Aquella famosa frase del "Walden" de Thoreau, se incrustó en mi cerebro y se grabó a fuego en mis ensoñaciones, que desde ese momento vieron con claridad el mapa de sus deseos.
Ir a los bosques, ser libre, vivir en la naturaleza, lejos, en soledad, en el silencio absoluto, que nos lleva de nuevo al vacío de nuestro refugio uterino.
La idea perseveró en mi como una rueda machacona que vuelve una y otra vez sobre su eje. Una y otra vez, una y otra vez.
No podía apartarme, no podía evadirme de ese pensamiento, necesitaba salir de la gran ciudad, insertarme en el verde, plantarme y quizá florecer, no ver más que montañas, senderos y brumas.
Mis escritos fueron tan reiterativos durante tantos años, que aún hoy no soy capaz de leerlos por vergüenza ajena. Me asusta ver lo bucólico de todo eso. Tan bucólico como lo que estoy escribiendo ahora.
De hecho no sé porque me avergüenza ese ímpetu ensoñativo de los deciséis, la verdad.

Me fui a los bosques porque quería el silencio, necesitaba aire para respirar después de nacer y crecer en asfalto. Me fui sin pensar, sin saber. Con todas las ilusiones, inesperadamente. Me fui sin saber porqué, pero me fui.
Y aquí estoy seis años más tarde... en los bosques