pueblo. Todos los años que mi madre y él vivieron en lo que llamaban “la cárcel”, para garantizar que nosotros pudiéramos estudiar para tener un futuro mejor que ellos.
Vuelvo la vista atrás y me vienen pensamientos sin hilar. El sacrificio de mis padres fue el sacrificio de su libertad, de su tierra y en cierto modo de su cultura.  Pienso además que este puto sistema no necesita a alguien que haya estudiado lo que he estudiado yo, que es mentira que estudiar me haya dado un futuro mejor.  Que el capitalismo es un parásito indestructible que se busca las mañas para mantenernos con vida pero sin llegar a levantar nunca del todo la cabeza. Que muta y que nos ha hecho necesitarle.
Finalmente me viene a la cabeza el epílogo del libro “Puerca tierra” de John Berger (gracias M. por hacérmelo conocer). Que si no lo habéis leído os lo recomiendo. Decía, que las economías de subsistencia son las únicas que ponen en peligro a este sistema parásito que es el capitalismo.
Aquí un fragmento del epílogo

Entonces, me sentí inmensamente afortunada, porque Galicia, en su agónica existencia me está mostrando una fracción de una cierta rebeldía ignota que radica en su seno.  Pese a todo, pese a políticas que van encaminadas a su destrucción,  cierto paganismo pervive, tres cocinas llegan a coexistir en un hogar y la riqueza de vocabulario boceta a los ojos de cualquiera, un patrimonio cultural inmenso que entre otras cosas,  ayer  me llevó a conocer un poco más mi hogar, pero también mis raíces.


Nota:
Un vecino de un pueblo cercano, me hizo unas correcciones, transcribo:
"Unha coañeira ou cuañeira non é un basueiro ou baxase. Se este é pequeno a outra é grande. O de xesta facíase sobre todo pra casa e pro forno,aínda que neste caso tamén se usa boxe pq aguanta ben sin queimarse. As coañeiras son habitualmente de budueira"
Gracias,L.!!
A, por cierto, es uno de los que sale en el vídeo.

jueves, 9 de abril de 2015

Otro ladrillo en el muro. Sobre pedagogía

A esta alturas de la película, creo que en lo que soy realmente profesional es en estudiar, en educación formal, me refiero.
Me licencié en Filosofía, Escuela oficial de Idiomas , un porrón de cursillos para formación del profesorado, charlas, ciclos de conferencias, cursos de cocina, de relato corto. En fin, he seguido una línea progresiva. Hace dos años hice un experto universitario en Nutrición Comunitaria y ese mismo año tomé la decisión que me devolvería al instituto y al otro lado de la pizarra, frente a ella. Decidí estudiar FP, dietética para más señas.
Desde la óptica más superficial de la situación, tengo que decir que el cambio de disciplina ha sido muy interesante. Ir de lo más abstracto a lo más concreto, de los "por qués" a los cómos y a los “para qués”, del ser en sí a la materia, ha sido una experiencia intelectual muy satisfactoria. 
No obstante, necesito ser sincera, necesito liberar este peso de lo políticamente correcto que he ido acarreando durante estos dos cursos. Disparo.
Estudiar sin confianza, eso quizá es la primera cuestión. Cuando comienzas Fp descubres una verdad terrible, terrible,  a saber, al menos en el ámbito sanitario, cualquier persona con una titulación universitaria del campo sanitario puede impartir clases de cualquier (cualquier) fp de esa misma familia.
Esto ¿En qué se traduce?, en que un podólogo puede dar clase de prótesis dental, una fisioterapeuta puede dar clase de microbiología, un farmacéutico puede dar clase de peluquería. Me preguntaréis ¿Y eso pasa?,  pasa, palabrita y me parece quizá una de las claves para entender lo que he vivido académicamente al menos durante una parte de la titulación.
De entrada ya desconfías cuando sabes esto, pero oye, también yo di clases de historia o de historia y cultura de las religiones y realmente mis conocimientos eran muy limitados. Así que conservas algo de fe. Sabes que lo normal es estudiar para saber al menos una clase más que los alumnos, ser honrada, no contestar lo que no sabes y estudiar.
Pero mira por donde, las cosas no siempre son así. Por lo que he podido averiguar, lo normal es que los profesores cambien de centro o de materia con cierta frecuencia, llegando a suponer un hastío vital y una desidia a la hora de comprometerse con el trabajo y por tanto preparar correctamente las clases.
Es una cuestión de suerte, si la que te da fisiología es médico o enfermera, pues mejor para ella  y para ti, pero si tienes la desgracia de tener profesores que aparte de no tener ni idea de la materia que imparten, encima tienen la… tendencia vital o la circunstancia existencial de no prepararse las clases, vas de culo.
Esto acaba en el mejor de los casos en una profunda inseguridad acerca de los contenido que estás recibiendo, y digo recibir y no aprender, porque si académicamente no tienen ni idea y no se preparan las clases, que sean buenos pedagógicamente hablando ya sería una señal de la existencia del Altísimo (Gasol no, el otro Altísimo)
-En este punto tuve que dejar de escribir porque me empecé a calentar yo sola y quiero ser clara y ordenada en esta catarsis pública-
Del mismo modo en que el alumno tiene cierta desconfianza, se va generando un clima de pérdida de respeto. Por un lado es muy difícil tener respeto por una persona que te falta al respeto a ti no preparándose las clases. En este punto me encantaría aclarar, que por preparar las clases me refiero al mínimo de leerse antes de salir de casa la presentación que se han bajado de Internet.
Bien, como decía, poco respeto te merece alguien para quien eres lo suficientemente insignificante como para no hacer bien su trabajo contigo. Además, no deja de recibirse como un insulto a la inteligencia humana el hecho de que piensen que los alumnos no se dan cuenta de esas cosas. Se dan cuenta, compañeros de profesión, se dan cuenta hasta los más jóvenes. De cuando no tienes ni idea e intentas salir del paso, de cuando no te apetece dar clase y traes ejercicios para hacer durante dos horas, que ni has hecho ni sirven para nada, mientras tú sales a cotillear con tu compañera de la clase de al lado. De todo eso se dan cuenta.
La falta de respeto y la inseguridad es por ambas partes, lo cual genera en el profesor una muy incómoda situación, porque no saben y el resto sabemos que no saben. Una persona que no domina la situación y que posee lo que ella piensa que es poder, gestiona esa debilidad habitualmente machacando a quien considera más débil o a quien le pueda suponer una amenaza.

Si ese profesor no tiene poder, su supervivencia en clase dependerá de la buena voluntad de los alumnos.
Esto en cuanto a las relaciones, en cuanto a lo puramente académico, esta inseguridad se traduce en perder el máximo tiempo posible evadiendo las cuestiones fundamentales de lo que se está aprendiendo. Perder el tiempo para no enfrentarse con la materia y por tanto con su propia ignorancia.
Esto ha sido un espoleo para aprender más, en mi caso una motivación para compensar carencias y sobre todo, una lección magistral de didáctica.
Desde el otro lado de la pizarra he visto:
-          Que la desgana y la desidia del profesor son palpables y poderosos motores para la pérdida de credibilidad y respeto. Ojo, no confundir con el cansancio, que eso los alumnos lo suelen respetar.
-          Que las clases preparadas con antelación, son percibidas como una señal de consideración, afecto y respeto, y viceversa. Y dan bastante buen resultado.
-          Que los profesores que verdaderamente quieren enseñar, aunque no lo hagan bien, son queridos y respetados.
-          No puedes exigir puntualidad si no la ofreces.
-          Tus alumnos no aprenden más si los exámenes son imposibles. Se enseña a diario, con lo que se dice y con lo que no, y principalmente con lo que no.
-          Imprescindible hacernos mirar lo de los favoritismos, los nombres que uno se aprende primero (aparte de los de la última fila), preguntar siempre al mismo, tratar de diferente manera dejando entrever las preferencias… Mal rollo. Y se ve, se ve más de lo que pensamos. Yo misma he reconocido a posteriori este error garrafal.
-          Prejuzgar a la gente de la última fila es un error poco ético que se suele pagar muy caro. Ha sido un privilegio, quizá uno de los mayores, poder acercarme a esa gente desde otra ángulo.  Y percibir con mis propios ojos el significado del efecto Pigmalión.
-          Nos pagan por enseñar, a los de la primera fila y a los de la última, y en nuestra mano debería estar saber acercarnos a la gente que no quiere o no puede hacer las cosas como nos da la gana.
-          Los alumnos oyen, prometido. Oyen los comentarios por los pasillos, oyen decir, “esa alumna es  muy cortita la pobre” o “es una clase malísima, han aprobado dos”. Oyen las risas y los insultos. Y luego querremos respeto. 
     Es imposible no retrotraerme a cuando hice el BUP y el COU, tuve grandísimos profesores y profesoras, gente que me motivó para querer saber, para crecer, que nos entregó técnicas para ser críticos, pero sobre todas esas cosas, eran personas a las que les importábamos, nos apreciaban, querían tirar de nosotros, sacar lo mejor de nosotros. Eran buenos en su materia y buenas personas, gente sin miedo.
      Afortunadamente, en este último año, he encontrado profesoras que me han quitado el mal sabor de boca y me han mostrado la cara más grata de la Fp, gente formada y con ganas de enseñar, gastando dioptrías corrigiendo y buscando el modo de hacernos llegar el mensaje.  He tenido este año muy grandes profesoras formadas, con ganas y con capacidad para enseñar, que me han devuelto la alegría y la fe.
     A todos y a mis nuevos compañeros a mis viejos compañeros de batalla del año pasado (porque era la guerra), a todos los profesores que me ayudaron a ser la persona que soy y al grupo de parásitos del estado que me ha dado una lección magistral sobre cómo no hacer las cosas, gracias, gracias y mil gracias.
      Pocas veces puede una persona viajar al pasado y muchas veces nos preguntamos cómo sería si volviéramos al instituto siendo el adulto que somos. Pues bien, he tenido la suerte de poder vivirlo, de conocer a gente excepcional y comprobar que hay asuntos que el tiempo no cierra, somos nosotros los que debemos hacerlo.

Donde la empatía no llegó, lo hizo la vida. Una gran lección.


lunes, 23 de marzo de 2015

La memoria

Todo estaba dibujado en la pequeña libreta gris que llevaba en el bolsillo de su pantalón. Hacía tanto tiempo, que había olvidado para lo que la usaba.
El último boceto era de hacía 27 años y después de Roberto no hubo más niños. Avanzó lentamente con la memoria en el bolsillo. Mientras se alejaba, el silencio ensordecedor fue el único testigo de como moría otro pueblo.

sábado, 14 de marzo de 2015

Mezquindad

Le dedico este post a mi chica punk, que nunca agacha la cabeza y pelea de frente hasta sin fuerzas.


Llevo unos días con una palabra que me ronda la cabeza, mezquino, mezquindad. En concreto tres acontecimientos vitales, uno de los cuales me toca de lleno, me han llevado a querer indagar sobre el porqué me asaltó esta palabra para describir tres hechos aparentemente tan diferentes.
Los dos que no me atañen directamente no los explicaré por preservar la identidad de las personas que lo han sufrido (el comportamiento mezquino de otras), lo que me sucedió a mí, supongo que le dedicaré un post para desquitarme. No es grave, ha sido mi bienvenida al mundo de los técnicos superiores, para que deje de creer en los reyes magos incluso antes de poder llegar a ilusionarme. Punto y final, ahora abstraigamos.
He lanzado la pregunta en Facebook acerca de lo que consideran mezquino, y esto es lo que me han respondido.




Y esto otro es lo que dice la Real Academia de la Lengua Española.
1. adj. Que escatima excesivamente en el gasto.
2. adj. Falto de nobleza de espíritu.
3. adj. Pequeño, diminuto.
4. adj. p. us. Pobre, necesitado, falto de lo necesario.
5. adj. desus. Desdichado, desgraciado, infeliz.
6. m. En la Edad Media, siervo de la gleba, de origen español, a diferencia del exarico, que era de origen moro.

Por lo que veo, todos tenemos una idea bastante aproximada de lo que es la mezquindad, me resulta curioso que sea una palabra muy común, y su uso en cambio no lo sea tanto.
En mi secuencia mental casi seguí las distintas acepciones de la RAE, que fue más o menos esto:

3. adj. Pequeño, diminuto.
Lo primero que se me vino a la cabeza es que una persona mezquina era alguien con un claro complejo de inferioridad o en una situación en la que, considerándose demasiado débil o sin valor, realizaría un ataque lateral, sin mostrarse.
Alguien que sabiéndose insignificante pero con necesidad de hacer daño, sólo le queda atacar por la espalda o indirectamente. Y eso me llevó a la segunda cuestión.

2. adj. Falto de nobleza de espíritu
Actuar a la espalda, mostrar cobardía y sin embargo querer herir, no ir de frente, demuestra una bajeza moral terrible, porque no da la opción al adversario de poder defenderse. Las puñaladas traperas y los golpes bajos, siempre ha producido un profundo asco, y un delito imperdonable.
Esa bajeza moral, es la clase de comportamiento que todos en nuestra vida intentamos olvidar o negar que sucedieron, pero como parte inherente al ser humano está la de ser cobarde y equivocarse alguna vez. La grandeza radica en que el mero recuerdo de ese error nos duela (creo)

4. adj. p. us. Pobre, necesitado, falto de lo necesario.
La mezquindad es una condición vital, no es un error puntual, sino que alguien así, lo será en casi todas las esferas de su vida donde pueda serlo. La cobardía y el resguardo de no ser visto, es ciertamente cómodo, además de ser la única fuente de poder de su miserable vida.
 Las personas mezquinas, pisan a quienes consideran inferiores a ellos para poder olvidar su calaña moral, la pequeñez de su espíritu y su falta de valor y generosidad humana.  Solo se olvidan de tu ingente pequeñez cuando logran empequeñecer aún más a  alguien con sus actos.

6. m. En la Edad Media, siervo de la gleba, de origen español, a diferencia del exarico, que era de origen moro.
No es de extrañar que ante quien no tengan ese poder (esto es,personas que perciben como seres
superiores) se sientan pequeños y desprotegidos. Para poder paliar sus carencias y no sentirse desamparados ante esos “seres superiores”, tenderán a tener un comportamiento arrastrado y zalamero.
Se me viene a la cabeza la imagen de un señor con ojos lastimeros, frotándose las manos mientras sonríe las gracias de señor y agacha la cabeza.

5. adj. desus. Desdichado, desgraciado, infeliz.
Las personas mezquinas son tan insignificantes, que no tienen ni entidad para producir odio. Cuando pensamos en alguien mezquino, lo que sentimos es asco, un profundo y visceral asco, como un alimento en mal estado, vomitamos ante la presencia de alguien tan bajo en la escala de los seres humanos.
Pobres infelices, condenados de por vida a mirar al espejo y contemplar a un ser que lo único que acaba produciendo es lástima.

Nota: Esta entrada no hubiera sido posible sin la imagen permanente en mi cabeza de una mujer que me ha llegado a producir nauseas literalmente. 
Desgraciadamente la mezquindad es la condición que está haciendo de este mundo algo verdaderamente inhabitable.





sábado, 7 de marzo de 2015

Ensayos de microrrelatos de (des)amor

Con dudas de que lo sean, ahí van.

1. Continuaba a la espera, pero ella era incapaz de olvidar las tardes en las que se les echaba la noche encima.

2. Ninguno, de los 134 "me gusta", era el suyo. No le volvería a regalar flores.

3. Oía sus pasos por detrás mientras la veía alejarse.

4. Desde la profundidad de su cueva narcótica cogió impulso para devorar al último cachorro de piel tersa.

domingo, 1 de marzo de 2015

Escrito en la piel

Los lamentos horadaron las horas venideras
Juntaron a ambas en la fractura del tiempo
Las pude ver insomnes, huyendo
Una se anidaba en su vientre queriendo nacer
La otra buscaba su corona
Mientras, voy tejiendo un liezo extraño
De estas mil caras, ninguna reconozco como propia
Pero ahí están,
En los surcos llenos de historia
En la piel.

martes, 24 de febrero de 2015

Lonely runner

(Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Esta historia no está basada en hechos reales(?)

Aquella noche el gato no había pasado aún. Pese a que era un ser libre, guardaba unos férreos hábitos en cuanto a qué sitio del sol o de la sombra ponerse. Por las noches pasaba al huerto de enfrente a visitar a la gata de mi vecina.
Esa noche aún no lo había visto. Una que también era de hábitos regulares, ya saludaba al gato como parte del ritual. Siempre me quedaba un rato mirando las luces del pueblo vecino reflejadas al otro lado de la ría, mientras me ataba las zapatillas para salir a correr. Horarios kantianos.
En esa realidad inmóvil se sucedían mis días y mis noches, en una especie de calma chicha que a veces me hacía contener la respiración deseando que algo extraordinario sucediese. La vida no me solía sorprender, a veces pensaba que era mejor así, porque el devenir de las cosas tenía un extraño sentido del humor, como decía Sonia.
Dejaba pasar mansamente el tiempo entre platos de verduras y largas carreras con climatología variada. No obstante, el germen de la curiosidad y de la vida había prendido en tierra fértil hacía muchos años. La estabilidad de las aguas y el abono de las noches en silencio, no hacían sino alimentar la semilla. Y crecía. La tranquilidad me estaba empezando a crispar.
Habitualmente corría tarde, salía de trabajar a las diez de la noche, comía una pieza de fruta al llegar a casa y me iba a correr una hora. Era la mejor manera de quitarme esa asquerosa sensación de fritanga acumulada todo el día. El hastío de aguantar gente y tapas baratas iban quedando atrás a medida que me ardían las piernas y la respiración se acompasaba al ritmo de la carrera. Disfrutaba tanto esa hora del día, que solía ser una motivación para aguantar la insufrible hora de nueve a diez, donde bajaban al bar las almas en pena que no soportaban la soledad o la falta de comunicación en sus casas.
Apuré el momento un poco más para ver si veía al gato, pero en vista de que no aparecía me hice una coleta y un último vistazo en el espejo, que devolvió la imagen de una mujer joven muy cansada y muy harta.
Programé el gps, la playlist de estreno de la semana (otro aliciente para aguantar en el bar) y comencé a trotar suavemente. El ambiente era la mar de extraño, no era sólo que no apareciera el gato, el pueblo, que en invierno gozaba más bien de poca vida, parecía más desierto aún.
Crucé la esquina hacia el restaurante de Manolo. Normalmente cerraba una hora antes que nosotros, pero quedaba un rato fumando a solas y viendo revistas porno con un “veterano” antes de subir a casa con su mujer. Me solía decir, “Ay Aniña, estos placeres de vello verde sonche a salsa da vida”. Manolo ya había subido y no se veía la luz de la tele de Tere.
Continué por la avenida principal, siempre me encontraba a Doña Maruja con el perro apestoso. Nada. Lo más seguro es que hubiera esperado a los anuncios, esa noche ponían “Velvet”.
El silencio era tan apabullante que me empecé a sentir muy incómoda. Ni una sola alma en pena en toda la calle. Había algo inquietante en el pueblo y no acertaba a decir qué era. Seguí corriendo, aligerando el ritmo, pasé por delante del “Tapas”, el Eroski… ¡Dios! No había luz en niguna casa. ¿Cómo era posible?. Decidí bajar y desandar lo andado, quería comprobar si Mario, tenía la luz encendida. El insomnio de Mario era provervial, conocido fuera de las fronteras del pueblo, lo habían sacado incluso en la tele. La increíble historia del hombre que dormía dos horas al día. Para mi sorpresa, tenía la luz apagada. Era imposible, absolutamente imposible.  
Volví hacia el Eroski para subir a la parte alta del pueblo porque siempre había bares que cerraban más tarde que nosotros y más gente, más casas. La maldita quietud me estaba desquiciando. ¿Era posible que fuera la única habitante de todo el pueblo? Nadie, no había nadie. Ni un bar abierto, ni una luz en ninguna ventana. ¿Era todo una broma macabra? ¿Es que no había ni gatos?.
La carrera se convirtió en un sprint desesperado por todo el pueblo buscando alguna señal de vida. No pasaban coches por la carretera. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Iba a haber una catástrofe nuclear y yo no me había enterado? Estaría bien el asunto, quedarían mis cenizas calcinadas en un montón miserable mientras el resto estarían a salvo en sus refugios.
Corrí hacia el otro extremo del pueblo, que hacía una forma de “T”. Tampoco había ni coches ni luces.
¿Habrían desalojado el pueblo ante un inminente tsunami? Necesitaba una respuesta.
Al cansancio de la carrera desesperada se le sumaba la angustiosa sensación de ser la única superviviente sobre el planeta tierra. No oí el tren.
Para, para, aquí está pasando algo muy chungo. ¿Me estaría volviendo loca? ¿Habría desconectado definitivamente de la realidad y vivía en la eterna noche de los que ven con otros ojos? ¿Habría habido un asesinato masivo? ¿Cuestión de extraterrestres? Mi cabeza comenzaba a pensar a toda pastilla.
 Me dirigí a la parte baja del pueblo, en la playa grande siempre había algún paseante con perro. Quizá ya hubiera salido Doña Maruja con el apestoso. A esas alturas, ya había empezado a asimilar que no había nadie. Ya estaba posicoionada en el modo guerra, supervivencia. Decidido, bajaría hasta la playa grande y de ahí subiría al pueblo de al lado.
Nadie, la playa estaba desierta, no había coches, ni aparcados ni pasaban. Corrí cinco kilómetros más hasta el pueblo de al lado. Nadie.
No sabía que había sucedido, pero era posible que se hubiera extendido... Tenía que pensar, tranquilizarme.
Un grito salió desde lo más profundo de mi desesperación. Nadie contestó, ni los perros, nadie.
Volví al edificio con una angustia desconocida, era un miedo primitivo, ¿Y si fuera la única persona de la tierra? ¿Y si hubiera desaparecido todo el mundo?
Saqué las llaves de casa, con un nudo en la garganta y el corazón latiéndome a mil por hora cuando de pronto algo suave me acarició las piernas.

Un ronroneo. 
Miau.

viernes, 20 de febrero de 2015

Bocadillo, libro y manta.

Pura promesa y libertad de todo lo que está por acontecer, el ahora más radical.
Años que no pasan y guardan un fragmento de verde y luz en un rincón cálido de la memoria.
Está almacenado en el cuerpo y permanece intacto porque hace siglos que nos olvidamos de él. Quizá por eso resistió al desaliento y la amargura no penetró en su esencia. Reside como ese pequeño grano de arena aguardando a que en algún momento construyamos un castillo.
Indago en ese trozo de luz de cuando éramos pequeños.
Como si la Emperatriz Infantil nos lo hubiera regalado a todos bajo la súplica de construir de nuevo Fantasía, lo posamos fervientemente con los libros de aventuras y la goma de saltar, para empezar a crecer.
Hasta hoy. Hoy ha sido nítido, un recuerdo que ha desbordado las alertas de adulta superada. Esa cálida sensación se ha alojado el tiempo suficiente como para excavar en la memoria. Sólo estaba dormida.
La alegría infantil de la tarde del viernes. Diáfana.
El bocadillo, el libro y la manta.

jueves, 12 de febrero de 2015

Aquello a lo que no teme el gato

Elegante, ágil, grácil, fiero, valiente, hedonista. Una criatura que sabe obtener placer de todo cuanto hay en su entorno, un tejado al sol, en el mejor sito del sofá, en un pajar escondido y cálido, a la sombra de una parra en verano, a los pies de la cama, sobre el cuello de su alimentadora. Come lo que quiere y cuando quiere.  Genios del chantaje emocional que nos controlan y lo sabemos.
Inquilina
Gatos, esos seres sin término medio, excesivos y voluptuosos.
Evalúan el peligro de manera bastante acertada, pelean o huyen, pero huyen enseñando los dientes. No se someten, como mucho te adoptarán como parte de su territorio, nunca por debajo. Puede que te hagan creer que mandas tú, pero sólo cuando necesitan que tu ego se sienta agradecido para conseguir algo para ellos.
Si saben que tú eres su alimentadora en la vida, que siempre que quieren tendrán una caricia garantizada o la puerta libre, serán animales felices y despreocupados.
A diferencia de un niño pequeño, los gatos aprenden mucho más rápidamente qué persona les va a proporcionar comida, refugio y amor. Es cuestión de vida o muerte para ellos. Las señales no son equívocas, o me cuidas o no, y en tal caso nada me une a ti, puedo buscarme la vida.

Un niño en cambio, es un ser mucho más dependiente y durante más tiempo. De que reciba atención cuando lo precisa, puede depender su propia supervivencia. 
Esta debilidad estructural es en lo que se basa nuestra sociabilidad y en cierta medida es nuestro talón de Aquiles. Quedamos a expensas de la pericia como padres de nuestros progenitores, y bajo el imperativo de sobrevivir, se irá modelando el carácter.
En cierto sentido, la infancia a veces se convierte en el largo trayecto de la domesticación y la sumisión. Por nuestro bien, claro está, pero sometimiento a fin de cuentas.  Hay un aprendizaje que atormenta a madres y niños, la comida. Una forma primitiva de relación, quizá la más básica que comienza con el amamantamiento y que se prolongará en algunos casos hasta el resto de la vida. Madres proveedoras.

La educación, salvando honrosas excepciones, acaba siendo una perversa forma de dominación. Aprendemos cuándo hay que tener hambre, qué comer y cuánto comer. Un hecho que podréis pensar que estoy sacando de quicio, pero no respetar[1] ciertas alertas como el hambre o el asco profundo a un alimento y obligar, es dominar no educar.

Turing y Hobbes
A fuerza de tener estándares externos acerca de cuándo parar de comer, averiamos el sencillo mecanismo interior que poseemos cada uno, la sensación de saciedad. En palabras más sencillas, por estándar externo entiendo (entre otros) que alguien desde fuera nos obligue a comer un poquito más o un poquito menos, a no comer aunque no tengamos hambre o a comer cuando no la tenemos.
 Ignorando sistemáticamente nuestras propias (y eficientes) alertas fisiológicas, las sensaciones corporales más básicas acaban siendo algo a lo que ignorar y una herramienta “inútil”.
La domesticación pasa por saber cuánta agua beber aunque no se tenga sed, cuándo hay que dormir aunque no se tenga sueño, cuándo ser fuertes aunque lo que queramos sea llorar y salir corriendo. Aprender a callar para no molestar, a decir si aunque queramos decir no, a taparnos porque el desnudo es feo, a no tocarnos porque eso no se hace, a tener vergüenza del cuerpo, a follar según los paradigmas dominantes y a decir “hacer el amor” en vez de follar; a  tener miedo, porque el miedo se aprende y si no, que se lo digan al pequeño Alberto.

Como todos estudiamos alguna vez, hay un tipo de aprendizaje que se basa en recompensar las conductas, de tal manera que tenderán a repetirse aquellas que van seguidas de un refuerzo positivo o evitadas las que van seguidas de uno negativo. También os sonará lo de “la letra con sangre entra”. “Vurro”, capón “vurro” capón, “Vurro”, capón. A la tercera, “Burro”. O “Te lo comes todo”, beso, “te lo comes todo”, beso, “te lo comes todo”, beso. A la tercera: revientas, pero te lo comes todo.[2]
El gato quiere comida, sabe hasta dónde comer y es libre de hacerlo, si es que le dan comida. Sabe que no le van a querer más o menos por lo que ingiera, y de ser así, probablemente le diera igual. Nuestro amor no es básico para su supervivencia, sólo nuestra comida.
Pero… ¡Ay amigo!, un niño eso no lo tiene tan claro, el amor de sus padres, durante un tiempo va a ser crucial para que sobreviva o no. Es un ser dependiente, frágil y va a perseverar en la existencia sea como sea, y si es mediante la sumisión, amén.
Pasa la vida y  aprendemos, a fin de cuentas, a ser adultos e ir olvidando cuanto de gato pueda haber en nosotros.  Saber porqué no tiene miedo el gato puede ser un punto de partida, ese o encontrar un buen motivo, un buen lugar, una buena compañía, una buena comida y ronronear…






[1] Por favor, no desearía que pensarais que estoy incitando o defendiendo que un niño coma lo que quiera, ya sea una cocacola a las 10 de la mañana o desayunar pizza. Sino el respeto a sus sensaciones de hambre y saciedad con amor, afecto, cuidado y dentro de una educación acerca de comer de un modo saludable adaptándose a gustos y motivando a probar nuevos sabores.
[2] Es simple lo sé, pero esto daría para un libro y hay que acotar. Un día si quieres lo hablamos tomando un café.