Al hilo de las ensoñaciones...

lunes, 10 de mayo de 2021

Seis horas

 

Las cuerdas de las persianas venecianas oscilan; se mecen los toldos, las ramas de los árboles, el vuelo errático de los vencejos. Más allá, la quietud abstracta del horizonte.

Los ojos, al arrullo de una nana de aire y acompasados en el bamboleo hipnótico de lo cotidiano, se acunan también buscando consuelo. Van asiendo los elementos frágiles con los que trazan un estar en el mundo.

Y la nostalgia de un todo cataliza con esta luz que muere.

jueves, 6 de mayo de 2021

Ases morados



En mares de dudas viajan los naipes de este castillo. La posibilidad de permanencia se deshace a la deriva; va cegada con la ligera insolación de alguna ilusión transitoria.

En plena revolución neolítica una mujer nómada decide no cultivar trigo, pero le argumento con cariño que en algún sitio habrá que pasar la noche.

Deliberamos mientras me invita a comer zarzamoras. Ella conoce algo que yo no sé.

Confío en aguantar el cansancio.



miércoles, 28 de abril de 2021

Samil

Amontonas kilómetros como quien amontona lecturas convulsas. Van decantando en algún lugar entre el ojo, la memoria y por descuido, el pecho.  Están desprovistos de contornos los lugares y las palabras. “En este saco desordenado es fácil perderse”, piensas. 

Te empeñas: amontonas imágenes desordenadas sabiendo que no has digerido bien el libro, que era largo y que no siempre supiste leer.  Así que ahora, para la cartografía de tu atlas humano, queda si acaso el sabor del pescado fresco y del pan de maíz al peso; queda el olor indeleble de la ría y un mediodía vertical.

Andas perdida en el mes de abril.

viernes, 23 de abril de 2021

Pulso

 

Cuánto podría caber en dos manos y en una piel. Cuánto, más allá de los límites, podría traspasar los huesos y volcarse: agua que excede al cauce. Cuánto pueden derramarse e inundarse unos únicos labios.

Cuánto puede encerrar un único pecho y cuánto sin saber detrás de los lóbulos de las orejas, en la sangre que late en las muñecas. Cuánto se puede sentir y de cuántas formas acariciar el perfil de los otros.

Cuánto palpitar, de cuántas maneras, de cuántas maneras lamer el dolor ajeno y el propio. Cuál es el vestido para este pulso que nace y supera y traspasa y sublima, rebasa, llena y vuelca brutalmente hacia fuera y colma, colma...

Convertida en labios desnudos, en sexo desnudo, en herida abierta, en sangre que acaricia las piernas, en el rojo bello y silencio que roza el silencio ajeno. Perdida en este crisol. Pura exposición que encuentra poder en la fragilidad, lo toma y se alimenta del cristal del que están hechos los huesos.

Creer en la inmortalidad mientras el espejismo se fragmenta: dioses nuevos para miedos arcanos. Morimos tantas veces como renacemos.

En la despedida cabría preguntarse de cuántas formas nos hospedó el último impulso cuando no quedaba nadie… Y cuando ya no quedaba nadie, quién calentó la piel.