Con dudas de que lo sean, ahí van.
1. Continuaba a la espera, pero ella era incapaz de olvidar las tardes en las que se les echaba la noche encima.
2. Ninguno, de los 134 "me gusta", era el suyo. No le volvería a regalar flores.
3. Oía sus pasos por detrás mientras la veía alejarse.
4. Desde la profundidad de su cueva narcótica cogió impulso para devorar al último cachorro de piel tersa.
Al hilo de las ensoñaciones...
sábado, 7 de marzo de 2015
domingo, 1 de marzo de 2015
Escrito en la piel
Lamentos horadando
las horas venideras
Juntas en la fractura del tiempo
Las pude ver insomnes,
huyendo.
Una se anidaba en su vientre queriendo nacer
La otra buscaba su corona.
Voy tejiendo un lienzo extraño.
De estas mil caras, ninguna reconozco como propia
Pero ahí están,
En los surcos llenos de historia
En la piel.
martes, 24 de febrero de 2015
Lonely runner
(Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Esta historia no está basada en hechos reales(?)
Aquella noche el gato no había pasado aún. Pese a que era un
ser libre, guardaba unos férreos hábitos en cuanto a qué sitio del sol o de la
sombra ponerse. Por las noches pasaba al huerto de enfrente a visitar a la gata
de mi vecina.
Esa noche aún no lo había visto. Una que también era de
hábitos regulares, ya saludaba al gato como parte del ritual. Siempre me quedaba un rato mirando las luces del pueblo vecino
reflejadas al otro lado de la ría, mientras me ataba las zapatillas para salir
a correr. Horarios kantianos.
En esa realidad inmóvil se sucedían mis días y mis noches,
en una especie de calma chicha que a veces me hacía contener la respiración
deseando que algo extraordinario sucediese. La vida no me solía sorprender, a
veces pensaba que era mejor así, porque el devenir de las cosas tenía un extraño
sentido del humor, como decía Sonia.
Dejaba pasar mansamente el tiempo entre platos de verduras y
largas carreras con climatología variada. No obstante, el germen de la
curiosidad y de la vida había prendido en tierra fértil hacía muchos años. La
estabilidad de las aguas y el abono de las noches en silencio, no hacían sino
alimentar la semilla. Y crecía. La tranquilidad me estaba empezando a crispar.
Habitualmente corría tarde, salía de trabajar a las diez de
la noche, comía una pieza de fruta al llegar a casa y me iba a correr una hora.
Era la mejor manera de quitarme esa asquerosa sensación de fritanga acumulada
todo el día. El hastío de aguantar gente y tapas baratas iban quedando atrás
a medida que me ardían las piernas y la respiración se acompasaba al ritmo de
la carrera. Disfrutaba tanto esa hora del día, que solía ser una motivación
para aguantar la insufrible hora de nueve a diez, donde bajaban al bar las
almas en pena que no soportaban la soledad o la falta de comunicación en sus
casas.
Apuré el momento un poco más para ver si veía al gato, pero
en vista de que no aparecía me hice una coleta y un último vistazo en el espejo,
que devolvió la imagen de una mujer joven muy cansada y muy harta.
Programé el gps, la playlist de estreno de la semana (otro
aliciente para aguantar en el bar) y comencé a trotar suavemente. El ambiente
era la mar de extraño, no era sólo que no apareciera el gato, el pueblo, que en
invierno gozaba más bien de poca vida, parecía más desierto aún.
Crucé la esquina hacia el restaurante de Manolo. Normalmente
cerraba una hora antes que nosotros, pero quedaba un rato fumando a solas y
viendo revistas porno con un “veterano” antes de subir a casa con su mujer. Me
solía decir, “Ay Aniña, estos placeres de vello verde sonche a salsa da vida”.
Manolo ya había subido y no se veía la luz de la tele de Tere.
Continué por la avenida principal, siempre me encontraba a
Doña Maruja con el perro apestoso. Nada. Lo más seguro es que hubiera esperado
a los anuncios, esa noche ponían “Velvet”.
El silencio era tan apabullante que me empecé a sentir muy
incómoda. Ni una sola alma en pena en toda la calle. Había algo inquietante en
el pueblo y no acertaba a decir qué era. Seguí corriendo, aligerando el ritmo,
pasé por delante del “Tapas”, el Eroski… ¡Dios! No había luz en niguna casa.
¿Cómo era posible?. Decidí bajar y desandar lo andado, quería comprobar si Mario,
tenía la luz encendida. El insomnio de Mario era provervial, conocido fuera de las
fronteras del pueblo, lo habían sacado incluso en la tele. La increíble historia
del hombre que dormía dos horas al día. Para mi sorpresa, tenía la luz apagada.
Era imposible, absolutamente imposible.
Volví hacia el Eroski para subir a la parte alta del pueblo porque
siempre había bares que cerraban más tarde que nosotros y más gente, más casas.
La maldita quietud me estaba desquiciando. ¿Era posible que fuera la única
habitante de todo el pueblo? Nadie, no había nadie. Ni un bar abierto, ni una
luz en ninguna ventana. ¿Era todo una broma macabra? ¿Es que no había ni gatos?.
La carrera se convirtió en un sprint desesperado por todo
el pueblo buscando alguna señal de vida. No pasaban coches por la carretera.
¿Qué estaba sucediendo? ¿Iba a haber una catástrofe nuclear y yo no me había
enterado? Estaría bien el asunto, quedarían mis cenizas calcinadas en un montón
miserable mientras el resto estarían a salvo en sus refugios.
Corrí hacia el otro extremo del pueblo, que hacía una forma
de “T”. Tampoco había ni coches ni luces.
¿Habrían desalojado el pueblo ante un inminente tsunami?
Necesitaba una respuesta.
Al cansancio de la carrera desesperada se le sumaba la
angustiosa sensación de ser la única superviviente sobre el planeta tierra. No
oí el tren.
Para, para, aquí está pasando algo muy chungo. ¿Me estaría
volviendo loca? ¿Habría desconectado definitivamente de la realidad y vivía en
la eterna noche de los que ven con otros ojos? ¿Habría habido un asesinato
masivo? ¿Cuestión de extraterrestres? Mi cabeza comenzaba a pensar a toda
pastilla.
Me dirigí a la parte
baja del pueblo, en la playa grande siempre había algún paseante con perro. Quizá
ya hubiera salido Doña Maruja con el apestoso. A esas alturas, ya había
empezado a asimilar que no había nadie. Ya estaba posicoionada en el
modo guerra, supervivencia. Decidido, bajaría hasta la playa grande y de ahí
subiría al pueblo de al lado.
Nadie, la playa estaba desierta, no había coches, ni
aparcados ni pasaban. Corrí cinco kilómetros más hasta el pueblo de al lado.
Nadie.
No sabía que había sucedido, pero era posible que se hubiera
extendido... Tenía que pensar, tranquilizarme.
Un grito salió desde lo más profundo de mi desesperación.
Nadie contestó, ni los perros, nadie.
Volví al edificio con una angustia desconocida, era un miedo
primitivo, ¿Y si fuera la única persona de la tierra? ¿Y si hubiera
desaparecido todo el mundo?
Saqué las llaves de casa, con un nudo en la garganta y el
corazón latiéndome a mil por hora cuando de pronto algo suave me acarició las
piernas.
Un ronroneo.
Miau.
viernes, 20 de febrero de 2015
Bocadillo, libro y manta.
Pura promesa y libertad de todo lo que está por acontecer, el ahora más radical.
Años que no pasan y guardan un fragmento de verde y luz en un rincón cálido de la memoria.
Está almacenado en el cuerpo y permanece intacto porque hace siglos que nos olvidamos de él. Quizá por eso resistió al desaliento y la amargura no penetró en su esencia. Reside como ese pequeño grano de arena aguardando a que en algún momento construyamos un castillo.
Indago en ese trozo de luz de cuando éramos pequeños.
Como si la Emperatriz Infantil nos lo hubiera regalado a todos bajo la súplica de construir de nuevo Fantasía, lo posamos fervientemente con los libros de aventuras y la goma de saltar, para empezar a crecer.
Hasta hoy. Hoy ha sido nítido, un recuerdo que ha desbordado las alertas de adulta superada. Esa cálida sensación se ha alojado el tiempo suficiente como para excavar en la memoria. Sólo estaba dormida.
La alegría infantil de la tarde del viernes. Diáfana.
El bocadillo, el libro y la manta.
Años que no pasan y guardan un fragmento de verde y luz en un rincón cálido de la memoria.
Está almacenado en el cuerpo y permanece intacto porque hace siglos que nos olvidamos de él. Quizá por eso resistió al desaliento y la amargura no penetró en su esencia. Reside como ese pequeño grano de arena aguardando a que en algún momento construyamos un castillo.
Indago en ese trozo de luz de cuando éramos pequeños.
Como si la Emperatriz Infantil nos lo hubiera regalado a todos bajo la súplica de construir de nuevo Fantasía, lo posamos fervientemente con los libros de aventuras y la goma de saltar, para empezar a crecer.
Hasta hoy. Hoy ha sido nítido, un recuerdo que ha desbordado las alertas de adulta superada. Esa cálida sensación se ha alojado el tiempo suficiente como para excavar en la memoria. Sólo estaba dormida.
La alegría infantil de la tarde del viernes. Diáfana.
El bocadillo, el libro y la manta.
jueves, 12 de febrero de 2015
Aquello a lo que no teme el gato
Elegante, ágil, grácil, fiero, valiente, hedonista. Una
criatura que sabe obtener placer de todo cuanto hay en su entorno, un tejado al
sol, en el mejor sito del sofá, en un pajar escondido y cálido, a la sombra de
una parra en verano, a los pies de la cama, sobre el cuello de su alimentadora.
Come lo que quiere y cuando quiere. Genios del chantaje emocional que nos controlan y lo sabemos.
![]() |
| Inquilina |
Gatos, esos seres sin término medio, excesivos y
voluptuosos.
Evalúan el peligro de manera bastante acertada, pelean o
huyen, pero huyen enseñando los dientes. No se someten, como mucho te adoptarán
como parte de su territorio, nunca por debajo. Puede que te hagan creer que
mandas tú, pero sólo cuando necesitan que tu ego se sienta agradecido para
conseguir algo para ellos.
Si saben que tú eres su alimentadora en la vida, que siempre
que quieren tendrán una caricia garantizada o la puerta libre, serán animales
felices y despreocupados.
A diferencia de un niño pequeño, los gatos aprenden mucho
más rápidamente qué persona les va a proporcionar comida, refugio y amor. Es
cuestión de vida o muerte para ellos. Las señales no son equívocas, o me cuidas
o no, y en tal caso nada me une a ti, puedo buscarme la vida.
Un niño en cambio, es un ser mucho más dependiente y durante
más tiempo. De que reciba atención cuando lo precisa, puede depender su propia
supervivencia.
Esta debilidad estructural es en lo que se basa nuestra
sociabilidad y en cierta medida es nuestro talón de Aquiles. Quedamos a
expensas de la pericia como padres de nuestros progenitores, y bajo el
imperativo de sobrevivir, se irá modelando el carácter.
En cierto sentido, la infancia a veces se convierte en el
largo trayecto de la domesticación y la sumisión. Por nuestro bien, claro está,
pero sometimiento a fin de cuentas. Hay
un aprendizaje que atormenta a madres y niños, la comida. Una forma primitiva
de relación, quizá la más básica que comienza con el amamantamiento y que se
prolongará en algunos casos hasta el resto de la vida. Madres proveedoras.
La educación, salvando honrosas excepciones, acaba siendo una perversa forma de dominación. Aprendemos cuándo hay que tener hambre, qué comer y cuánto comer. Un hecho que podréis pensar que estoy sacando de quicio, pero no respetar[1] ciertas alertas como el hambre o el asco profundo a un alimento y obligar, es dominar no educar.
![]() |
| Turing y Hobbes |
Ignorando
sistemáticamente nuestras propias (y eficientes) alertas fisiológicas, las
sensaciones corporales más básicas acaban siendo algo a lo que ignorar y una
herramienta “inútil”.
La domesticación pasa por saber cuánta agua beber aunque no
se tenga sed, cuándo hay que dormir aunque no se tenga sueño, cuándo ser
fuertes aunque lo que queramos sea llorar y salir corriendo. Aprender a callar
para no molestar, a decir si aunque queramos decir no, a taparnos porque el
desnudo es feo, a no tocarnos porque eso no se hace, a tener vergüenza del
cuerpo, a follar según los paradigmas dominantes y a decir “hacer el amor” en
vez de follar; a tener miedo, porque el
miedo se aprende y si no, que se lo digan al pequeño Alberto.
Como todos estudiamos alguna vez, hay un tipo de aprendizaje
que se basa en recompensar las conductas, de tal manera que tenderán a
repetirse aquellas que van seguidas de un refuerzo positivo o evitadas las que
van seguidas de uno negativo. También os sonará lo de “la letra con sangre
entra”. “Vurro”, capón “vurro” capón, “Vurro”, capón. A la tercera, “Burro”. O “Te
lo comes todo”, beso, “te lo comes todo”, beso, “te lo comes todo”, beso. A la
tercera: revientas, pero te lo comes todo.[2]
El gato quiere comida, sabe hasta dónde comer y es libre de
hacerlo, si es que le dan comida. Sabe que no le van a querer más o menos por
lo que ingiera, y de ser así, probablemente le diera igual. Nuestro amor no es
básico para su supervivencia, sólo nuestra comida.
Pero… ¡Ay amigo!, un niño eso no lo tiene tan claro, el amor
de sus padres, durante un tiempo va a ser crucial para que sobreviva o no. Es
un ser dependiente, frágil y va a perseverar en la existencia sea como sea, y
si es mediante la sumisión, amén.
Pasa la vida y aprendemos,
a fin de cuentas, a ser adultos e ir olvidando cuanto de gato pueda haber en
nosotros. Saber porqué no tiene miedo el
gato puede ser un punto de partida, ese o encontrar un buen motivo, un buen
lugar, una buena compañía, una buena comida y ronronear…
[1] Por
favor, no desearía que pensarais que estoy incitando o defendiendo que un niño
coma lo que quiera, ya sea una cocacola a las 10 de la mañana o desayunar
pizza. Sino el respeto a sus sensaciones de hambre y saciedad con amor, afecto,
cuidado y dentro de una educación acerca de comer de un modo saludable
adaptándose a gustos y motivando a probar nuevos sabores.
[2] Es
simple lo sé, pero esto daría para un libro y hay que acotar. Un día si quieres
lo hablamos tomando un café.
jueves, 5 de febrero de 2015
Voces residuales. "Qué hace una chica como tú en sitio como este"
Un hecho simple te saca de bucle. Notas una sensación de
cierto escozor y calor en la garganta y en los pulmones, es como si abrasara un
poco, pero da igual; te cae el sudor por la frente y el cuello, cae en los
ojos, te notas arder, pero lo ignoras y sigues corriendo. Ese es el hecho.
Así que de pronto, sin más, caes en la cuenta de que pese a
esa sensación en los pulmones, sigues corriendo, y automáticamente la voz
residual se debilita, tus pisadas y la firme determinación de tu respiración
suenan por encima de los poltergeist que te chillan que pares.
Sigues corriendo,
puedes correr. La alegría inunda la frente, como el sudor. Te gusta correr,
corres. Y una sensación aérea y efímera se instala en la nuca y su electricidad
se expande por tus extremidades durante un tiempo brevísimo.
Las personas con sobrepeso, hemos desarrollado estrategias
en el pasado que nos han ayudado enormemente a sobrevivir en un mundo donde,
estar obeso está castigado con la humillación en todas sus formas ( y son
muchas).
Aprendes a hacerte fuerte, a defender tu identidad, esa
donde te han/has ido colocando. Si está asimilado que eres gordo, te defiendes
como gordo, con orgullo siempre que sea posible.
Aprendes qué tipo de miradas pueden ir seguidas de un
insulto o un bienintencionado “tienes que adelgazar”.
Llegas a asimilar que lo tuyo es más la literatura que el
fútbol, y más el cine que la montaña. Digamos que la imagen corporal va
acompañada de otros rasgos identitarios, y por asimilación los haces tuyos.
Hay que tener en cuenta, que no se disfruta del deporte
cuando sufres, que nadie quiere en su equipo a alguien si no es rápido, y mucho
menos para jugar a un rescate. Poco a poco creo que se va cambiando en ese
aspecto, pero es comprensible que alguien con sobrepeso rechace el deporte tal
y como se ha venido entendiendo hasta ahora.
Entonces, un buen día, poseída por el demonio y en plan niña
del exorcista, te calzas las zapatillas y decides salir de tu zona de confort.
Dejando una identidad y un buen puñado de prejuicios atrás. A ver qué pasa…
Vaya por delante que ya está asimilado de antemano que no
vas a ser la más rápida, ni la más elegante, ni la mejor vestida. Que no
compites con nadie, y que te la soplan todas las miradas. Sabes a lo que vas, a
correr porque sí y punto.
Pero cuando estas a punto de entrar en combustión
espontánea, una voz residual te dice con muy malas maneras que pares. Que ese
no es tu sitio, que leas a Simon de Beauvoir frente a una taza de café de Veracruz
y un cigarro de liar. Esa voz, fue operativa bastantes años, era funcional,
pero ya no. Es un eco reminiscente del pasado que pretende preservar tu
identidad.
De vez en cuando, cuando salgo a correr, Burning canta en estéreo dentro de mi
cabeza esa de: “qué hace una chica como
tú en un sitio como este. Los años te delatan nena, ¡ja! Qué has venido a
buscar…”. Su mueca burlona de tío duro pegada a mi cara… La sensación y la
vergüenza de ser la última y la más lenta, es algo que suele acompañar a una por
muchos años que pasen.
Te adelanta un flaquito una mañana de domingo, esas piernas bronceadas, ese cuerpo fibroso y aéreo, mientras tú y lo que percibes como “tu enorme culo”, vais a un ritmo trotador de la pradera. ¡Qué sensación señores, qué sensación!, por un segundo piensas “bueno y hasta aquí mi historia, me voy a pasar la aspiradora, que es domingo”, durante un par de minutos crees que se acaba el sueño, te despiertas y en realidad nunca has corrido más de un minuto seguido.
Te adelanta un flaquito una mañana de domingo, esas piernas bronceadas, ese cuerpo fibroso y aéreo, mientras tú y lo que percibes como “tu enorme culo”, vais a un ritmo trotador de la pradera. ¡Qué sensación señores, qué sensación!, por un segundo piensas “bueno y hasta aquí mi historia, me voy a pasar la aspiradora, que es domingo”, durante un par de minutos crees que se acaba el sueño, te despiertas y en realidad nunca has corrido más de un minuto seguido.
Pero de nuevo el hecho, como una sonrisa implacable, como
una epifanía, amordaza a Burning y a los poltergeist que le hacen los coros. Respondes, como en esa poesía de Walt Whitman,
“que estás aquí”, que es domingo, que el mar está precioso y que me siento de
puta madre y eso, ¡Ja!, eso, es lo que he venido a buscar.
Voces residuales que se colocan cual mosca cojonera detrás
de la oreja, instándonos a parar. Prejuicios como losas que se apartan a fuerza
de pulmón. Pero hay algo simple en correr, es algo elemental y primitivo, como
rascarse un grano, sacarse pelotillas de los dedos de los pies, mirar la luna o coger conchas marinas. Un hecho de pura
presencia, acción. Aquí y ahora, y ante el aquí y el ahora, las voces
residuales tienden a quedar amortiguadas con el sonido de las pisadas.
Chúpate esa Burning.
viernes, 30 de enero de 2015
La vaca es de donde ríe
El otro día mientras conducía me asaltó, lo que más tarde me
di cuenta, era la confluencia de varias noticias.
El germen de la reflexión comenzó con la pregunta sobre el
humor. Más tarde contaré cómo llegué ahí. Realmente nunca me había parado a
pensar qué es el humor, el porqué algo nos provoca la risa. Qué ingredientes ha
de tener algo para que resulte cómico.
Tirando del hilo, empecé a hacer una enumeración de las
cualidades que, desde mi punto de vista tiene un buen humorista. Sabiendo que no
cualquier persona sabe hacer reír y sin pensarlo mucho concluí que es la
expresión de una compleja suma de habilidades intelectuales y emocionales.
![]() |
| Un libro del que es imposible disfrutar sin saber inglés |
¿Qué nos hace gracia? que aquello de lo que se habla sea
conocido y vivido por la persona que escucha, esto implica necesariamente que
el humorista conozca profundamente la realidad social, política y económica. Hay bromas en los Simpson que históricamente
nadie ha cogido en España, porque la realidad de la que hablan nos es ajena.
También hay bromas universales, esas que se refieren a lo humano, esto es,
nuestras miserias en común.
Los dobles sentidos, juegos de palabra, la ironía, ¿Os
fijáis en lo complicado que es hacer un juego de palabras ingenioso y gracioso?
¿Lo complicado de ser irónico sin herir o parecer amargo?
Hay una parte en el humor que creo, requiere de cierta
inteligencia emocional. Por un lado implica haber vivido aquello de lo que se
habla, o al menos haber sido capaz de ponerse en situación. De nada sirve
hablar de algo que no nos llama la atención, que no hemos sufrido o sentido
previamente.
Por otro lado, hacer humor requiere interpretar la situación
para que resulte creíble y ser especialmente sensible al oyente o interlocutor,
ser capaz de detectar cómo está recibiendo el mensaje, y poder interactuar.
Realmente todo ello no explica lo que es el humor, que
parece que destila como una epifanía de la suma de todas esas habilidades. El
concepto del humor se me escapaba. Estaba en un callejón sin salida, así que
seguí pensando.
Si no sé lo que es el humor, al menos, ¿Qué nos hace gracia?
Mirando hacia dentro, creo que nos hace reír aquello que habla de nosotros y
que en cierto modo nos identifica.
Nos reímos cuando entendemos el significado de las palabras,
de los juegos, de la realidad que distorsiona, cuando nos vemos claramente
reflejados y cuando consideramos nuestro el mundo del que habla.
Incluso cuando es cruel el humor y se ríe de otra persona,
sigue siendo alguien que forma parte del mundo en que vivimos y que nos afecta.
No leí nunca la revista Charlie Hebdo, de hecho, no conocía
de su existencia. Las caricaturas que vi no me hicieron ninguna gracia. Supongo
que en Francia tendrán sentido. Pero pensé en que muy poco se ha analizado el
gran fracaso del sistema y el mundo en el que vivimos y vivían esos dos chicos que mataron a los
dibujantes. No sólo no se sentían parte de ese mundo, sino que lo odiaron tanto
que fueron capaces de asesinar. ¿Qué está sucediendo?
En la secuencia de pensamiento, enlacé en este punto con una
noticia que decía que habían resuelto darle la nacionalidad a una persona que
llevaba años viviendo en España, después de haberle hecho un examen con
preguntas que pocos españoles sabrían responder. Le habían denegado la
nacionalidad, recurrió y a los cuatro años los tribunales decidieron que ese
examen no era válido y le concedieron la nacionalidad.
La pregunta por la identidad me ha asediado toda la vida,
quienes somos, como nos hacemos, es todo real o una máscara, de dónde soy en
realidad… El tema de la nacionalidad, nación y patria, realmente supera con
creces mi capacidad de raciocinio. Me parece un tema tan complejo con tantas
variables, factores e historia, que no soy capaz siquiera de hacerme una
composición de esas cuestiones. ¿Qué es la nacionalidad? ¿Cómo alguien puede
resolver el tema de darle la nacionalidad a alguien?, ¿Cuál es el criterio? ¿De
dónde somos de donde vivimos, de donde hemos nacido, de la cultura en la que
nos criamos?, ¿Somos todos estadounidenses de distintos colores? ¿En qué se
basa un funcionario para decirle a una persona inmigrante que lleva años
viviendo en otro país, que ya es de ahí?
De pronto como una aparición de la Virgen del Buen Camino,
lo vi claro, el humor, las bromas, los chistes, los monólogos. Ahí estaba la
clave, disfrazada de Carlos Blanco y Luis Davila. Los test para obtener la
nacionalidad deberían ser monólogos humorísticos. Nadie que no esté bien
integrado, cómodo y sea conocedor de una cultura es capaz de reírse con las
bromas que nacen de ella.
Seguí soñando… sería tan bonito tener que salir de un examen
llorando de la risa por una vez…
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