Al hilo de las ensoñaciones...

domingo, 29 de diciembre de 2019

Ahab


Su empresa había cerrado la sucursal de la ciudad donde había vivido durante los últimos 20 años y le habían ofrecido trasladarse a Zaragoza capital. Si lo quisiera rechazar, la otra opción era el paro y buscar empleo.  La idea del paro no era tan mala en su cabeza como lo era en realidad. Afortunadamente era un hombre cabal, racional y prudente, muy prudente; sopesando su edad (a los 55 años por muy buen empleado que fuera, pocos sitios le querrían contratar), y su carácter más bien introvertido y huraño, sabía de sobra que sería un mal candidato en cualquier selección de personal. Además él solo sabía hacer bien su trabajo, era un buen banquero.
La sola idea de trasladarse a Zaragoza le ponía los pocos pelos que le quedaban de punta, era una ciudad muy grande para él, acostumbrado a su pequeña ciudad y a sus rutinas, estaba seguro de que quizá no se acostumbraría en los diez años que aún le quedaban para jubilarse. No pensaba en la gente que dejaría, que quitando a su madre y a su primo Luis, a poca más se reducía; tampoco pensaba en el trabajo, más carga de trabajo le daba igual. Lo que realmente le quitaba el sueño era tener que adaptarse a una ciudad desconocida. Dónde comprar el pan o el pescado, dónde tomar el café por la mañana, cómo llegar hasta el trabajo. Eso era lo que le mantenía las noches en vela.
Llevaba mirando pisos desde que se lo dijeron, tres meses más tarde y después de un dineral invertido en ir cada fin de semana a ver apartamentos e inmobiliarias, ya había encontrado el ideal. Estaba cerca del trabajo, pequeño y soleado, perfecto para llevar una vida tranquila y ordenada.  El piso estaba en una zona residencial nueva, muy tranquila y algo alejada del centro.
Solo había ido a Zaragoza una vez con su madre y con su tía Paqui a ver el Pilar, parece ser que  la Tata le habían hecho una promesa a la Virgen hacía treinta años y le debían una visita, decía que quería ir antes de morirse. Se las llevó a las dos de muy mala gana, pero ellas lo disfrutaron tanto que a la vuelta en el autobús sabía que había hecho lo correcto acompañándolas. De aquello ya había pasado tiempo y Zaragoza había crecido enormemente. Aunque no quería mudarse, sabía que alejarse un poco de su ciudad y de su madre no le vendría mal. Desde que había muerto Silvia se había vuelto muy protectora, era de la antigua escuela y pensaba que un hombre necesitaba a una mujer para poder sobrevivir. Quizá fuera cierto, pero las constantes injerencias en su vida le quitaban el silencio y el sosiego que necesitaba. Solo le pedía a la vida estar tranquilo para poder seguir investigando en la figura de Napoleón y avanzar en sus estudios.
Pensaba que sería una buena oportunidad ir a Zaragoza pese a todo, si se armara de valor, podría contactar con los miembros de la Sociedad Napoleónica que vivían allí y conocer a alguno de sus socios con los que mantenía una correspondencia fluida desde hacía años. También había investigado sobre la Asociación de “Los Sitios” y quería conocer más. Pero pensar en moverse por esa ciudad le daba dolor de estómago. La vida burlona no le había dado más opciones.
“Ahab”. La primera vez que vio ese nombre escrito fue en el ascensor de su casa. Era todo tan nuevo, que le chocaba que alguien hubiera arañado el metal ya que era el comportamiento propio de
adolescentes y en el portal solo había adultos y niño pequeños que no llegaban a esa altura.
¿Cuánto hacía que había leído esa novela? ¿Cuarenta años?. Moby Dick era un libro que le había obsesionado desde pequeño, relucía impoluto y sin leer en casa de su mejor amigo de la infancia, Andrés. Era de La editorial Planeta, de una colección de libros de los que con el tiempo se acabaría leyendo la mayoría. Era tan grande que en cierto modo se retó a sí mismo a leerlo cuando tuviera edad suficiente.  Recordaba que al principio fue duro porque la ingente cantidad de detalles y datos hacían que la lectura fuera lenta. Pese a todo pronóstico lo terminó y le encantó. Soñar con esos mares, la valentía hasta la locura del Capitán, cada página hacía de Moby Dick un libro único. La batalla épica y obsesiva de aquel del que ahora veía su nombre garabateado en el ascensor, “Ahab”, le parecía que iba más allá de un odio humano. Admiraba tanto su valor que deseaba llegar algún día a ser un cuarto de valiente de lo que él era, pero sin esa terrible crueldad que le caracterizaba. 
 Las primeras semanas en Zaragoza fueron estresantes aunque el trabajo era similar al de la vieja sucursal. Ir conociendo al personal y los compañeros de trabajo fue relativamente sencillo porque la gente era bastante sociable y amable, la acogida fue muy buena. Pero ir encontrando sus rutinas y huecos, eso fue más complicado. No tenía sitios en los que se encontrara absolutamente cómodo y como en casa y, aunque sabía que era una cuestión de tiempo, la desazón por estar desubicado le tenía sin poder dormir por las noches y con pocas energías para explorar la ciudad durante el día.
Pasaron los tres primeros meses y poco a poco se iba haciendo con el barrio, no había muchas tiendas, pero eran suficientes para abastecerse. Su horario de mañana le permitía dedicar las tardes a sus estudios, y como su madre ya no iba todas las tardes a verle, descubrió que le cundía bastante. Todas las tardes paraba en la cafetería que había al lado del parque después de dar un pequeño paseo puntualmente a las ocho. La vida se iba acoplando a un orden nuevo y sentía que algo se iba aquietando en su interior.
La segunda vez que vio el nombre escrito fue una mañana que ya se había planteado como extraña desde primera hora, el señor del perro  a manchas no había bajado a pasear y el de la frutería tenía cerrado. De seguir cerrado a la vuelta no sabía dónde podía comprar el pan. Al girar hacia el parque vio en grande escrito “Ahab” en un murete de hormigón de la piscina de verano. Desde el primer día en el ascensor no lo había vuelto a ver. No podía evitar imaginar quien sería el ilustre vándalo.
El día transcurrió sin más incidentes, pero quizá por lo diferente del día o porque el frío se acercaba sin haberse dado cuenta, cayó en la cuenta de que aún no había ido a conocer a sus colegas de la Sociedad Napoleónica. La idea de tener que ir hasta allí no le gustaba nada. Estaba mal reconocerlo, pero aún no había pisado el centro desde que se mudo y quizá y en el fondo tenía muchas ganas. Desechó el pensamiento rápido y volvió a su refugio de letras y ropa planchada en su hogar eso que se le movía por dentro se tranquilizaba y adormecía en una quietud agradable.
Dos semanas más tarde tuvo que ir a una tienda de informática que había en el barrio Oliver, le angustiaba tanto la idea que estuvo a punto de dejar que se le perdiera toda la información del ordenador. Su compañero Mario le dijo que no había nada que temer, él vivía allí y nunca le había pasado nada. “Además tío, mides más de un metro noventa, con la cara tan seria que tienes y tu envergadura, no te va a toser ni Dios, tú tranquilo”. Decidió ir andando después de mirar Google maps más de quince veces. Llegó sin problemas y le atendieron de maravilla. A la vuelta, vio escrito en pequeño en una marquesina ese nombre que parecía estar acompañándole desde que había llegado a Zaragoza. La curiosidad había empezado a hacer mella en él.
Desde ese momento se fueron sucediendo lo que a todas luces ya no podía ser una coincidencia, “Ahab” aparecía escrito en todo el trayecto que tenía que hacer al trabajo y en las calles aledañas. Una tarde se decidió a investigar un poco más allá de su barrio por una zona desconocida, no había nada, pero al cabo de los dos días volvió porque descubrió una pastelería con unos dulces soberbios, y allí estaba, “Ahab” arañando la corteza de un árbol y escrito en la pared de un Alcampo. Lo que le había empezado a invadir era ira, ese era el nombre a lo que le pasaba. Alguien le estaba tomando el pelo… el poco que le quedaba.
Las siguientes semanas se dedicó a intentar verificar su hipótesis, alguien escribía por los sitios por donde él pasaba al cabo de los dos días. Estaba tan seguro que  incluso un día fue hasta el Paseo Independencia y la calle Alfonso para comprobarlo. Y sé dio cuenta de que Zaragoza era una ciudad bonita, no cabía duda. ¿Cómo habría dejado pasar tanto tiempo? Se tomó un café en “La Bendita” y leyó un rato, sin olvidar claro, que a los dos días volvería a pasar sobre sus pasos para comprobar que Ahab habría dejado su nombre en algún sitio del camino.
Mientras tomaba el café recordó que alguien del trabajo le había hablado de una empresa que hacía visitas guiadas y pensó que no sería mala idea, cerca del Muro de la Parroquieta de la Seo vio un grupo que llevaban pegatinas de esa empresa y debían de estar terminando la visita porque aplaudían a una chica jovencita de boina negra que sonreía complacida. Al llegar a casa miró en internet alguna de estas rutas y se apuntó a una. No olvidaba que tenía que volver otra vez al centro para confirmar su hipótesis pero aprovecharía el viaje. Alguien se reía de él e iba a descubrirlo.
Había reservado para el sábado por la tarde la visita guiada, le contarían leyendas de Zaragoza, se fue con bastante tiempo para ver si Ahab había dejado su nombre en alguna zona por la que había pasado cuatro días antes. Así era, en una marquesina del tranvía. ¿Qué vecino le seguía y porqué se quería reír de él? La curiosidad le comía por dentro, y estaba dispuesto a encontrar a su burlador. Pese a aquel desagradable hallazgo en la marquesina, la visita estuvo fenomenal, disfrutó mucho de las historias e incluso pudo lucir sus conocimientos sobre los Sitios cuando la chica lo contó, todo el mundo le aplaudió y aunque le dio algo de vergüenza, no pudo ocultar que le encantó.
De camino a casa, en el autobús, se acordó de que aún no había quedado con los de la Sociedad Napoleónica y pensó que quizá no estaría mal acudir a alguna reunión. De hecho había estado dándole vueltas y después de tanto paseo buscando a Ahab, la ciudad ya no le parecía ni tan grande ni tan desconocida. Decidido a dar el paso esa misma noche mandó un correo a Manuel Aznárez, la persona con la que más correspondencia había mantenido. Manuel le respondió inmediatamente y concertaron una cita para el martes por la tarde. El domingo se levantó de muy buen humor, hacía tiempo que tenía ganas de conocerlo en persona.
No se le iba de la cabeza Ahab, pero poco a poco, al ir descubriendo la ciudad había logrado que Ahab no se convirtiera en una especie de Moby Dick para él. La obsesión había ido  remitiendo, y aunque la curiosidad estaba ahí, la idea de conocer a Manuel y la visita del pasado sábado, o la pastelería de Valdefierro, le habían ido dando una seguridad inusitada para su carácter. Había logrado poco a poco salir de casa y los constantes paseos buscando ese nombre le habían hecho ir conociendo las calles de su nuevo hogar.
Le iba dando vueltas a lo familiar que le resultaba la letra con la que firmaba Ahab. Había llegado a pensar que quizá fuera a fuerza de fijarse y verlo escrito. La única algo distinta era la del ascensor que vio el primer día, pero el resto tenían una “A” mayúscula muy clásica y en general una bonita letra cursiva. ¿Sería algún cliente de la oficina? Era muy probable que desvelar el misterio estuviera cada vez más cerca, era cuestión de fijarse en las firmas y en los papeles. Podría incluso ser algún compañero. Era una niñería, pero la curiosidad le picaba tanto que no lo dejaría en paz hasta que no lo descubriera.
La charla con Manuel Aznárez fue maravillosa y apasionante, le había invitado a una comida que harían todos los miembros el sábado siguiente, pensó que tenía muchas cosas que aprender de aquella gente, había varios doctores en historia y dos novelistas de bastante fama. Cada vez se iba sintiendo mejor en esa ciudad, de hecho era sorprendente lo mucho que había salido de casa dado su carácter. Estaba irreconocible. Un nueva vida cerca de los 60, ¿Quién se lo iba a decir?
Nunca olvidaría la vuelta a casa de aquella noche, sacó su libreta para repasar las notas que había tomado de la conversación con Manuel Aznárez, embriagado aún de su sabiduría. Escrito con rotulador verde, el mismo que le manchaba las manos leyó una “A” clásica y algo pasada de moda, en una perfecta letra cursiva.

domingo, 10 de noviembre de 2019

"Come, gentle night"


Las encrucijadas como los momentos de tránsito nos acercan a ese punto en el que hay que mirar tanto dentro como fuera en busca de una luz que guíe. Esos momentos de tránsito atan a una libertad deseada y temida a partes iguales, a veces libertad accidental.
En medio de un páramo, sin nada que pueda ocultar la silueta que recorta el horizonte, sin el abrigo de la mentira ni el calor de las ficciones, así yermos y expuestos a los vientos y al frío gestado durante años, así se muestran los espacios de tránsito.
El camino lo borraron hace tiempo el viento y la lluvia y la mano descuidada que no quiso dejar migas de pan para que pudiera volar con las demás cometas.
Ese punto exacto sin carteles, sin pisadas, sin rastros pero con un enorme peso de “por si acasos” a la espalda. No caminamos nunca solos, no, caminamos cada uno con nuestros fantasmas, con todo el bagaje que nos han dejado acumular y con su ausencia presente. Nunca viajamos solos, siempre está el ruido sin contestar de las pisadas y las manos que aprendieron los trazados de una piel que ya no está. La piel que queda recuerda con estelas de frío allí donde una vez algunos dedos dejaron calor. La piel recuerda las ausencias y el pecho anida los vacíos. Y así, demasiado ligera y demasiado cargada hay que echar a andar, con miedo de salir volando sin dirección y con miedo de nunca poder avanzar.
Pesa tanto el vacío y el páramo es tan frío, que la encrucijada se demora más de la cuenta ante los ojos, más de lo que nadie debería estar expuesto. Confiar en el calor del propio cuerpo y mirar de nuevo al insondable azul aéreo en busca de alguna pista.
En mitad del páramo se acercan las grullas desconfiadas. Un pequeño momento de éxtasis antes de volver a otear el horizonte. Sería bueno recordar de nuevo cómo era eso de volar, si es que alguna vez se supo.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Algunas siempre pierden


El fin nunca pasa sin hacer daño, la vida tampoco. Camino por las calles con un poso grande de tristeza, tan grande que a veces se me hace hasta difícil caminar. No es el apego, no se trata de ponernos zen a estas alturas de la película, se trata del dolor que genera la pérdida, incluso aunque ésta hubiera sido elegida. 
A su vez, la tristeza me centra de lleno en las calles, en las tiendas. Las miro con distancia pero miro con calma. Me permito observar asépticamente cuanto hay a  mi alrededor, sin vitalidad, puro análisis.
Camino como un fantasma, me muevo entre los contrastes más desgarradores, el barrio obrero, los inmigrantes, la gente de bien, los policías, los turistas, las prostitutas muy mayores ya, sentadas al fresco como si de un pueblo se tratara. Se sientan en sillones viejos en el callejón que está al lado de mi calle, se sientan en cajas de polispam. Sus ventanas están decoradas con plantas, cactus, telas que cambian y que a veces dejan en la puerta, quizá indicando que estén con alguien arriba. Las miro, me miran porque ya me conocen pero aún no me atrevo a saludar, es tanta la hipocresía que he comido en esta sociedad,  que aún tengo miedo y rechazo para dar ese salto. No me enorgullece, pero  menos soy consciente de ello.
Son prostitutas muy mayores en su mayoría excepto alguna muy joven, creo que son rumanas casi todas menos una mujer que además parece heroinómana. A veces siento una profunda compasión hacia ellas, y otras veces me parece que esa compasión está emponzoñada con  soberbia y clasismo. Lo que hacen es duro, durísimo, deshumanizador. Pero no las juzgo a ellas. No soy nadie, aquí no hay mejores ni peores, hay gente que sobrevive.
En esta sociedad nada tiene sentido y mucho menos rumbo. No soy nadie para juzgarlas, pero soy una ciudadana y  puedo juzgarnos como sociedad, juzgar la venda en los ojos, los blancos y negros que veo cada día al cambiar de una calle a otra. En apenas 70 metros hay gente que reza en la iglesia, les oigo cantar. Solo 70 metros. Me cuesta trabajo asimilar cómo los de la taberna ecológica hacen como si fueran alternativos al sistema consumiendo vinos caros, cómo los de la iglesia rezan evadidos del mundo, cómo yo creo que educo, cuando realmente soy una mercenaria de la filosofía o… yo qué sé. No soy nada.  Nada tiene realmente sentido. Contrastes marcados de camino a casa, el juego absurdo de vivir donde algunas siempre pierden.
Algunas siempre pierden.

miércoles, 19 de junio de 2019

Sol del naciente


La misma música que encerraba en el silencio ahora libera de él. La misma luz, la misma pantalla, ahora pertenecen a otro espacio y otro tiempo. Las vidas se destruyen y construyen con un cierto ritmo marítimo con la imprevisible forma en la que rompen las olas en un acantilado, siempre idénticas por el hecho, siempre diferentes en cuanto a la forma.
Ahora, ¿En qué lado nos posicionamos? El ser es la regularidad, lo idéntico o el ser es la diferencia, la inmanencia irrepetible de un tiempo que en realidad no existe más que como forma de no perder la identidad en un universo demasiado vasto. Ser frente a estar siendo, ser frente a existir, existir frente a vivir.
La frecuencia con la que olvidamos que todo son castillos de arena es un indicativo del miedo cerval que genera lo consustancial al vivir, el dejar de hacerlo, el volver a construir lo que se destruye y lo que jamás volverá a ser lo mismo. Los niños no tienen miedo, parece que olvidan rápido el dolor, parece que supieran que nada permanece más allá de una tarde y que la clave está precisamente en levantar un universo, aún a sabiendas de la fugacidad del resultado. Ellos viven el instante con la eternidad de las estrellas. Ellos ignoran lo que nosotros inventamos y no somos capaces de olvidar.
La misma música que velaba las horas y la voz interior ahora desvela las palabras y los instantes prisioneros. Con calma las sensaciones se van quitando el arrullo, ese con el que intentaron quitarse el frío, el que guardó los vacíos y las ausencias, el que las estranguló de pura necesidad. Encerraba un sol de principios de verano que se escondía de las nieves tempranas.
La arena se extiende a los pies, es Junio y una preciosa luz vuelve a iluminar la eterna y prometeica tarea de vivir.


lunes, 20 de mayo de 2019

La urgencia de vivir.


Me resulta fascinante la manera en que nos perdemos y nos encontramos a nosotras mismas a lo largo de la vida. A veces como si una niña se perdiera entre la multitud o en el bosque, en el parque. De pronto, la adulta desorientada se angustia por  hacerse cargo de nuevo. La ve, está entretenida, decide olvidarse por un momento. Cuando vuelve a levantar la cabeza, el momento han sido varios años y ha pasado casi una vida entera.
Nos perdemos a nosotras a lo largo del tiempo, nos volvemos a encontrar, visiblemente cambiadas, como dos viejas amigas por las que la vida ha pasado en todas sus formas. La sensación es de cierto alivio y de sorpresa, de nuevo hay que comenzar a rescatar ese idioma inventado que se fue gestando a lo largo de varios años, ese idioma que solo nosotras y entre nosotras mismas hablábamos.
Otra sensación es la de volver a estar en casa y hacer presentes sentimientos velados. Acordarse de lo que queríamos, recordar qué nos gustaba y cuándo, cuáles eran los anhelos, dónde queríamos ir, la sensación sólida y frágil de los pies descalzos.
El sol después de un largo letargo invernal. Abrir los ojos y descubrir que la luz no había muerto definitivamente. Siempre estuvo ahí la otra mitad de la vida por vivir. La ineludible e inaplazable urgencia de vivir. Nuestro "verano invencible".

domingo, 21 de abril de 2019

Abstinencia de notificaciones en rojo


“¿A quién le diré ahora lo bonito que está el cielo por la tarde y la luz tan hermosa sobre los nidos de las cigüeñas? ¿A quién le diré esa chorrada que me cruza la mente y que me hace gracia?”
La respuesta podría ser, “a todas esas personas con las que ocupo el mismo tiempo y espacio”. Pero sabemos que ciertos mensajes no tienen sentido en la comunicación oral y presencial física. No le cantaríamos una canción a nuestro compañero de trabajo, no llevaríamos a una amiga hasta el sitio donde estamos comiendo para que viera nuestra saludable ensalada para luego mandarla a casa directamente, ni llamaríamos a nuestra vecina para que viniera a ver nuestros pies en la playa mientras ella trabaja en Madrid durante el mes de agosto.
La comunicación oral no mediada por la tecnología  quizá  se diferencie de la comunicación en redes sociales y aplicaciones de mensajería, en que la primera implica un diálogo fluido, capacidad argumentación de las ideas de forma extensa y el interés en transmitir un mensaje con una retroalimentación por parte del interlocutor dentro de las mismas premisas, es decir, respuesta argumentada, escucha activa, etc. En la comunicación oral tenemos en cuenta si a nuestro interlocutor le puede interesar lo que decimos, si es pertinente por la hora del día que es, si es verdaderamente importante o significativo como para decírselo. De hecho, tenemos en cuenta si nuestro interlocutor es la persona indicada para hablar de eso. Creo que pocas de estar instrucciones se tienen en cuenta en las redes sociales.
Partiendo de la base de que no sabemos a ciencia exacta a cuántas personas se lo estamos mandando, porque no tenemos en mente a todos los contactos que tenemos agregados; que tampoco nos importa la hora del día; ni tan siquiera es un mensaje a una persona es un grito virtual a una multitud. Teniendo todo esto en cuenta, ¿es igual un diálogo tú a tú, que gritar algo a un grupo innominado de personas?
Otra cosa que me parece curiosa es que el vínculo entre el mensaje y la intención del mensaje está cada vez más disociado es estas redes. No me parece que lo que se dice responda realmente a lo que de hecho se dice, muchos mensajes en fb o twitter son una herramienta para poder satisfacer el propio ego, para reclamar afecto, para captar seguidores, etc. No son una herramienta para decir lo que de hecho se dice.
Es cierto que muchas veces surgen debates en redes, debates interesantes y acalorados, ahora bien, la forma de comunicar en estas plataformas está constreñido físicamente por una pequeña pantalla y por la ausencia del reposo visual y cognitivo necesario para poder pensar la respuesta. De hecho a veces estos diálogos adquieren la forma de pequeños monólogos intercalados en los que la premisa es: “que gane el aforismo más ingenioso”. Si nos comunicamos en redes es algo casi accidental, el diálogo es tan complicado que hay que hacer hermenéutica del punto y coma y del emoticono para saber las intenciones de nuestro interlocutor.
Regreso a las primeras preguntas. Cuando decidí eliminar las redes sociales de mi vida lo hice porque necesitaba vivir la comunicación de forma más intensa y más real. De igual forma que tenía presente que este blog nació fruto del aislamiento y por la necesidad de comunicarme con la gente a la que apreciaba, nunca tuve total claridad acerca de los motivos que me llevaron a tener Facebook o Instagram. Cuando me paré a pensarlo, las respuestas eran parciales, no falsas, pero sí respuestas a medias. Pensaba que era por vivir lejos de mis amigos y amigas, pensaba que paliaba mi necesidad de pertenencia a un grupo, que podría estar más informada sobre cosas interesantes sobre el mundo, que contribuía a solucionar mi problema de timidez. Todo ello es verdadero, pero una vez que he sondeando la carencia que ha dejado en mí abandonar las redes sociales, he descubierto que las fuerzas más poderosas son la soledad y el afecto. El mensaje es una excusa, las redes sociales han encontrado un suelo fértil en esas necesidades que hoy adquieren tintes de enfermedad en toda la sociedad. No somos una sociedad, no somos comunidad, pero necesitamos serlo. Por este motivo buscamos cualquier campo donde poder plantar esas semillas y florecer.
La necesidad de afecto es tan grande y el vacío generado por esta sociedad, tan brutal, que el uso de redes deviene con rapidez en algo compulsivo. Es un placebo afectivo para muchos que lucra a unos pocos. La forma de hacer productiva una necesidad inherente a la condición humana.
¿Por qué quedamos atrapados en la red? Creo, y esta es mi tesis, que no es porque se logre una comunicación efectiva, es más bien por la constante promesa de llegar a tenerla. Esa promesa nos mantiene en movimiento, pero nunca se hace efectiva. Siempre quedamos con ganas de más. Más notificaciones en rojo, más vídeos, más noticias, más menciones, más amigos, más cosas nuevas. Todo ello en una espiral que nunca cesa. Queremos que las redes nos den algo que nunca nos pueden dar pero que tampoco nos niegan claramente. De esta forma, la escucha activa se transforma en un comentario, pero no es escucha activa; la atención es un “me gusta”, y un abrazo… ¿qué sería un abrazo?
Nos hemos convertido en mónadas leibnizianas, contenemos un espejo del mundo pero estamos incomunicadas, sin ventanas y todas nos movemos al son de la armonía preestablecida que marca el modo de producción capitalista.
Releo lo escrito y sé que suena como si hiciera apología para volver a las cavernas y abolir el uso de las tecnologías. No es mi intención, sino la de recalcar la necesidad de tomar conciencia de qué queremos y qué necesitamos y hacer un uso consciente de nuestras facultades para lograrlo con los medios que estimemos convenientes. Hablo de emplear la cabeza, de ser conscientes, de repensar los fines y los medios adecuados.
No hablo de superar la “muerte de Dios”, ni de la pérdida de fe en los metarrelatos, ni siquiera de una reflexión axiológica con pretensiones universalistas. Hablo solo de la necesidad de tomar consciencia de dónde están nuestras manos y nuestras cabezas y de lo que queremos hacer con ellas, ya no como sociedad, sino primero como individuos. El problema no es que la sociedad se haya extinguido, es que lo hemos hecho las personas, nos hemos disuelto en un mar de ceros y unos por intentar anestesiar el dolor que implica existir.

jueves, 18 de abril de 2019

Carabanchel Alto

Nueva Numancia. El agua cae tímida, la falta de costumbre o el miedo ante una ciudad tan grande y tan sucia. El gris del cielo, de la calle, el humo. El gris, todo gris y polvo.

A letter to Elise.

El metro abre la boca, una caverna impersonal revestida de olor humano. Hoy es un refugio ante las escasas gotas y la libertad angustiosa del día sin escribir.
Todo sigue intacto el asfalto, el barullo monstruoso del aislamiento de miles de personas y coches. Los túneles del metro nos conectan a modo de arterias vacías en el corazón inexpugnable de este mastodonte innominado de soledades.
Nos reunimos accidentalmente, nos chocamos por azar buscando el contacto que nos podría salvar la vida. Quizá una mirada directa nos salve la vida a diario.
Puente Vallecas. Es pronto pero nuestros anhelos y desencuentros quieren hablar entre ellos. Me detengo en las finas cejas de la mujer que hay delante de mí, en sus ojos cansados con el aire elegante de los años treinta, podría ser Greta Garbo, es muy guapa. Los ojos de sueño de ese chico buscan a alguien que no está presente, parece salido de un vídeo de los años ochenta; con la misma desesperación de entonces, eso queda intacto, querer comerse el mundo y acabar devorado por un nudo en la garganta o por unos ojos negros y brillantes.
Nuestras soledades se reúnen y viajan en metro, viajan juntas por si acaso al abrigo unas de otras lograran darse algo de calor. Es tan pronto que cuesta darle sentido a las cosas.
Tengo instalada una pequeña semilla solar en el centro justo del pecho, la trajo el viento. Me ha abierto una hendidura por la que se cuela el dolor de los demás y acaso sus sueños. Abrazaría la sonrisa ingenua de la mujer que mira su móvil; el ceño fruncido de ese hombre que siente inseguro porque nunca viaja en metro, los ojos agotados del chico que hace días que no duerme porque no sabe cómo decírselo.
Hoy me siento tan próxima a la humanidad que me arden los pulmones de respirar su cercanía.
Me gustaría detenerme, detener el tiempo, seguir escuchando a The Cure decirle a Elise que nunca lo hubiera querido. Quiero detener este momento extraño de comunión de nuestra fragilidad, pero el metro no se detiene.
Próxima parada, Carabanchel Alto.

domingo, 7 de abril de 2019

Shine on you crazy diamond


Llegados a este punto cabe ir aceptando que da igual la cantidad de veces que nos caigamos porque una vez que pasa el dolor, el suelo es demasiado duro para permanecer durante mucho tiempo tirados en él. Nos levantaremos siguiendo (aún no sé) un instinto de vida o un instinto suicida. Da igual cuántas veces nos hayamos desollado las rodillas por andar sin frenos en la bici, porque volveremos a andar sin ellos cuando la sangre se haya cortado y la herida haya cicatrizado.
Miro por dentro y dudo que algo haya cambiado realmente. Escucho “Shine on your crazy diamond” y observo incrédula, que todo sigue igual aquí dentro. Los años hacen poca mella en los anhelos y la experiencia del dolor solo sirve en algunos casos, para retrasar o demorar otra caída. La vida es la extenuante tarea de tropezar , desandar tres pasos, andar uno y con un poco de suerte alcanzar la satisfacción del trabajo bien hecho de nuevo con las rodillas heridas.
Envidio el optimismo de quien se lo pueda permitir, envidio a quien se rinde y para, envidio la ataraxia y la apatheia, envidio el espíritu de la lucha de las guerreras, envidio la energía eléctrica de las tormentas que almacenan ciertas personas. A mí me mueve un estúpido corazón que, por culpa de su absurda esperanza, me está destrozando las rodillas.

sábado, 30 de marzo de 2019

Filosofía


Acercarse al fuego un paso más. Como una polilla a la luz, la pupila se acerca a la verdad incluso sabiendo que se puede llegar a quemar en ella. Venciendo el miedo a bordear el abismo, camina de puntillas mirando al infondo suelo de la existencia y disfrutando a ratos de ese paseo por las estrellas.
Casi ingrávida, descalza, con miedo y deseo de caer en la pregunta sin respuesta, parece no temer más al sinsentido, lo asume y lo abraza. Juega como lo hace una niña que ignora al mundo para crear el suyo propio. Ha llegado a la pregunta y tejerá con sus propias raíces la respuesta.
La incansable procura arrastra hacia sendas ocultas tirando de las entrañas hacia lo velado, en un camino sin retorno. Sabe que lo abisal le ha llenado el alma irremediablemente y que ya es tarde para casi todo, especialmente para pensar como sería si ese día hubiese estado sorda al aire y al fuego, ajena a la tierra, ausente al agua. Ese día no habría tenido el arrojo necesario para dar un paso más y acercarse a la luz hipnótica que le ha abrazado para siempre la mirada.

domingo, 24 de marzo de 2019

Realidad vulnerada


“La metáfora vulnera la realidad”, hace atravesar la luz por medio de las articulaciones de lo real, tornándola frágil, deshaciendo su opacidad.
La poesía como arma. Versos que vulneran miradas y las hacen cristalinas. La poesía nos rompe, nos rompe precisamente porque con ciertas máscaras, derriba las nuestras.
Pese a que a Nietzsche le pareciera que las palabras son metáforas que han perdido su valor a fuerza de uso y han llegado a suplantar aquello que representan, en realidad la poesía tiene la capacidad para asombrar, para conmover y para desarmar a quien la lee y a quien la escribe, mucho más lejos de las palabras con las que se expresa.  Parece como si de ellas, todas juntas y al amparo de su creador, se destilara algo diferente.
Leemos poesía porque necesitamos entender la vida más allá de la lógica, necesitamos quitarnos las máscaras y ser frágiles al abrigo de las creaciones ajenas. Nos exponemos a la vida. Risas que vulneran la serenidad, gestos que vulneran palabras y las hacen inútiles. Queriendo suplantar lo real nos acercamos a ello, despojados de todo artificio. Nos fragilizamos porque necesitamos sentir sin las dobleces de los juegos sociales que dicotomizan fútilmente lo que es único de por sí. 
Es sencillo deshacerse de los muros habituales arropados por las metáforas. La vida vulnerada a través de ellas nos recuerda lo frágiles que somos y nos acerca al otro, a su calor, a su dolor. Lo entendemos de forma inmediata en medio del pecho.
No es la poesía lo que perseguimos, sino desnudar la vida y acercarnos mutuamente un poco más, porque la existencia es por definición el desamparo y la metáfora el abrigo que lo sublima.

domingo, 10 de marzo de 2019

Ensoñación


Una estrecha franja en el gris helado. Un vacío espacio-temporal que pone en marcha la huida hacia ninguna parte. Evasión, punto de fuga.
“Recuerda, cuerpo” las tardes de verano. El sol y la piel expuesta a la languidez estival.
El tiempo detenido; alguien lo  ha extraviado en mitad del invierno.
Sol, calma y  piel. Las horas muertas y la respiración entrecortada marcan el compás de una cadencia hedonista.  Una mano sigue el mapa infinito del deseo.
Horas llenas, horas vacías, horas perdidas.  Lejos.  Imposible.

Verano.

Un susurro quedo detiene los segundos de golpe. El gris olvidado se ha roto definitivamente.  
Aquí, fuera del mundo, unos labios han entrado en llamas. 
Hoy es nunca, eterna tarde de verano.


jueves, 14 de febrero de 2019

Capitana de las Bardenas


Foto: Rob Jones
Un corazón como una capitana de la Bardenas, rodando, a la deriva. Íntimamente tejida. Como de encaje. La paradoja le hace ser de una fragilidad extrema y soportar a un tiempo todos los vientos del mundo.
Un corazón, tejido informe y delirante de capilares y anhelos. Un corazón labrado, hilado de esperanzas perennes y caducas. Esperanzas a fin de cuentas.
Así nos trabamos en una amalgama innominada de raíces y raicillas, alimentando el nombre, desoyendo a la muerte y al desamparo. Palpitando con la mansedumbre de la lava incandescente, hambrientos de contacto, saturados de hiperrealidades. Algo profundo palpita en el nexo de cada rama, algo profundo respira rompiendo la gruesa capa de superficialidad, la máscara.
Íntimamente entrelazados, en un abigarrado caos de brazos, piernas y utopías; mecidos al son de un viento mayor. Así nos movemos, ignorantes del poder de nuestros lazos rizomorfos.

miércoles, 30 de enero de 2019

Un pañuelo rojo

Salir no había costado prácticamente nada, lo complicado era la caminata que le quedaba hasta la parada de autobús y el largo trayecto hasta la tienda en pleno centro de la ciudad.
La verdad es que era bien consciente de que quizá no fueran las mejores formas de viajar hasta una gran ciudad como aquella, pero casi no tenía tiempo y la necesidad era imperiosa: debía encontrar algo apropiado cuanto antes, la ocasión lo requería.
No podía ir de cualquier manera y, ya que el vestido era "obligado", la opción sería encontrar un complemento adecuado que combinara bien. Para eso, la tienda a la que se dirigía era la más indicada. Complementos distinguidos para ocasiones especiales. 
Sus larguísimos cabellos negros (a nadie le importaba que fueran teñidos) y su tez tan pálida necesitaban un toque de color, quizá un pañuelo rojo bastaría. Un bonito pañuelo rojo de seda, elegante, atrevido pero sofisticado.
Un ocasión como aquella no volvería a repetirse, eso lo sabía con total seguridad, por eso necesitaba causar una buena impresión.
La calidad de los productos allí era excepcional y siempre se habían caracterizado por su buen trato. Por eso estaba segura de que su procedencia no les importaría lo más mínimo. A ella se le notaba el estilo, la elegancia se tiene o no se tiene.
El traqueteo del autobús la fue llevando a un estado de suma relajación después de tantos días tan intensos. De hecho, iba tan cómoda que no se percató de que todo el mundo había hecho un vacío a su alrededor y se agolpaban en la parte trasera con cara de estupefacción. Ciertamente, se dijo, encontrar ese pañuelo rojo era fundamental. Ahora estaba convencida.
Sabía perfectamente que su fragancia era poco convencional, pero de ahí a apartarse todos, la verdad, le parecía exagerado. La educación es algo que no se debería perder nunca bajo ninguna circunstancia.
Al llegar a la parada aún le quedaba por recorrer un trayecto de unos diez minutos a pie. Sentía una debilidad que consideraba normal dado su estado. Pero siempre había sido una mujer distinguida, no podía asistir a aquel evento con esa mamarrachada de vestido blanco que estaba pidiendo a gritos un buen complemento. Eso le infundió fuerzas.
Al llegar vio que la tienda cerraba en quince minutos. Ese estúpido Rodríguez se había entretenido demasiado con tanto producto y tanto potingue inútil, ella era bella de cualquier manera.
Cuando por fin llegó a la tienda no vio ningún pañuelo que se adaptara a lo que ella quería. Decidió preguntar a una de las dependientas.
"¡Ah, qué tonta!" pensó para sus adentros. ¿Cómo iba a comunicarse con ellas?, imposible emitir sonidos con la boca cosida. 
Mañana sería su funeral y aún no tenía el pañuelo rojo que necesitaba.

domingo, 27 de enero de 2019

Sabor amargo

No me preocupa el sabor amargo que va adquiriendo el alma, me preocupa más que la costumbre se adueñe del resto de sabores y los toque a todos. Me preocupa no saber distinguir si es el sabor normal de los frutos de otoño, que vienen algo tempranos, o si es que se ha deslizado una gota que ha enturbiado la corriente.
La luz no es tan intensa como al mediodía, no es tan cegadora y permite mirar de frente. ¿Alguna vez lo hice de otro modo? Hasta ahora creía que no.
Va cayendo la tarde, con ella la fe y a ratos, la esperanza. Se va apagando la alegría ingenua a fuerza de ir diciendo adiós, sopesando que la regularidad en el tiempo no es tan cíclica como se pensaba. Una espiral va empujando hacia fuera los días, la infancia, el verano.
No es el sabor amargo, que quizá sea fruto del otoño o de la tierra que va ocupando los huecos que antes eran aire y fuego, es el temor a olvidar cómo era cuando todo sabía de otra manera. Es quizá el miedo a no poder volver atrás.
Nadie pasa por la vida sin vestirse algo de negro por dentro y no, no es el negro, lo que me preocupa es olvidar los colores.
Los frutos de otoño son telúricos, la esencia última del sol del verano. Todos los elementos caben en una semilla. ¿Sabré encontrarla?
No es el invierno lo que me preocupa, es no saber entender lo que me tenga que decir el sabor amargo y el color crepuscular del final del verano.


lunes, 7 de enero de 2019

Divagaciones pesimistas para una tarde de invierno


Me vuelvo con la intuición (a falta de una palabra que lo defina mejor) de la vida como un caminar en precario equilibro. Todo se puede desmoronar rápidamente y sin avisar porque, aunque parezca una vida sólida, estamos a merced de fuerzas más intensas que cualquiera de nosotros. La muerte y la vida se abren camino al margen de nuestra voluntad. Como decía la canción, somos “polvo en el viento”, aunque a veces nos sintamos en la cima del universo.
Asomo la cabeza a esa intuición con más miedo que valor. Ciertamente, sé que si tuviera la fortaleza necesaria para enfrentarme a esa Verdad, quizá sería capaz de vivir de un modo más libre. Me sobrecoge pensar en la fragilidad de nuestras vidas mecidas implacablemente por el transcurso del tiempo. Un foto tomada ayer por la mañana anunciaba la alegría, pocas horas más tarde todo ha quedado barrido sin piedad instante tras instante. Ya solo queda la fotografía.
Y sin embargo nos quedamos agazapados atemorizados como un animal deslumbrado por los faros de un coche en mitad de la noche. En el mejor de los casos corremos de nuevo hacia la oscuridad, en el peor la verdad nos pasa por encima. Pero ahora que lo pienso bien, es mentira que nos pase y nos arrolle, porque tarde o temprano podremos seguir andando como si nunca lo hubiéramos pensado. La verdad que remueve cimientos se olvida pronto. 
No es el paso del tiempo, estrictamente hablando, lo que me asusta, sino la fragilidad de nuestros castillos de naipes. Y ojalá fuera capaz de no aferrarme a su forma, ojalá pudiera vivir sabiendo que igual que ahora camino sobre la cuerda, podría caer en cualquier momento; que la más leve brisa se puede llevar el castillo que voy construyendo. Si fuera capaz de vivir sabiendo que a veces caemos y a veces nos levantamos y alguna vez nunca lo haremos, quizá le miraría de otra forma a la vida. Pero amar es acariciar una imagen, es abrazar el calor aquí y ahora, es desear más. Amar implica que el tiempo se detenga y dejar que nos ilumine igual que la verdad, pero creyendo que nunca cesará. Luego la vida nos reposiciona de nuevo en la fugacidad.
¿Cómo se puede seguir viviendo sabiendo que nada tiene más sentido que lo que ahora hacemos, queremos y pensamos? ¿Cómo seguir viviendo sabiendo que nada durará? Caminando en ese precario equilibrio y con bastante miedo a saltar, no como lo hizo el funambulista de Así habló Zaratustra. A fin de cuentas somos “demasiado humanos”.