Al hilo de las ensoñaciones...

domingo, 21 de abril de 2019

Abstinencia de notificaciones en rojo


“¿A quién le diré ahora lo bonito que está el cielo por la tarde y la luz tan hermosa sobre los nidos de las cigüeñas? ¿A quién le diré esa chorrada que me cruza la mente y que me hace gracia?”
La respuesta podría ser, “a todas esas personas con las que ocupo el mismo tiempo y espacio”. Pero sabemos que ciertos mensajes no tienen sentido en la comunicación oral y presencial física. No le cantaríamos una canción a nuestro compañero de trabajo, no llevaríamos a una amiga hasta el sitio donde estamos comiendo para que viera nuestra saludable ensalada para luego mandarla a casa directamente, ni llamaríamos a nuestra vecina para que viniera a ver nuestros pies en la playa mientras ella trabaja en Madrid durante el mes de agosto.
La comunicación oral no mediada por la tecnología  quizá  se diferencie de la comunicación en redes sociales y aplicaciones de mensajería, en que la primera implica un diálogo fluido, capacidad argumentación de las ideas de forma extensa y el interés en transmitir un mensaje con una retroalimentación por parte del interlocutor dentro de las mismas premisas, es decir, respuesta argumentada, escucha activa, etc. En la comunicación oral tenemos en cuenta si a nuestro interlocutor le puede interesar lo que decimos, si es pertinente por la hora del día que es, si es verdaderamente importante o significativo como para decírselo. De hecho, tenemos en cuenta si nuestro interlocutor es la persona indicada para hablar de eso. Creo que pocas de estar instrucciones se tienen en cuenta en las redes sociales.
Partiendo de la base de que no sabemos a ciencia exacta a cuántas personas se lo estamos mandando, porque no tenemos en mente a todos los contactos que tenemos agregados; que tampoco nos importa la hora del día; ni tan siquiera es un mensaje a una persona es un grito virtual a una multitud. Teniendo todo esto en cuenta, ¿es igual un diálogo tú a tú, que gritar algo a un grupo innominado de personas?
Otra cosa que me parece curiosa es que el vínculo entre el mensaje y la intención del mensaje está cada vez más disociado es estas redes. No me parece que lo que se dice responda realmente a lo que de hecho se dice, muchos mensajes en fb o twitter son una herramienta para poder satisfacer el propio ego, para reclamar afecto, para captar seguidores, etc. No son una herramienta para decir lo que de hecho se dice.
Es cierto que muchas veces surgen debates en redes, debates interesantes y acalorados, ahora bien, la forma de comunicar en estas plataformas está constreñido físicamente por una pequeña pantalla y por la ausencia del reposo visual y cognitivo necesario para poder pensar la respuesta. De hecho a veces estos diálogos adquieren la forma de pequeños monólogos intercalados en los que la premisa es: “que gane el aforismo más ingenioso”. Si nos comunicamos en redes es algo casi accidental, el diálogo es tan complicado que hay que hacer hermenéutica del punto y coma y del emoticono para saber las intenciones de nuestro interlocutor.
Regreso a las primeras preguntas. Cuando decidí eliminar las redes sociales de mi vida lo hice porque necesitaba vivir la comunicación de forma más intensa y más real. De igual forma que tenía presente que este blog nació fruto del aislamiento y por la necesidad de comunicarme con la gente a la que apreciaba, nunca tuve total claridad acerca de los motivos que me llevaron a tener Facebook o Instagram. Cuando me paré a pensarlo, las respuestas eran parciales, no falsas, pero sí respuestas a medias. Pensaba que era por vivir lejos de mis amigos y amigas, pensaba que paliaba mi necesidad de pertenencia a un grupo, que podría estar más informada sobre cosas interesantes sobre el mundo, que contribuía a solucionar mi problema de timidez. Todo ello es verdadero, pero una vez que he sondeando la carencia que ha dejado en mí abandonar las redes sociales, he descubierto que las fuerzas más poderosas son la soledad y el afecto. El mensaje es una excusa, las redes sociales han encontrado un suelo fértil en esas necesidades que hoy adquieren tintes de enfermedad en toda la sociedad. No somos una sociedad, no somos comunidad, pero necesitamos serlo. Por este motivo buscamos cualquier campo donde poder plantar esas semillas y florecer.
La necesidad de afecto es tan grande y el vacío generado por esta sociedad, tan brutal, que el uso de redes deviene con rapidez en algo compulsivo. Es un placebo afectivo para muchos que lucra a unos pocos. La forma de hacer productiva una necesidad inherente a la condición humana.
¿Por qué quedamos atrapados en la red? Creo, y esta es mi tesis, que no es porque se logre una comunicación efectiva, es más bien por la constante promesa de llegar a tenerla. Esa promesa nos mantiene en movimiento, pero nunca se hace efectiva. Siempre quedamos con ganas de más. Más notificaciones en rojo, más vídeos, más noticias, más menciones, más amigos, más cosas nuevas. Todo ello en una espiral que nunca cesa. Queremos que las redes nos den algo que nunca nos pueden dar pero que tampoco nos niegan claramente. De esta forma, la escucha activa se transforma en un comentario, pero no es escucha activa; la atención es un “me gusta”, y un abrazo… ¿qué sería un abrazo?
Nos hemos convertido en mónadas leibnizianas, contenemos un espejo del mundo pero estamos incomunicadas, sin ventanas y todas nos movemos al son de la armonía preestablecida que marca el modo de producción capitalista.
Releo lo escrito y sé que suena como si hiciera apología para volver a las cavernas y abolir el uso de las tecnologías. No es mi intención, sino la de recalcar la necesidad de tomar conciencia de qué queremos y qué necesitamos y hacer un uso consciente de nuestras facultades para lograrlo con los medios que estimemos convenientes. Hablo de emplear la cabeza, de ser conscientes, de repensar los fines y los medios adecuados.
No hablo de superar la “muerte de Dios”, ni de la pérdida de fe en los metarrelatos, ni siquiera de una reflexión axiológica con pretensiones universalistas. Hablo solo de la necesidad de tomar consciencia de dónde están nuestras manos y nuestras cabezas y de lo que queremos hacer con ellas, ya no como sociedad, sino primero como individuos. El problema no es que la sociedad se haya extinguido, es que lo hemos hecho las personas, nos hemos disuelto en un mar de ceros y unos por intentar anestesiar el dolor que implica existir.

jueves, 18 de abril de 2019

Carabanchel Alto

Nueva Numancia. El agua cae tímida, la falta de costumbre o el miedo ante una ciudad tan grande y tan sucia. El gris del cielo, de la calle, el humo. El gris, todo gris y polvo.

A letter to Elise.

El metro abre la boca, una caverna impersonal revestida de olor humano. Hoy es un refugio ante las escasas gotas y la libertad angustiosa del día sin escribir.
Todo sigue intacto el asfalto, el barullo monstruoso del aislamiento de miles de personas y coches. Los túneles del metro nos conectan a modo de arterias vacías en el corazón inexpugnable de este mastodonte innominado de soledades.
Nos reunimos accidentalmente, nos chocamos por azar buscando el contacto que nos podría salvar la vida. Quizá una mirada directa nos salve la vida a diario.
Puente Vallecas. Es pronto pero nuestros anhelos y desencuentros quieren hablar entre ellos. Me detengo en las finas cejas de la mujer que hay delante de mí, en sus ojos cansados con el aire elegante de los años treinta, podría ser Greta Garbo, es muy guapa. Los ojos de sueño de ese chico buscan a alguien que no está presente, parece salido de un vídeo de los años ochenta; con la misma desesperación de entonces, eso queda intacto, querer comerse el mundo y acabar devorado por un nudo en la garganta o por unos ojos negros y brillantes.
Nuestras soledades se reúnen y viajan en metro, viajan juntas por si acaso al abrigo unas de otras lograran darse algo de calor. Es tan pronto que cuesta darle sentido a las cosas.
Tengo instalada una pequeña semilla solar en el centro justo del pecho, la trajo el viento. Me ha abierto una hendidura por la que se cuela el dolor de los demás y acaso sus sueños. Abrazaría la sonrisa ingenua de la mujer que mira su móvil; el ceño fruncido de ese hombre que siente inseguro porque nunca viaja en metro, los ojos agotados del chico que hace días que no duerme porque no sabe cómo decírselo.
Hoy me siento tan próxima a la humanidad que me arden los pulmones de respirar su cercanía.
Me gustaría detenerme, detener el tiempo, seguir escuchando a The Cure decirle a Elise que nunca lo hubiera querido. Quiero detener este momento extraño de comunión de nuestra fragilidad, pero el metro no se detiene.
Próxima parada, Carabanchel Alto.

domingo, 7 de abril de 2019

Shine on you crazy diamond


Llegados a este punto cabe ir aceptando que da igual la cantidad de veces que nos caigamos porque una vez que pasa el dolor, el suelo es demasiado duro para permanecer durante mucho tiempo tirados en él. Nos levantaremos siguiendo (aún no sé) un instinto de vida o un instinto suicida. Da igual cuántas veces nos hayamos desollado las rodillas por andar sin frenos en la bici, porque volveremos a andar sin ellos cuando la sangre se haya cortado y la herida haya cicatrizado.
Miro por dentro y dudo que algo haya cambiado realmente. Escucho “Shine on your crazy diamond” y observo incrédula, que todo sigue igual aquí dentro. Los años hacen poca mella en los anhelos y la experiencia del dolor solo sirve en algunos casos, para retrasar o demorar otra caída. La vida es la extenuante tarea de tropezar , desandar tres pasos, andar uno y con un poco de suerte alcanzar la satisfacción del trabajo bien hecho de nuevo con las rodillas heridas.
Envidio el optimismo de quien se lo pueda permitir, envidio a quien se rinde y para, envidio la ataraxia y la apatheia, envidio el espíritu de la lucha de las guerreras, envidio la energía eléctrica de las tormentas que almacenan ciertas personas. A mí me mueve un estúpido corazón que, por culpa de su absurda esperanza, me está destrozando las rodillas.