Al hilo de las ensoñaciones...

domingo, 5 de junio de 2016

Hola de nuevo, Adiós

Es más sencillo ser consciente del paso del tiempo cuando se cambia de tierra. Llega la despedida y la inevitable vista atrás. El repaso de las caras, los nombres, las expresiones y los cielos de este nuevo hogar temporal.
Las Bardenas

Y así, y dejando el rastro del fuego del hogar que pronto barrerá el nuevo otoño, los minutos van cerrando la melodía principal en una silenciosa cadencia.
Me entretengo en las luces, pensando que ellas podrán hacerme entender el sentido de todo esto. Voy mirando sombras buscando en el contraste un rastro del significado de la distancia. Pero nada lo tiene, lo único real es el momento, los momentos, el aquí, el “en este momento”.
En un collar de horas voy engarzando los recuerdos de este año para que no se me escape la vida. Siempre elegimos tareas prometeicas, la vida no son las fotografías de la caja del armario.
La chica del espejo y yo vamos buscando surcar el rostro de arrugas bonitas. Vamos diciendo adiós otro año más. Adiós a todas las personas que compusieron el día a día, a las que dieron cierta racionalidad a la soledad y contribuyeron a enriquecerla. Adiós al primer contacto con la terminación aguda de todas las palabras. Adiós a la estepa y a las aves que nos acercaron a la idea de lo sublime. Adiós a las rocas pacientes.
Hola de nuevo, Adiós.


lunes, 2 de mayo de 2016

La eterna navegación

Crecer sin raíces como una planta aérea, alimentando las ramas a base de aire. Trasplantada en tierras ácidas, calcáreas, en terrenos pedregosos, sobre el asfalto, en el asfalto. Crecer aprovechando el sol o soportando lluvias eternas, medrar al amparo de refugios móviles.
Los abedules crecen en casi cualquier tipo de terreno, son adaptativos, pero hasta ellos tienen raíces.
Ulisses i les sirenes, quadre d'Herbert James Draper
Fuente: Wikipedia
La sensación de no saber situar la cabeza al norte y de no saber dónde están los pies, es tan agradable como peligrosa, es una sirena.
No se puede navegar eternamente.
Todos necesitamos raíces.
Llegar a puerto.
Descansar
.

domingo, 10 de abril de 2016

Red Social

No es mi intención hacer de este artículo un análisis académico, es más bien lanzar una pregunta que me asaltató después de asistir a una charla sobre “Perspectivas feministas”, impartida por Elvira Burgos el pasado viernes 8 de abril en Huesca.
Tras la charla y con pensamientos erráticos, desviándome aparentemente de lo explicado, me percaté de que nunca un término resultó más paradójico. Y es que las redes sociales están llenas de soledad.
Estamos tan solos, tan solos a diario, que nos volcamos a la inalcanzable tarea de paliar la soledad con la soledad ajena, en los pequeños espacios que deja el hacer. Necesitamos a los otros.
Allí había tantas mujeres físicamente, unidas, hablando con palabras sonoras, riendo con más de cuatro sílabas, que no pude eludir la toma de conciencia.
No es igual, el calor humano, el olor humano, las miserias del cuerpo y sus grandezas. El sonido, las reacciones en los rostros, la proximidad. No es comparable a la frialdad del teclado.
La interacción social física aporta las tres dimensiones. Las reacciones en tiempo real, sin tiempo que mida las palabras, sin pantallas que bloqueen y sin adornos. Las mujeres allí presentes necesitábamos estar, necesitábamos la presencia y el contacto.
A fuerza de ver una cara de las personas que nos expresamos en las redes, se puede llegar a creer que esas personas de yo virtual, tienen dos dimensiones, que son blanco sobre negro. Una perspectiva tuerta de sus vidas, rellenada con las inquietudes o anhelos del espectador. En una habitación, con un ángulo parcial, llegamos a creer que eso que dicen es todo cuanto tienen que decir. Que eso que les gusta es lo que realmente les gusta. Cuando en realidad es la fragilidad lo que manifestamos, la necesidad del otro. Estamos ahí, en ese cibermundo, porque necesitamos imperiosamente a los demás.
Decía Elvira, que Judith Butler habla de la vulnerabilidad como nueva forma de repensar a las personas. En el hecho de ser interdependientes radica precisamente nuestra fortaleza. Nos necesitamos, la sociabilidad entendida desde el ser vulnerables. Seres frágiles que establecerían, conscientes de su vulnerabilidad,  redes de apoyo y  cooperación.
Sería, pues, imprescindible asumir la vulnerabilidad y generar fortaleza ante las formas de discriminación y exclusión. Precisamente por eso, porque como seres que se necesitan, la exclusión iría contra la propia esencia de lo humano, que radica en el hacerse con los otros.
El principio de responsabilidad del que hablaba Hans Jonas referido a la técnica y el medio ambiente, encuentra en esta idea, un complemento, una apertura. El ser libres y vulnerables nos pone frente al  inexorable hecho de tener que corresponsabilizarnos de y por los demás.
Devolver a los hombres la parte de vulnerabilidad autoexpropiada y proyectada hacia las mujeres sería la clave para una existencia auténtica al hacernos cargo de ella.
Pensaba, al hilo de este concepto, ¿cómo sería una actividad social física tan intensa como la que algún@s tenemos en las redes?
Me viene a la cabeza lo que decía Carlos Taibo sobre el activismo de redes sociales, el modo en que palían el ansia de tomar la calle, el modo en que sofocan la ira ante las injusticias (esto es mi libre interpretación de sus palabras)
¿Y si tomáramos las calles haciendo fuerza de nuestra vulnerabilidad?
Webgrafía y Bibliografía
- Mónica Cano Abadía , “TRANSFORMACIONES PERFORMATIVAS: AGENCIA Y VULNERABILIDAD EN JUDITH BUTLER” revistes.ub.edu/index.php/oximora/article/download/10869/14473
- JONAS, H., “El principio de responsabilidad”. Ed. Herder

- http://www.eldiario.es/andalucia/Carlos-Taibo-Facebook-ebullicion-revolucionaria_0_236926413.html

lunes, 16 de noviembre de 2015

Vecino

Gregorio pasaba de los 80 y su mujer había muerto hacía muchos años. Era alto, delgado, con muy poco pelo y con una risa constante en la boca cada vez que saludaba. Tenía una energía bastante contagiosa y un gran sentido del humor.
Cada noche, al pasar por delante de nuestra puerta en verano, cuando estábamos sentados en el fresco, paraba un rato a hablar con nosotros.
Le llamaban Porcelanas, Gregorio Porcelanas, y era nuestro vecino casi de puerta. Siempre me cayó muy bien, tenía una sonrisa sincera y esas cosas los niños las saben percibir como nadie.
Cuando se fue haciendo mayor, decidió irse a vivir a la Residencia de mayores. Físicamente estaba bien, pero supongo que se le caía la casa por las noches. La soledad es tremendamente difícil y supongo que la vejez también. De esas cosas uno no se da cuenta cuando es joven y rara vez deseamos empatizar con los ancianos.
Según parece, en la Residencia ayudaba a las auxiliares y enfermeras. Según dicen, era el alma mater del centro.Una vez fui a ver a otra vecina a la Residencia y allí estaba, con su eterna sonrisa, dando el punto de vitalidad a la decrepitud. Realmente, si me paro a pensar, nunca le vi otra expresión en la cara, siempre le conocí sonriendo.
Pues bien, este verano y para sorpresa de todos, Gregorio decidió ponerle fin a su vida. Escribir el último capítulo y ser él quien cerrara el libro y no el azar. El pueblo entero quedó conmocionado. Le pregunté a mi padre si se encontraba mal, me dijo que había hablado por la mañana con él, que le vio extraño, serio, pero que jamás hubiera pensado que podría suicidarse.
No sé lo que sucedió, y verdaderamente lamento muchísimo su pérdida. Una parte de nosotros se va con las personas que han formado parte de nuestra vida. Le recuerdo cada noche de los interminables veranos en el pueblo, yendo a casa a dormir, saludando efusivamente. Recuerdo cada vez se que iba en invierno y me saludaba aunque no se acordara de mi nombre.
Cuando algo así sucede, todos nosotros en el fondo nos sentimos culpables, incluso aunque no fuera una persona a la que viéramos en el día a día. ¿Qué hicimos mal? ¿Le podríamos haber ayudado? ¿No lo quisimos ver?
Según parece, Gregorio dejó las gafas y el bastón en el pozo y simplemente se fue.
Intento entender los motivos, supongo que la vida que quería vivir ya no era posible, que las limitaciones de la vejez no le hacían capaz de seguir el camino elegido, él era un hombre activo, independiente, un hombre de campo. 
Un haz de culpa, miedo y dolor nos suele atar los sentidos en estos casos, y un enorme tabú traspasa las culturas con relación al suicidio.
Quizá en algunos casos, muchas personas después de recibir ayuda psicológica, pueden gozar plenamente de la vida que quisieron segar. El suicidio en ciertas circunstancias puede que sea el recurso de alguien que no es capaz de encontrar la salida a una situación que la tiene y puede que no sea un acto libre.
La pregunta que me hago es, si siempre es así o por el contrario hay ocasiones en las que matarse el un acto libre y voluntario, es decir, decidir sobre la vida y nuestro modo de estar en ella. 
A lo mejor a mi vecino la vejez no le dejaba vivir como él quería, a lo mejor lo que hizo fue el último acto del hombre libre que siempre fue.
 Sea como fuere, descanse en paz.


NOTA: si algún familiar de Gregorio está leyendo el artículo, mi condolencias. Vaya por adelantado, que está muy lejos de mi intención juzgar. Nada sé de cómo fue, solo sé que fue un gran vecino cuya muerte lamento y al que siempre tendré en la memoria.

miércoles, 14 de octubre de 2015

A Galicia de Maeloc

El hueco dejado por las montañas aquí dentro, casi duele físicamente.
Sería mejor no escribir nada porque realmente no hay nada que decir y sobre lo que no se puede hablar, lo mejor es guardar silencio. Para Wittgenstein lo más importante era, en realidad, aquello que no se podía decir. Non son quen de lle levar a contraria a Wittgenstein, faltaría máis, meu rei.
Aún antes de verlo con los ojos, lo había soñado cada noche y cada día y cada hora y cada año.
Tejí, a fuerza de cuatro paredes, el color que debía tener el otoño y la primavera. Me salió una chaqueta que aún guardo y todas las encendidas letras que prendieron la mecha.
Cuando me percato de lo que duele haber perdido esa belleza cada mañana, dejar mi hogar, a quien quiero, sé que en realidad es un tesoro, porque perdió quien tuvo y añora el que ama.
Esto non o calculaches dende a túa habitación, pequena.
Ahora toca el camino de regreso, no temeremos a Cíclopes.




martes, 8 de septiembre de 2015

El Oeste

El Oeste era la frase que escuchaba mil veces antes de dormir. Me la susurraban los Zeppelin al oído y me llevaban al onírico sitio donde "mi espíritu gritaba por liberarse".
Hacia el Oeste se me perdía la vista, ensoñando, cuando intentaba adivinar qué había detrás de las montañas de mi pueblecillo manchego.
El Oeste, al otro lado de la M30, ocultaba el sol y lo guardaba hasta el día siguiente. Era ese momento de la tarde en que el cielo le regalaba un billete de ida a mis ojos, encerrados en un pequeñísimo rincón.
Las leyendas de donde moría el sol, el destino, la muerte, el sentido de la vida, la última gran aventura, el final de la tierra. El Oeste.
Sueños recurrentes y un coche blanco que me llevaba allí. La ventana para escapar de las miserias.
Luego fue la música, el Oeste y el verde. El verde.
Se hizo de pronto tarde y me fui como el conejo de Alicia. Había algo que no podía esperar.
El Oeste.
Apareció tras la M30, tras las montañas. Definitivamente.
Me dio alojamiento y me enseño un par de lecciones. Con calma.
Que nunca supe bien en qué parte se hallaba lo esencial aquí dentro, si en el norte o en el sur. Paradojas de la vida, tuve que venir al Este para confirmar algo que sospechaba, que siempre fui del Oeste.

jueves, 2 de julio de 2015

Conversaciones con Manu. El banquete.

Esta entrada surge a raíz de una conversación con Manu, donde le contaba mi idea del Banquete de la vida. Así que, ambos decidimos hacer una entrada sobre la misma metáfora. Aquí tenéis la forma en que lo desarrolló él. Ciertamente, siempre me sorprende el hecho de que sea capaz de ver la idea más lejos de lo que la veo yo (que soy bastante más miope para estas cosas)
Aquí os dejo mis desvaríos.

"La gran risa liberadora de quien comprende que la alegría llama a la adhesión a la realidad, a la celebración del cuerpo, a lo vivo , inmanente y concreto"
                                    Michel Onfray, Las sabidurías de la Antigüedad. Contrahistoria de la Filosofía I

 Todo comienza, con un poco de suerte, con la teta de mamá. Un sabor dulce y cálido que nos conecta. Probablemente nuestro primer contacto con ella, con la vida.
Lo oral, fuente de placer gastronómico y sexual,  quizá sea también  un modo de acercarnos al mundo, ya que lo conocemos, en parte, a través de lo que comemos. Una comida es un pequeño fragmento de realidad, alguien que nos cuenta una historia, o nosotros mismos los que nos la contamos.
La primera vez que pensé esto fue a raíz de convivir con una chavala de unos  17 años  con serios problemas para comer, para probar cosas nuevas. Casi se diría que era miedo. ¿Qué había detrás de ese miedo a comer una cereza, un trozo de calamar o un poco de zanahoria?
No salía de los sabores básicos de su casa. Sabores muy claros, muy definidos y en cierta manera predominaba lo neutro entre los alimentos que elegía. Las texturas secas, sin matices. Pollo, salchichas, tomate frito de bote, espaguetis y arroz. Era como no querer salir de la zona de confort, ese miedo a lo desconocido y un claro rechazo a lo diferente.
La negación tan rotunda me tenía francamente confundida y cabreada. No me entraba en la cabeza que alguien no tuviera la más mínima curiosidad por saber cómo sabía el tomate o la sandía. Pero la respuesta la fui viendo a medida que me percataba de que esa negación por probar cosas diferentes era en cierta manera paralela a una cierta timidez o miedo a salir del mundo conocido.
No pretendo hacer una ley de esto, ni mucho menos. Sólo creo que quien se niega a probar sabores diferentes por sistema, se niega a conocer una parcela de la realidad. Los alimentos como tantas cosas, están ahí y de nosotros depende disfrutarlo o hacer un problema de ello.
Por medio de la comida podemos ampliar horizontes, conocer el modo de vivir de una determinada región (que esto da para otra entrada), desarrollar la sensibilidad, el olfato, la vista y nuestra capacidad de goce. Probar texturas nuevas, combinaciones, se me antoja un excitante viaje por el mundo.
Un día en una comida monumental de estas que hay en Galicia, me acordé que leí hace tiempo que el paraíso para los celtas era un banquete donde la comida no se acababa nunca. No sé la veracidad de esto, porque venía en un libro de 100 pesetas que me compré hace mil años.
El caso es que sin saber muy bien cómo, cristalizó en una metáfora:  y es que la vida, esta vida, me parece un gran banquete.
Lo vi claro en esa fiesta. La comida en cuestión se prolongó hasta la noche, entonces se sacó la cena, cachola (cabeza de cerdo salada y cocida), lacón, chorizo, jamón, en fin, manjares. Por la noche tuve la suerte de sentarme al lado de lo que me pareció que era el Gran Hedonista. Un hombre que destilaba una gran capacidad de goce en todos los sentidos posibles. Cogió la enorme cabeza de cerdo y fue cortando pequeños trocitos de carne de partes poco accesibles, me fue dando a probar, decía “esta es la mejor parte”, partía carne y la ponía en trozos de pan casero. La carne era jugosa, tierna, en su punto de cocción y de sal. Él llenaba mi copa de vino y contaba chistes. Reía con una gran proyección de voz. Era una de estas personas que no pasan desapercibidas.
Cogía un poco de cada cosa, elegía el queso como un policía tras una pista, miraba qué chorizo coger. Era una gozada verle comer y poder participar de esa sabiduría.
Así que, lo vi claro, la vida me parecía un gran banquete. Comerse la vida es un modo de conocerla y de estar en ella. Se puede disfrutar de lo que nos ofrece o quedarnos en un rincón con un canapé de salchicha y bacon.  Elegir hablar con todo el mundo o quedar en pequeño grupo. Catar todos los caldos o ir a lo seguro. Vivimos en cierto modo de la misma manera que nos comportamos en un banquete.
En un banquete, hay pocas personas que saben cuando hacer una parada. El arte de beber y comer con moderación pero sin renunciar a ese puntillo alegre y probar todos los platos.  Para poder hacerlo hay que saber qué sucede en nuestras cuerpas (que dirían los CxC), poner sentido común y a veces fuerza de voluntad para parar. Todos sabemos que la línea entre disfrutar y sufrir es muy delgada y admiramos a quienes tienen la maestría de disfrutar all night long  sin drogas.
 De igual modo se me figura una correspondencia en la vida que llevamos, pocos viven con conciencia del momento y menos aún toman decisiones mirando de frente. Ahora le llaman Mindfullness, pero desde el budismo siempre se ha hablado de este tema. Estar en el aquí y ahora, sin huir.
La metáforas son difíciles de explicar.Quizá en este banquete no se sabe muy bien qué pintamos y de haberlo sabido antes nos habríamos depilado. Quizá no sea la mejor fiesta del mundo, pero ya que estamos aquí habrá que divertirse.
Sólo veo claro que cuanto más pruebo de lo que hay más me gusta y hay ahí un par de personas a las que aún no he saludado.

Ahora vuelvo.