Al hilo de las ensoñaciones...

martes, 30 de diciembre de 2014

En la parada

Sería posible caer, dejarse. Ceder mansamente al momento. Flotar.
Quizá ser presente.
Difuminar las fronteras. Olvidar los límites.
Ser cuerpo.
Sería posible olvidar.
Destruir la cadena, el flujo tirano del devenir.
Recorrer las calles abandonados definitivamente a la lluvia.
Gritar que duele. Llorar porque duele.
Arrancaríamos un grito lícito de la parte de las entrañas contenidas. Aullaríamos como lobos.
Sin metal ni escoria, liberaríamos de las tripas siglos de contención y cultura.
Sería posible ser sed o sexo o hambre.
Silencio. Demandamos el silencio..
Deshacernos suavemente. Vencer sin esfuerzo a la gravedad.
Caer derrotados.

Descansar.

Levántate y anda.

Cerré los ojos cansada de tanto pelear para encontrar la salida. Creía que nunca lo conseguiría, el túnel era largo y la luz se había agotado hacía tiempo. La oscuridad era densa como una niebla, diría insomne. Inspiré hondo determinada a serenarme. Era la única salida, serenarme e intentar pensar con claridad.
El caso era, que llevaba mucho tiempo siendo bastante clara con mis pensamientos. Afortunadamente la razón casi nunca me había fallado, excepto en algún examen de matemáticas o en lógica de primero.
Inspiré hondo. Recé a mis diosas para que me ayudaran pero recordé que las diosas me habían abandonado hacía tiempo. Estaba sola.
Desde el fondo de aquella caverna desamparada, una pequeña luz titilante se iba haciendo cada vez más clara, lejana. Tanto tiempo acostumbrada a la oscuridad, sobredimensionaba aquella pequeña luz de lo que parecía ser una vela. A diferencia de la caverna de Platón, esta cueva no parecía tener salida hacia arriba, sino hacia delante.

Cerré los ojos una vez más, inspiré hondo y una voz grave y suave me dijo: “levántate y anda”. Su determinación no dejaba lugar a dudas. Levántate y anda. Tan sencillo. Levántate y anda. Andar. Eso era todo, andar, andar, andar, andar. Trotar, correr. Había estado tanto tiempo intentando pensar cómo había llegado a esa caverna, que no me había planteado  tirar hacia delante. Oh dios, qué estúpida.
Ahora daba igual, la luz seguía rutilando delante de mí, pero estaba segura de poder seguir andando a oscuras, Me sentía tan bien, tan segura, un gramo de seguridad en cada zancada. Andaba despacio, pero me movía. Notaba la humedad, el frío se atenuaba porque yo cada vez me movía con más intensidad.
Hasta ese momento no había notado el olor de la caverna, como de siglos de miedo. El olor del miedo me hacía fuerte. Me abandonaba a mi cuerpo, a mi maldito cuerpo. ¿Dónde había estado todo ese tiempo, dónde lo había dejado? Tenía piernas dios mío, tenía piernas. Un paso tras otro, otros más, uno de nuevo.
La luz ya no estaba, pero no me preocupaba, no la necesitaba, podía andar, dejaba atrás años de encierro. Las lágrimas se me acumulaban en la garganta, el sabor de la sangre agolpándose en mi boca. Metálico, caliente, los pulmones me ardían como si estuviera respirando por primera vez. Era tan libre que podía notar las cadenas que aún pesaban.
Levántate y anda. Inspiré hondo, necesitaba más oxígeno. La caverna no era lugar para estar, no podía permanecer ahí eternamente.
Si.
Sencillo.
Abrí los ojos. No contuve más el llanto, ni la risa. Inmersa en una multitud de 80.000 personas contemplé, ya fuera de la caverna, la cálida voz a mi lado. Ya no necesitaba su luz. Apagó la vela, me sonrió. Comenzaba la carrera.
Madrid era nuestro.

Y acerca de lo que sucedió luego… Es una historia que merece ser contada en otra ocasión.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Soledad

Soledad infonda, soledad antigua, soledad desconocida. 
Abisal.
Soledad echando raíces, instalando vacíos, alimentando angustias, relegando a niños el adulto que somos.
Soledad conocida.
Parece que no te vas a marchar hasta que nos veamos las caras.
Sin concesiones, nos obligas a mirar.
Un abrazo te haría irte, quizá acunarte como a un bebé.
Vienes descarada, solemne y firme. No dudas, tú nunca dudas, eres pura presencia sin dobleces ni fisuras. Eres el vacío que se encarna en las manos. Vienes para quedarte. 
¿Qué hacer contigo? No hablas, te quedas quieta con la mirada fija, algo enfadada, algo impaciente, frágil. 
Tú reclamas firmeza. ¿El suelo es tan seguro?¿Es eso lo que pides? ¿No caer?.
A veces atenazas la garganta con tu mirada de niña enfadada. ¿Qué quiere un niño enfadado?
Ahora estás aquí, a mi lado, detrás de mi. Eres la tarea que no puede esperar a mañana 
Lo mejor sería, caer a tu lado y dormir, abrazar tu amarga silueta, colmarte de cariño y hacerte retornar al tiempo ignoto sin nombre de donde sales.
Adultos llamándolo soledad existencial, niños reclamando compañía.
Soledad

jueves, 11 de diciembre de 2014

Adios Tino. Adios Cordelia

Pensé que no te quería. Pensé a veces que te odiaba, y ahora que te marchas para siempre de mi lado, siento que una parte muy bonita de mis experiencias se van contigo.
Resulta que si te quería, pero tú nunca lo sabrás.
Llegaste casi por casualidad y en parte me sentí obligada a quererte. Eras claramente el mejor. A los dos nos costó adaptarnos. A ti te costarían mis malas maneras, a mi tus formas. Estar contigo era tener más ventajas, pero yo soy una romántica y nunca había soñado contigo.
Pero recuerdo que allí estuviste al pie del cañón en la mudanza de Padrón. Mi primer año en Galicia. Silencioso y sin aspavientos pero fuiste capaz de todo.
Fuiste tú el que me enseñó los atardeceres interminables en Castilla León, tantas luces vi contigo... Tantas lunas llenas. Cada día me subías de San Martín a Fonsagrada a ritmo de Van Morrison. Sonaba "It Stone me", Una de mis canciones favoritas estará vinculada a tu recuerdo. 

Esa sensación de salir de entre la niebla y tantas emociones por vivir allí, todas ellas se intensificaban contigo, en ti las podía hacer presentes, saboreaba el incipiente amor por los paisajes que hoy me acogen como una más.
Me sentí tantas veces libre a tu lado, tan libre. Me sentí libre como nunca en mi vida, como con nadie. El mundo era nuestro, los cielos todos. Era como nadar, como no tener límites.
Me sentí protegida dentro de ti, me aguantaste, me acogiste cuando el mundo me parecía hostil, me diste valor.
Disfruté tanto a tu lado, mi mudo compañero…
Nuestro último viaje fue brutalmente bonito. Fuimos escuchando "Cuando los elefantes sueñan con la música". Decidí ir de Ferrol a Fonsagrada por Villalba y Meira. Iba pensando en Nietzsche, en las tres transformaciones, en el camello el león y el niño. Me asombré de la recta de la Terra Cha.
En un arrebato de insensatez saqué esta foto de la recta de la Terra Chá aquel fatídico día

Me asombré de cómo iba cambiando de planeta desde la costa al interior. Mientras, sonaba la música y la bonita voz de Galilea. 
Recuerdo pensar en cómo cada vez que subía me sentía llegando a casa. A Fonsagrada siempre se sube. Disfruté tanto ese último viaje. Iba contenta, era viernes y me iba a cortar el pelo.
Mi mudo compañero, irás ahora al cementerio de los coches viejos, pero una parte de mi, esa parte que se encarga del apego, te queda enormemente agradecida. Una parte de mi vida se va en tus ruedas, en cada kilómetro que hicimos juntos, en cada tarde, en cada canción que me oíste cantar. Mi mudo compañero, gracias por los kilómetros, gracias por todas las sensaciones que sólo tú y yo sabemos. Todas, incluso la de terror cuando supe que te ibas de mi lado.
Toda mi infancia me imaginé conduciendo, y ¿sabes qué? A tu lado fue exactamente como lo había imaginado.
Dicen que la energía ni se crea ni se destruye. Tus piezas acabarán siendo chatarra, pero cada instante a tu lado, lo atesoraré como una parte preciosa de mi propia historia.
Adios Tino, Adios Cordelia.


sábado, 28 de junio de 2014

Conchita y el nuevo traje del emperador

Escrito en Facebook: ” ¿Austria? ¿Polonia? Eurovisión ya no es lo que era”.
“Todos llevamos un homófobo dentro”, me decía esta mañana un gran amigo. Gran verdad, pero creo que la principal homofobia la dirigimos hacia nosotros mismos, no hacia los demás. Tendencias divergentes que se sofocan muchas veces antes de expresarse en el mundo exterior.
Siempre creí, toda mi vida sostuve, que exceptuando pocos casos, la mayoría de los seres humanos somos bisexuales por naturaleza. En una proporción mayor o menor hacia la heterosexualidad o la homosexualidad.
Hay gente que nunca tendrá relaciones heterosexuales y gente que nunca probará relaciones homosexuales, aunque en su interior se hubieran desarrollado inclinaciones. Hay grandes resistencias a cambiar. Miedos que afectan al núcleo duro de la identidad, pero por supuesto, lo que tiene un enorme peso es la homofobia interiorizada.
Pienso en la homofobia interiorizada como un conjunto de prejuicios y  una concepción de la homosexualidad como algo intrínsecamente malo y perverso (en el sentido literal y en el sentido habitual), que está presente en la sociedad, y que hemos asimilado en nuestro esquema de valores, sin percatarnos de que está presente en nosotros.
De este modo, pese a que aceptemos y queramos a cualquier persona gay del mundo, jamás veremos en nosotros inclinaciones homosexuales como nuestras. ¿Por qué?, porque en el fondo, la homofobia que hemos asimilado desde la infancia sigue siendo un valor que determina nuestras acciones. Es algo malo y no queremos ser malos. Sencillo.
Lo sé, lo sé. Quizá algunos de vosotros estéis pensando que tenéis muy clara vuestra perfecta y redonda (guiño parmenídeo) orientación heterosexual. Y no seré yo quien lo ponga en duda. Lo que digo es que, esa valoración profunda y silenciosa (de lo homosexual como algo malo moralmente hablando) determina que no se sea libre para aceptar una vivencia de tipo homosexual.
Cuando hablo de vivencias, pueden ser cosas muy sencillas no necesariamente un exacerbado y loco enamoramiento. Cualquiera de vosotros podría reinterpretar capítulos de su vida de otra manera si no existiera esa voz de pánico que nos alerta de alejarse del camino de la perdición. Una relación de amistad diferente, una admiración excesiva por un profesor o profesora, etc. Una inclinación, sólo eso.
La serie de Big bang Theory creo que tiene miles de ejemplos acerca de esto. Se transgreden las líneas heterosexuales constantemente.
La homofobia interiorizada es hipócrita. Al exterior se manifiesta con una suerte de tolerancia (¿¡ Tolerancia?!. Tiene un matiz tan perverso esta palabra), con un “a mí me caen muy bien los gays”, con una aceptación de lo homosexual en la casa del vecino pero no en la nuestra. Con una parte del colectivo LGTB aún invisibilizado, lesbianas, bisexuales y varones transexuales (de mujer a hombre).
Si  pasa algo que se salga de los márgenes establecidos para nuestra vida, se sofoca prontamente. Homofobia interiorizada.
Pero no, no en absoluto. No se me puede tachar de homófoba en el caso concreto de “Conchita Wurst”, la cantante austríaca de Eurovisión. Como tampoco se me puede tachar de retrógrada por el comentario que hice hacia las cantantes polacas del mismo festival.
En primer lugar me hizo mucha gracia ver cómo se pasó de un festival glamousoso en los primeros años (dejo a un lado cuestiones políticas, que si no, no acabo) a una especie de galería de frikis intentando llamar la atención de cualquier manera. Me hizo gracia y le está bien merecido al festival, de tan relamido que era, ha quedado como reducto kitsch . Y sé que esta opinión si que me puede traer problemillas con mi amigo.

En segundo lugar y con ánimo de transmitir esta idea, me referí a los dos conjuntos de artistas más representativos de este fenómeno. Polonia y Austria. Las unas estimulando con suaves movimientos ascendentes y descendentes una soberbia vara, y la otra con barba y un vestido de diva burbuja freixenet.
¿Me asusta la emulación de las polacas?, ¿y ver  a un hombre vestido de mujer?. No, estoy muy de vuelta de esas historias. No me voy a justificar. Me reí con un comentario y eso pudo herir alguna sensibilidad, por lo cual pedí perdón. Pero no, mi comportamiento no ha tenido como fundamento ideas sobre la sexualidad de cualquier miembro de la derecha más rancia.
Si esta mujer con barba u hombre vestido de mujer fuera por la calle, merecería mi más sincera admiración y mi profundo respeto, porque luchar contra toda la ignorancia hiriente de la sociedad es muy jodido. Pero de igual modo me sorprendería, me quedaría mirando e incluso seguro que con cara de asombro. Además necesitaría comentarlo con mis amigos.
En Eurovisión estoy segura que era parte de la campaña para ganar. A quien respeto es a todo el mundo que se ha sentido agradecido por ver en Conchita un apoyo.
¿Me convierte ello en homófoba? No. Rotundamente no. Si, lo confieso, me sorprende ver a un señor pintado como una puerta y con barba y un vestido de mujer hortera. Si, me da grima su enclenque cuerpecillo de niña. No lo puedo evitar. Veo el mundo a través de unos esquemas que no siempre he elegido, que no están bien y de los que no me siento orgullosa.
Pero señoras y señores míos, de sorprenderse, mirar  y quedarse estupefacta,  a insultar y denigrar, hay un salto muy grande que no creo que haya dado.
Lo curioso es que nadie me ha reprobado que hiciera exactamente la misma pregunta por Polonia. La misma. Nadie me ha tachado de antigua o retrógrada. Pero si de homófoba.
Hay cositas políticamente incorrectas y cositas políticamente invisibles (como todo el sexismo que destila el festival). Nadie ha dicho nada de la letra de la canción de Polonia o de lo apropiado de cantar festivamente una canción contra la violencia de género como Hungría.
Estoy casi segura de que Conchita quería sorprender, que se hablara de ella, cosa que lleva haciéndose meses y por supuesto ganar. Yo he entrado en el juego, un juego que me parece estúpido.  Pero lo acepté y esto me está merecido por entrar en estas gilipolleces horteras, por picar lo que sabía de antemano que era un anzuelo.
Hay cositas que son como el cuento de “El traje del emperador”, se ven, pero está mal decirlas. Se piensan pero no se dicen… La primera vez que vi a dos hombres besarse me impactó profundamente,  aún me asombro por el color de piel de las personas negras, sigo flipando con la perilla de esa protagonista de “The L Word”, y eso no me convierte ni en homófoba  ni en racista. Y hasta que no vea mil veces ejemplos de ese estilo seguiré flipando y mi concepción del género es muy amplia, pero percibo a través de unos esquemas, igual que todos. Y cuando la información se sale de los márgenes, nos sorprendemos. Ante algo que hemos aprendido que era gracioso, reímos.
Estoy teniendo más consideraciones de las que cabría teniendo en cuenta que probablemente sea un hombre sin ninguna gana de ir así, pero forzado por imperativos del concurso. Con el sólo propósito de llamar la atención y ganar y ha conseguido ambas cosas.
Dentro del marco de una mente abierta, sorprenderse y reír me parece natural y hasta sano, muestra de la humanidad y espontaneidad que falta nos hace a los adultos. Herir es otro cantar, y esa delgada línea roja no creo haberla cruzado.

El emperador va desnudo.

viernes, 9 de mayo de 2014

Placer


 Suena un solo de guitarra que escuchaba machaconamente cuando era niña. Seguro que mi hermano ya ni se acuerda de cuándo grabó esa canción ni de que estaba ahí. Era una cinta muy antigua que ya no escuchaba. La secuestré junto con el walkman y antes de dormir, a escondidas, la escuchaba hasta quedarme dormida con los últimos acordes.
Me gusta cuando el placer se abre paso desde el ombligo a través de la garganta pese todo.
Me gusta cuando sale el gemido abriéndose camino sin permiso, como por casualidad, como sin querer.
Imaginarlo como una perfecta bola de calor que asciende y va erizando la piel hasta la última punta de las extremidades. Cargando de electricidad.
No es el escalofrío que eriza el vello de la espalda y nos hace torcer el cuello y echarlo hacia atrás. No hablo de carne de gallina,  sino de calor. Calor por dentro, subiendo súbitamente y desplazándose a la vez hacia las piernas. El placer que nos abre la boca aunque no queramos, que nos hace perder la mirada por segundos.
Me gusta cuando es tan intenso aunque breve, que no podemos retenerlo y se transforma en ese sonido gutural y contenido que caracteriza un gemido en un sitio inapropiado.
Somos tan humanos cuando gemimos, tan humanos y tan sin dobleces… que parece que nos mostramos desde dentro en un solo sonido. Es como si ese sonido fuera una expresión clara que nuestra existencia. Un ser aquí y ahora, pura existencia sin más. Conectada al mundo, en el propio mundo.
 Me gusta porque somos reales cuando sentimos placer, no hay en ese momento recuerdo de identidades fingidas, ni máscaras ni personajes. Cuerpo que siente y reacciona.
Gente tumbada al sol, un pensamiento turbio en un sitio inapropiado, una vibración inesperada, un roce accidental, un simple estado de calma en el que vaciamos el flujo de pensamiento y dejamos sentir la circunstancia a nuestro cuerpo. Un solo de guitarra…
Gente perdida en su cuerpo fugazmente,
 Inapropiadamente.
Respiraciones desacompasadas y
El laxo abandono de la piel
Una suerte de efímera de conexión con lo inmediato.
Calor súbito que recorre la garganta hasta salir
Un sonido

Placer.

martes, 22 de abril de 2014

Primavera, Filosofía y Rock and roll

Hay veces que me gusta creer que existen en nosotros sensaciones primitivas que tienen su reflejo en expresiones simbólicas y culturales.
Quizá la sensación de euforia que sentimos al inicio de la primavera sea una energía ancestral, el alivio de haber superado el invierno. La misma energía expansiva que hay en los primeros brotes y que parece estar también en nosotros. 

De hecho, no somos inmunes a la luz solar, nuestras células no son tan diferentes a las del resto de los animales y seres vivos. Necesitamos luz para vivir, para poder llevar a cabo ciertas funciones. Hay hormonas que necesitan de la luz solar para ser secretadas, las relativas a nuestro reloj biológico (melatonina). Y las estaciones del año en cierta manera aunque puedan ser modificadas artificialmente (luz artificial, calefacción, aires acondicionados), afectan a nuestro cuerpo y a nuestros ritmos.
Ya sé, ya sé, me diréis que hay un salto enorme de las células, las necesidades metabólicas, la influencia solar y las hormonas, y lo que yo estoy diciendo. Lo sé, por eso he dicho que me gusta creer, ya que pruebas empíricas que relacionen una y otra cosa no he buscado.
En mi imaginario, esa alegría pre-primaveral es una alegría primigenia de sobrevivir a la noche. Y no dejo de pensar que las emociones que garantizan nuestra supervivencia de un modo u otro (lucha, huída, impulso sexual, hambre, placer, etc.), residen en un lugar del encéfalo que poco o nada ha cambiado, el sistema límbico, nuestro cerebro de reptil.
Peliqueiros de Laza. Entroido (Carnaval) en Ourense
Decía al principio, que a veces pienso que esas sensaciones primitivas tienen una expresión en manifestaciones culturales, en este caso lo vi claramente con el carnaval, un momento de euforia y de liberación.
Supongo que sobre esto ya corrieron libros de tinta… tendré que mirar.
A veces cuando reflexiono sobre este blog, y el hecho de que escriba sobre lo que me da la gana, pienso en esa diferencia entre la filosofía como actitud espontánea en el ser humano de la que hablaba Aristóteles y la filosofía académica y sistemática que verdaderamente goza del rigor suficiente como para poder ser llamada filosofía.
Lo que consiguió la filosofía académica en mi vida fue matar paulatinamente lo que había en mí de filósofa espontánea. Matar la curiosidad en muchos casos, el amor por la sabiduría. Recuerdo en segundo de carrera volver a emocionarme leyendo la Introducción de “La Crítica de la Razón Pura” o las primeras frases de la “Metafísica” de Aristóteles. En ellos todo era asombro,  un asombro tan grande ante la vida que necesitaron comunicarlo.
Un día sentí una profunda gratitud explicando a mis alumnos a los presocráticos. Como siempre tuve que defenderlos de las burlas de los chavales porque les hacía mucha gracia las teorías acerca de cómo el universo estaba formado por agua o aire. Pensé en cómo, sin medios de ningún tipo más que su propia razón y curiosidad, elaboraron modelos racionales acerca de la Physis, la Naturaleza. ¿Qué asombro ante el mundo les movió?, el mismo que elaboró mitos. La necesidad íntimamente humana de entender.
En cierto modo, acercarme de un modo tan poco académico a las cuestiones vitales, como lo he hecho hacia la primavera, revive esa sensación de curiosidad original que me llevó a estudiar filosofía.
Soy consciente de que cualquier tema que fuera susceptible de formar parte de una clase, tesina, tesis, charla o conferencia, tendría que documentarse rigurosamente. Pero este medio en el que verdaderamente comparto como el que se toma un café con un colega, una cosilla que se me pasó por la cabeza el otro día corriendo, me devuelve la profunda alegría de saber que “Todo ser humano tiene por naturaleza el deseo de saber”.

domingo, 13 de abril de 2014

Rosca de Jueves Santo



Hay un dulce típico de la Semana Santa en Fonsagrada, la rosca de Jueves Santo, que creo, encierra parte de la identidad de los fonsagradinos. Me intentaré explicar.
Es una especie de pan dulce, sin ningún tipo de adorno, tradicionalmente cocida en el horno de leña. Los ingredientes son muy básicos, harina, huevos, mantequilla, leche y azúcar. 
No es especialmente dulce, de hecho el sabor que predomina es el de la mantequilla. Es bastante seco al paladar. Para la gente que somos más bien del sur, es demasiado seco al principio. Pero al probar el primer bocado, después de pensar: “yo con esto haría torrijas”, quedas atrapado inexplicablemente.
Pese a la aparente sencillez del dulce, tiene un amasado muy laborioso y mucho tiempo de fermentación, una noche entera. Es una masa pegajosa por la cantidad de huevos y mantequilla. No me imagino cómo debe ser amasar grandes cantidades.
Además, a mi no me parece un dulce para nada humilde si lo pensamos en su contexto. Lleva una gran cantidad de huevos, de mantequilla, azúcar. En fin, ingredientes y tiempo que no lo hacen ser un dulce como por ejemplo las puches de mi tierra (gachas dulces a base de harina, anises y agua cuando no había leche).
Lo veo muy espléndido, generoso, de abundancia, pero muy sencillo y sin ostentaciones. Con una materia prima tan impresionante, que se pueden permitir el lujo de que hable por sí misma, sin necesidad de adornos ni nada. Hay que confiar mucho en los ingredientes que se usan para dejar que se expresen con tanta naturalidad.
De hecho la cocina de aquí me sorprende por su aparente simpleza y  su innegable contundencia. Cocina de montaña. Al principio choca, más aún cuando la cocina a la que estás acostumbrada es radicalmente opuesta. Poco a poco fui aprendiendo su esencia, cómo decirlo… fui aprendiendo a relajar el paladar y a apreciar la fuerza con la que se manifiesta.
La rosca de jueves santo es sencilla y generosa pero también fue y es expresión del trabajo que empezaba cavando. Si el pan fue el reflejo y símbolo de un modo de estar en el mundo, la rosca es una versión sublimada.
Esto me hace pensar en el pan, en su grandeza, en su importancia, y en cómo estos tiempos infames de panes infames, pretenden acabar con los últimos vestigios de una forma de vida que pelea por sobrevivir en este rincón del planeta.


lunes, 3 de marzo de 2014

Obesidad, fuerza de voluntad y benevolencia mal entendida.


                                     

Habitualmente, cuando intentamos reflexionar acerca de porqué una persona está obesa, la conclusión a la que llegamos es que se come mucho más de lo que debiera. Una cuestión simple y aritmética: se ingieren más kilocalorías de las que se consumen y por tanto, se engorda. En realidad, desde el punto de vista meramente fisiológico es así en la mayoría de los casos. Lo recalco, fisiológicamente.
Adelgazar se convertiría a su vez en una cosa bien sencilla, ingerir menos calorías y aumentar el ejercicio físico. Esto es una verdad como un campanario, admite más bien poca discusión. Pura aritmética. Hasta Descartes tuvo que inventarse un genio maligno para dudar de ella.
 Entonces, ¿por qué engordamos?,  parece que está claro, ¿no?, por falta de fuerza de voluntad, porque no somos capaces de contener el apetito, porque nos encanta comer.
Sería una cosa muy similar a lo que pensamos acerca de las personas que tienen problemas con la bebida, con las drogas, con el juego. Una cuestión de falta de voluntad. Gente a la que le puede el vicio y demasiado perezosa para ponerse manos a la obra y darle un giro algo más sano a su vida.
Algo pasa cuando se piensa que, en cierta manera, esa persona es responsable de su problema. Lo primero quizás,  es que se deja de empatizar con ella (¿alguna vez se hizo?). En segundo lugar, derivado de lo primero, se le suele hacer absolutamente culpable de cuanto le ocurra.
Sencillamente se está gordo porque se come demasiado y, se come demasiado porque, o bien no hay fuerza de voluntad o por pura vaguería. Por tanto,  como espectadores no necesitamos saber nada más. Todo cuanto le suceda a esa persona, en cierta manera (aunque no nos alegremos de ello en absoluto), le está merecido.                                                             
A su vez, esta idea sobre la culpabilidad de las personas obesas, está transida de valores morales aunque de una cosa no necesariamente se derive de otra. ¿En qué sentido?, veamos.
Percibir es tener unas sensaciones (información) que proporcionan los sentidos, sobre unos esquemas tales como experiencia, cultura o prejuicios. Cuando vemos a una mujer de mediana edad de unos 150kg y 1,70m de altura vestida con unos pantalones vaqueros y una camiseta blanca de algodón y casi sin maquillaje, no tenemos sólo una sensación visual, también nos imaginamos por ejemplo que a esa persona le encanta comer y que tiene muy poca fuerza de voluntad entre otras muchas cosas. Si fuera gitana le añadiríamos otras características, o si fuera alemana y estuviéramos en Benidorm.
Si nos paramos a pensar acerca de cómo se retrata a las personas obesas en el cine, dibujos y demás medios, casi siempre es el mismo estereotipo. Quizás una caricatura perfecta sea la del jefe de policía de los Simpson, perezosos, hedonistas, poco vitales, poco listos. Pero en realidad la única información veraz que tenemos de esa persona es la que nos proporcionan los sentidos. Necesitamos hablar e interactuar con ella para poder tener más información, para poder hacer una valoración digamos, moral.
Es posible que haya algún caso que se escape a esa norma. A todos se nos ocurren excepciones, pero son eso, excepciones. En general adjudicamos una serie de características que van más allá de lo físico como la pereza y falta de fuerza de voluntad, que nos hacen poner mucha distancia entre nosotros y la persona que tenemos delante. Esa distancia dificulta el entender a la persona en su contexto y todas las variables asociadas.
Cuando la persona nos importa y la queremos, partiendo de la base anterior, nos sentimos en la obligación de ayudar. Al considerar que es una cuestión de fuerza de voluntad, decidimos que el mejor espoleo es el que venga del miedo o de la humillación de mostrar frente a un espejo verbal. Es decir, le mostramos lo mal que está o las enfermedades que puede llegar a tener para que así reaccione, para que se quite de encima ese velo de ignorancia y de pereza que le impide actuar.
Pensamos, a modo del intelectualismo moral socrático,  que cuando sea verdaderamente consciente de todos los males que tiene, la fuerza de voluntad vendrá por sí sola. Cuando se mire en el espejo y la realidad hable sola, lo único que quedará es la acción.
Este tipo de “ayudas” son en muchos casos intromisiones muy graves a la intimidad y agresiones directas hacia su dignidad. Decir a una persona lo que puede comer y lo que no, o recordarle lo mal que le quedan unos pantalones, son las versiones más suaves de un vía crucis que a diario tiene que soportar una persona gorda.
Y hay algo muy sencillo, un hecho claro y distinto: si la humillación y el miedo fueran herramientas útiles para adelgazar, no habría un solo gordo en el mundo. Hemos pasado por todo tipo de comentarios, charlas, broncas y amenazas en diferentes intensidades. Pero el mundo sigue albergando gordos. Es un hecho.
Ese tipo de ayudas hacen mucho, pero que mucho daño. Y tienen consecuencias como por ejemplo comer a escondidas, ansiedad, vergüenza y una larga lista de barbaridades que quizá mucha gente no crea.
¿Nos replanteamos la estrategia?
Un gordo se levanta, se acuesta y se mueve con sus kilos. Es consciente de que lo está, cada minuto de su día. Si le duele la espalda, si le cuesta respirar, si le duelen las rodillas, si tiene problemas en los pies, si le cuesta encontrar ropa o pareja, si tiene problemas al entrar en un autobús, en el teatro, en un avión. Es consciente de sus problemas de corazón, hipertensión, y una larga lista de enfermedades que puede tener derivadas del sobrepeso. Es consciente, os lo prometo, consciente a cada paso, a cada bocado.
“Entonces si lo sabe “, diréis, “¿por qué no adelgaza?, “muy buena pregunta”, digo. Mientras no sepamos la respuesta, mejor guardar silencio y pensar sobre ello, porque las amenazas no ayudan, agravan el problema.
Nadie quiere sufrir, nadie quiere dolor, nadie, incluidas las personas obesas, quieren estar enfermas.  Si alguien sufre por su obesidad, seguro que no lo quiere. Y si es la obesidad la causa de sus problemas de salud, lo más probable es que haya intentado adelgazar muchas veces en su vida. Del dolor se huye, eso es un hecho, ¿Es la obesidad una excepción a la norma? No lo creo.
La obesidad encierra un componente educacional, emocional y social muy importante. Si no se entienden profundamente todos los componentes y factores, difícilmente se podrá actuar.  De hecho, a un asunto multicausal no se le puede aplicar una solución que provenga de modo unilateral.  Sería injusto pensar que si hay múltiples variables en un hecho, modificar una única cosa propiciaría un cambio estable.
Ojalá fuera una cuestión de fuerza de voluntad exclusivamente. Pero también son hábitos, es educación, son emociones relacionadas con la comida y aprendidas en el seno familiar, es el modo en que digerimos el mundo, la manera en que aprendemos a no rompernos y resistir, a encontrar un gramo de placer, es publicidad, es rebeldía, es autodeterminación, es búsqueda de la identidad, es un cuerpo que queremos olvidar o castigar o premiar… Y una fuerza de voluntad que se manifiesta incapaz, la punta de un iceberg al que pocas personas le conocen el fondo.
Nadie quiere sufrir, si se sufre es que se desconoce el modo para dejar de hacerlo. Y meter el dedo en la llaga no cura la herida, hace que duela más. Quizá sí buscáramos  las causas en vez de pensar que ya tenemos las respuestas…
AVISO. Me es imprescindible hacer aquí una aclaración. Mi punto de partida intelectual, profesional y vital es la salud. Creo que el enfoque hacia la obesidad es erróneo, parcial y cruel además de poco eficaz. A las cifras me remito, según la OMS hay unos 250 millones de personas obesas y se calcula que el número ascienda a 300 para el 2025. Una cifra que se ha ido incrementando con el paso de los años.
No se trata de no hacer nada,  ni de eximir de responsabilidad a la persona acerca de su estado, sino de hacer las cosas de otro modo y buscar una solución que pase por encontrar y remediar todas las dimensiones causales que intervienen.

martes, 25 de febrero de 2014

Azul

Azul desde la ventana.
El interior simula verano.
Dentro blanco y amarillo.
Cálido.
Pero desde la ventana el mar y el cielo, las montañas, despiden al día con un azul violeta propio de una película de Kiesloswski. El mundo ahí fuera es azul.
Azul efímero, azul como proemio de la noche. Un preludio vaporoso y gélido con el que la tarde viste a las horas por llegar.
Lo miro y, en cierta manera, ese azul por contraste casi me asusta. Es tan intenso aún el recuerdo de la película y tan cercano su parecido cromático, que es como volver hacia atrás en un solo parpadeo.
Me acerco al color con cautela, el tono es intenso y mis recuerdos también lo son…

El violeta va estampando estelas sobre el cielo invernal, se va la intensidad poco a poco pero azul permanece en mi retina.

jueves, 20 de febrero de 2014

Trío de cuerda

“Nada de lo humano me es ajeno”. Ojalá lo fuera.
Si me fuera ajeno el dolor, el padecimiento o el brillo intenso de la lucha. Las miradas…
Pero estamos aquí, decía el poeta, y estar es comunicar.
Hay veces, que ciertas obras maestras del cine, pintura, música o literatura no nos son ajenas. Muy al contrario parecen ser reflejo y luz de ciertas zonas oscuras de nuestra anatomía emocional e incluso física.
Hay obras que se me asemejan a la melodía en un trío de cuerda, donde el bajo continuo lo tocan el fondo propio de nuestras miserias y la melodía principal la lleva el violín, la obra frente a nosotros.
De tal modo que, todos interpretan una melodía a la que ya no podemos ignorar. El violín nos atrapa, ya éramos suyos antes, éramos las notas largas y continuas sobre las que ahora acopla su discurso. Suena tanto, tan propio y tan bello, que comunicación autor y espectador es completa.
Cuando pienso en cómo describirlo se me vienen a la cabeza términos fisiológicos. Un nervio fuerte que conectase a ambos y moviera la sensibilidad al son de los compases. Llega a ser algo físico.
¿Qué tienen en común las obras maestras? Me siento obligada a decir que está lejos de mi intención hacer disquisiciones sobre la estética, nunca fui más allá del asombro ante la pregunta. Reconozco que es una inquietud personal y por tanto su respuesta será subjetiva y sin pretensión de universalidad.
Veo en todas las obras maestras, un contacto tan real entre el ser humano que lo recibe y el que lo crea, que por instantes no hay distancia entre ambos. Así, la obra es un espejo en el que, sin ser directamente nosotros, sí que somos capaces de vernos con total claridad.
Sin miedo a caer, podemos sentir lástima o rabia de ese otro yo en la pantalla, porque no somos nosotros. Amar a ese otro yo, es más sencillo que amar los defectos propios. Ver con nitidez el guión de nuestra vida entrelazado y ordenadas las causas y sus efectos.

Miradas a diario que son complicadas de sostener. Historias que hieren tanto. Delitos y Faltas de otros que sabemos explicar, que podemos explicar. Todo ello configura la red sutil y empática de una dialéctica no verbal tan perfecta, que llegamos a saber con certeza que nada de lo humano nos es ajeno.

miércoles, 5 de febrero de 2014

"Canto al cuerpo..."

El otro día leyendo un libro, me llamaba la atención la enumeración que hacía de características ligadas al estereotipo del género masculino. Entre ellas estaban la actividad física, la salud, la fortaleza o el deporte.
Realmente no es nada nuevo, el deporte, el contacto con el cuerpo, su uso y disfrute, ha estado ligado a la esfera masculina. La fuerza, la salud y el vigor siempre se han escrito en masculino.
Nosotras en cambio, parece que nos hemos relacionado con nuestro cuerpo desde el dolor. El dolor de la menstruación, el dolor de parir, el dolor del sexo por primera vez, el dolor de ver que el cuerpo nunca se ajusta a los cánones sociales sean cuales sean. Dolor, odio y resentimiento hacia el vehículo que nos planta en la vida y nos otorga la gracia infinita de disfrutarla.
Me resulta curioso un estar-no-vital-en-el-mundo, parece un contrasentido vivir rechazando la propia vida, huyendo de ella. Pienso en Nietzsche.
Es por medio del cuerpo que nos llegan las sensaciones, por el cuerpo y a través de él, conocemos el mundo. Así, de pequeños nos lo comemos, de mayores lo vivimos y de viejitos, gracias a él filosofamos.
Materia y forma unidas al modo aristotélico han un sido privilegio exclusivo de varones. Y las mujeres reducidas al mundo de las ideas sui generis al que nos recluyó Platón y la Iglesia Católica, quizá nos hayamos visto forzadas a cultivar el alma y los sentimientos que se suponía, eran propios de nuestro sexo. Desgajando así, una parte de lo que somos y mutilando un ser que ha vagado amputado durante siglos.
Los Pitagóricos, Platón, el Cristianismo, el Racionalismo mecanicista y una larga lista de pensadores que extirparon al cuerpo de sus sistemas. En otro plano, la publicidad, los medios, el mercado que viven de enemistarnos con él. Soma sema, cuerpo cárcel. El enemigo a derrocar, “combate la celulitis”, “elimina las patas de gallo”, “acaba por siempre con el acné”, “fuera ese michelín”. No parece nuestra propia vida, sino una secuencia de Rambo… “Dios mío, esto es un infierno”.
Me asombro ante la fuerza de esas mujeres sin nombre en la historia que practicaron deporte en un mundo de hombres. De esa mujer que decidió correr un maratón cuando era algo sólo para hombres, Kathrine Switzer.  La de esas mujeres, cargadas de prejuicios que se deciden a mover un cuerpo que hasta el momento sólo les ha traído disgustos. Que un día tonto se miran al espejo y les gusta su tripa redondeada y el color de sus pezones que amamantan. ¿Qué fuerza poderosa hizo que corrieran más rápido que sus prejuicios y levaran el ancla?
Romper la maldición y la cuerda que nos ata al pasado y al presente más rancio y lanzarse al mundo a reencontrarse con lo que andaba disperso e ignoto, es la sorpresa encontrar que, nuestra media naranja es el propio cuerpo abandonado por el camino.
Sorpresa cuando la sensación es de afecto y de gratitud al descubrir un consejero y fuente inagotable de placer y de alertas veraces. Un amigo paciente ante los caprichos de una mente muchas veces confundida, sobreviviendo a los castigos que le inflige. Un luchador que tira hacia delante cuando parece que no quedan fuerzas. Una fuente inagotable de superación, de placer.
Sorpresa, soy un cuerpo que piensa, que corre y que ama.
Salir del odio al que nos obliga la historia y el mercado y mirarnos frente al espejo. Querer al cuerpo que somos. Vivir el cuerpo que somos. Decir si. Celebrarnos.
Ser cuerpo es hacer la revolución y empezarla en casa.

Señoras,  hagamos nuestra la proclama de Walt Whitman y cantemos al “cuerpo eléctrico”.