Al hilo de las ensoñaciones...

sábado, 21 de marzo de 2020

Diario del encierro
Segunda parte


20 de marzo de 2020
Hoy la idea de la muerte a nivel global ha visitado el silencio de forma intermitente. Una preocupación que no dejo crecer demasiado por si acaso no la pudiera gestionar. Temo que creciera más y no entraramos las dos en casa. Así que hoy la he tenido de invitada  a mi lado y se ha sentado a la mesa, la he dejado hablar para que pudiera irse en paz.
La imagen de los féretros apilados en Bérgamo, donde estuve este verano, me parece inverosímil. La muerte en nuestro mundo occidental parece inverosímil, no esta muerte, ni la guerra, ni el sufrimiento, ni el miedo. Todo eso está en los márgenes de nuestra realidad, y ahora una parte del margen ha invadido la cotidianeidad. ¿Cómo es entonces el margen para los que no tienen nada? Nunca salimos realmente del sueño ilustrado, en el fondo no se aprendió. Pensamos que éramos intocables, que el progreso (“¿Progreso?”) nos había hecho casi invencibles. Y hoy, como sucedió con Fukushima, la vida de nuevo nos sacude y nos recuerda a algunos humanos (porque otros ya lo sabían) que somos funambulistas de cristal cruzando el universo. Y mientras, en mi monólogo interior pienso en las prostitutas que hay en la calle detrás de la mía. Son muy mayores y me pregunto de qué vivirán estos días. De todos mis vecinos, es de ellas de quien más me he acordado.  Es sencillo quejarse con una nómina, una casa y un sistema inmune no comprometido por el sida. Los hay que podemos quedarnos en casa…
Y de pronto, saliendo de mí he empezado a tener sentimientos tan enfrentados hacia la humanidad que acababa derivando la mirada hacia mis plantas para no sentir más. Nos he amado intensamente y nos he odiado a ratos. Es la ceguera diaria lo que me desespera. Hoy de pronto es importante que los enfermos tengan televisión gratuita en los hospitales, ¿Y hace un mes? Hoy sabemos lo dura que es la vida de los autónomos que no pueden cerrar ¿Y hace un mes? Las personas sin techo son más vulnerables más… pero ya lo eran. Los ancianos ya morían solos hace un mes… hoy más ¿Por qué vemos hoy a esas personas y no las veíamos ayer? Porque hoy nosotros, los que estamos en el lado correcto del margen, hoy nosotros también tenemos miedo, y quizá de pronto el sueño se ha roto. Ya no somos invencibles, y aunque nunca lo fuimos, nos hemos puesto tantas veces el disfraz de amos que nos lo hemos acabado creyendo.
Invencibles con los ojos tapados. Un enemigo invisible es el peor de todos los enemigos. La idea de cerrar una frontera a algo microscópico parece una broma de mal gusto.
La idea de la muerte de ha quedado después de la comida, pero desde la tarde la acompaña la fantasía en la que la naturaleza toma parte del mundo robado. La imaginación crea baldosas llenas de hierba y flores en los bordes, animales acercándose sin miedo a las ciudades. La muerte y la vida se piden el turno de palabra. Chernobil ahora un vergel radioactivo. Imagina igual nuestras ciudades casi sin humo, gatos casi sin miedo… Un lugar donde el miedo ha cambiado de bando un poco. Imagina la imaginación lo mismo que el país de la Bella Durmiente invadido por la maleza.
Mis tomates no le temen al virus, las plantas que están ajenas a todo me conectan con la primavera… es primavera, por fin.
Las invitadas probablemente se quedarán hoy a cenar.

jueves, 19 de marzo de 2020

Al escondite inglés sin mover las manos ni los pies



Diario del encierro
Sábado 14 de Marzo de 2020
Así nos hemos quedado de pronto, donde estuviéramos, como estuviéramos, casi paralizados durante quince días… al menos. En soledad; con buena, mala, o demasiada compañía. Tan fuertes y tan frágiles, tan humanos. Gente con miedo a vivir con quien ha elegido vivir.
Recuerdo un artículo de El País semanal sobre el libro de Melanie Dunea “My last supper”, donde preguntaban a cocineros famosos de todo el mundo cuál sería su última cena. Todos  explicaban no solo qué cenarían, sino también con quién y dónde. Algunos hablaban de manjares con alimentos típicos de sus países, platos sofisticados. De todas esas entrevistas me impactó  la de un cocinero francés, Joël Robuchon, cuya cena consistiría en pan y mantequilla. La sencillez y lo exquisito de ambas cosas me atraparon, la idea de los cereales como símbolo de vida atraviesa que todas las culturas, pero además la idea implícita de que el pan como la vida se comparten.
Detengo la divagación y pienso en lo extraño de esta situación que a ratos parece una broma apocalíptica. ¿Es aquí, así y ahora como me gustaría vivir el fin del mundo? Estoy sola en este pequeño piso donde pasaré los próximos quince días sin más compañía que mis pequeñas plantas de tomate y los libros. Sola, lejos de mi familia.
La cena la tengo clara y también con quién compartiré mi pan, pero poco más.

Lunes 16 de marzo de 2020
Una llamada, un mensaje, mil mensajes, la temperatura, las fotografías con las provisiones, las risas nerviosas. Nos preparamos para lo desconocido con miedo y sentido del humor a partes iguales.
Hoy me doy cuenta de lo mucho que nos necesitamos y quizá lo mucho que necesitamos alejarnos a la vez. Intuyo las ganas que tenemos de ser una sociedad y las dificultades que tenemos para serlo. Salir a aplaudir juntos, los grupos de WhatsApp echando humo, la necesidad de creer que existe la solidaridad.
Hoy se me muestran al mismo tiempo todas nuestras contradicciones. Intuyo que muchas más están por llegar.

Martes 17 de marzo
Bebo un poco de té, son las 6 de la tarde, hago una parada. He logrado hacer rituales diarios en poco tiempo, separar ambientes en un piso de escasos 50 metros cuadrados y marcar unos horarios claros.
Hay un ruido interno que ha cesado, aún no sé lo que es.

Miércoles 18 de Marzo
Ya que qué es lo que ha cesado, el movimiento. El aire ha llegado hasta el último rincón de los pulmones. Estar en silencio se ha convertido en una actividad. Y el ruido interno de pronto se ha desvanecido. Necesitaba tanto esta soledad… que me avergüenza no habérmela dado un poco más.

No sé si está mal decir que estoy bien así, que descubierto a mi compañera de piso y nos llevamos genial, me gusta como cocina, me gusta porque me sorprende con tortitas de manzana y canela a las 7,15 de la mañana.
Es por la tarde, dibujo en el cuaderno torpemente, ordeno los armarios, leo algo sobre filosofía del lenguaje, escribo, estudio. Miro si las matitas de tomate han crecido. Estoy. Esa es la sensación, la de estar aquí y ahora.
Me asomo al balcón creyendo estar viviendo una distopía. Por la mañana la policía dice por megafonía a las personas que se vayan a casa, por la tarde la gente aplaude a las ocho. Las calles desiertas.
Mi pensamiento no levanta el vuelo, estoy a gusto viviendo este silencio y no quiero pensar sobre él.

He hablado con Conchita y pienso mucho en la vida de mi ya perdida "aldea gala", poco o nada habrán cambiado las cosas, allí ya casi no queda nadie, las despensas llenas de patatas, las berzas, ir a por las vacas, volver...y quizá no ver a nadie. El aislamiento ha sido la forma más cruel de muerte que se le está dando a lo rural.

Jueves 19 de Marzo
Pienso en las personas presas. Pienso en ellas cada día desde que decretaron el estado de alarma. Pienso en que solo deshumanizándolos somos capaces de asumir que privar a alguien de libertad es un castigo terrible. Nosotros nunca seremos ellos… ¿Nunca?
Pienso en la docilidad con la que hemos acatado la prisión, el miedo es  la más poderosa de las armas. No, no creo que sea la solidaridad en este caso, la paradoja del papel higiénico lo ha puesto de manifiesto. No estamos en casa por solidaridad, sino por miedo. Un país entero escondido en sus casas por un enemigo invisible… una gripe. A ratos me parece una situación delirante.
Mientras, las redes dejando fluir ríos de información basura, de mentiras, ríos y ríos de mentiras. Nosotros, que no somos capaces de verificar tanta información como nos llega y por temor o por aburrimiento lo vamos esparciendo: el Ibuprofeno, la Evau en agosto en Valencia, plataformas que dicen regalar pero luego no es más que una mentira para entrar a sus webs, redes solidarias en el vecindario cuando en un país con un Estado como el nuestro se debería contar con los recursos suficientes. Gente que se promociona en redes bajo la idea de compartir gratuitamente sus conocimientos engrosando así su lista de seguidores, albergues para las personas sin hogar (¿antes no eran necesarios?). Y como dice mi amigo Manu, la necesidad de héroes que tenemos, de ampararnos bajo el paraguas de algún héroe.
También es cierto que estos días he descubierto que tenía vecinos, que hay más antimonárquicos en mi barrio de lo que me imaginaba y que quiero mucho a mi familia y amigos. Y adoro el silencio.
Hoy temo no volver a ser capaz de salir de la madriguera y necesito la sensatez y el criterio de alguien con lucidez… afortunadamente sé dónde acudir.

Continuará….

jueves, 6 de febrero de 2020

Segundo


Estoy en calma, el ruido ha cesado y solo oigo mi propia respiración amortiguada por lo que quizá sea un líquido. Ya no se oye nada, me gusta oír la forma en la que va variando la profundidad de las inspiraciones. A mí alrededor una soledad como un regalo. Inspiro y espiro, cada vez más lentamente. Mi cuerpo se va relajando aunque algo me dice que debería ser prudente y atender a lo que está pasando fuera. Algo me inquieta de pronto.
El ruido ha cesado pero me percato de que no sé muy bien quien soy y probablemente jamás llegue a saberlo. Debería sentir cierta angustia, pero esa sensación no es del todo desconocida, parece que he lidiado con esto antes. Y sin embargo algo me dice que debería estar alerta más bien por el momento presente, las cuestiones de identidad pasan a un segundo plano. ¿Qué me está sucediendo y por qué debería estar atenta?
La sensación de vacío me mantiene en un limbo de consciencia. ¿Estaré en coma? ¿Habré muerto?
Me quedo suspendida en una concentración extraña, mentalmente cojo un poco de arcilla y agua, hago una bola que encierra un universo entero. Eso siempre me ayudó a pensar, es curioso, aún no sé si tengo cuerpo, no sé si estoy viva o muerta, pero quiero amasar algo de arcilla con las manos, me fuerzo a llevar a mi mente a un estado de concentración porque entiendo que hay algo que debo ver y no veo. Unos dedos infantiles amasan con destreza la arcilla, hacen bolas, tiras. De nuevo la respiración se acompasa. El mundo se reduce a ese momento hasta que el hocico de un animal me retira la mano del barro. 
Un perro, ¿Mi perro?. Su pelaje claro y sus ojos negros son totalmente conocidos para mi, más que yo misma. Le quiero, le quiero mucho. Iría con él a cualquier sitio del mundo porque sé que con él está mi hogar. Pero el perro me mira con impaciencia, podría decir hasta que está enfadado. Me aparta de nuevo la mano del barro. Le acaricio y parece que se tranquiliza. No tumbamos sobre la hierba. Me gusta su aliento cálido, me gusta acariciarle, me gusta tanto su presencia que estaría ahí toda la vida.
De pronto algo urgente se remueve en mi estómago. Algo va mal, algo va muy mal. No puedo seguir ahí. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy?. Debería abrir los ojos, debería despertar. ¿Estoy dormida? Indago en el único fragmento de realidad accesible para mí en este momento, mi propio dolor, la angustia. Algo en el pecho me hace tanto daño que necesito que cese, no puedo ni respirar. Me duele tanto que creo que voy a morir. Quiero salir y tengo miedo de hacerlo. Miro al precipicio y no sé si saltar es la salida o más bien el final de todo. El final. La sensación de vértigo me tiene bloqueada. Me acuerdo de la primera voltereta en el agua, de la montaña rusa, de sus labios. El estómago me vuela y me preparo para da el paso al vacío.
Abro los ojos. Piso el freno a tope e intento mantener la dirección del volante. Todavía es muy pronto para rendirse.

viernes, 3 de enero de 2020

Hogar


Algo abisal e infondo
un pequeño puñal de plata
Abisal y recóndito
innominado
Algo que se acopla en el esternón
y encapsula vacíos
Agujero negro
Respirar dolor a cada paso
A veces
respirar dolor
Buscar en la luz crepúsculos mesiánicos
Promesas diluidas de un hogar venidero.
Anochecen aves en la cuna de mis pestañas
de levantar el vuelo, se llevarían con ella la esperanza
Es tarde para creer en Dios.
Me pregunto si lo será para empezar
Empezar de nuevo
Tejer un hogar en el centro exacto del pecho.
Allí donde estén mis manos,
Donde sea que me lleven los pies.
Tejer un hogar.
Mi hogar.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Ahab


Su empresa había cerrado la sucursal de la ciudad donde había vivido durante los últimos 20 años y le habían ofrecido trasladarse a Zaragoza capital. Si lo quisiera rechazar, la otra opción era el paro y buscar empleo.  La idea del paro no era tan mala en su cabeza como lo era en realidad. Afortunadamente era un hombre cabal, racional y prudente, muy prudente; sopesando su edad (a los 55 años por muy buen empleado que fuera, pocos sitios le querrían contratar), y su carácter más bien introvertido y huraño, sabía de sobra que sería un mal candidato en cualquier selección de personal. Además él solo sabía hacer bien su trabajo, era un buen banquero.
La sola idea de trasladarse a Zaragoza le ponía los pocos pelos que le quedaban de punta, era una ciudad muy grande para él, acostumbrado a su pequeña ciudad y a sus rutinas, estaba seguro de que quizá no se acostumbraría en los diez años que aún le quedaban para jubilarse. No pensaba en la gente que dejaría, que quitando a su madre y a su primo Luis, a poca más se reducía; tampoco pensaba en el trabajo, más carga de trabajo le daba igual. Lo que realmente le quitaba el sueño era tener que adaptarse a una ciudad desconocida. Dónde comprar el pan o el pescado, dónde tomar el café por la mañana, cómo llegar hasta el trabajo. Eso era lo que le mantenía las noches en vela.
Llevaba mirando pisos desde que se lo dijeron, tres meses más tarde y después de un dineral invertido en ir cada fin de semana a ver apartamentos e inmobiliarias, ya había encontrado el ideal. Estaba cerca del trabajo, pequeño y soleado, perfecto para llevar una vida tranquila y ordenada.  El piso estaba en una zona residencial nueva, muy tranquila y algo alejada del centro.
Solo había ido a Zaragoza una vez con su madre y con su tía Paqui a ver el Pilar, parece ser que  la Tata le habían hecho una promesa a la Virgen hacía treinta años y le debían una visita, decía que quería ir antes de morirse. Se las llevó a las dos de muy mala gana, pero ellas lo disfrutaron tanto que a la vuelta en el autobús sabía que había hecho lo correcto acompañándolas. De aquello ya había pasado tiempo y Zaragoza había crecido enormemente. Aunque no quería mudarse, sabía que alejarse un poco de su ciudad y de su madre no le vendría mal. Desde que había muerto Silvia se había vuelto muy protectora, era de la antigua escuela y pensaba que un hombre necesitaba a una mujer para poder sobrevivir. Quizá fuera cierto, pero las constantes injerencias en su vida le quitaban el silencio y el sosiego que necesitaba. Solo le pedía a la vida estar tranquilo para poder seguir investigando en la figura de Napoleón y avanzar en sus estudios.
Pensaba que sería una buena oportunidad ir a Zaragoza pese a todo, si se armara de valor, podría contactar con los miembros de la Sociedad Napoleónica que vivían allí y conocer a alguno de sus socios con los que mantenía una correspondencia fluida desde hacía años. También había investigado sobre la Asociación de “Los Sitios” y quería conocer más. Pero pensar en moverse por esa ciudad le daba dolor de estómago. La vida burlona no le había dado más opciones.
“Ahab”. La primera vez que vio ese nombre escrito fue en el ascensor de su casa. Era todo tan nuevo, que le chocaba que alguien hubiera arañado el metal ya que era el comportamiento propio de
adolescentes y en el portal solo había adultos y niño pequeños que no llegaban a esa altura.
¿Cuánto hacía que había leído esa novela? ¿Cuarenta años?. Moby Dick era un libro que le había obsesionado desde pequeño, relucía impoluto y sin leer en casa de su mejor amigo de la infancia, Andrés. Era de La editorial Planeta, de una colección de libros de los que con el tiempo se acabaría leyendo la mayoría. Era tan grande que en cierto modo se retó a sí mismo a leerlo cuando tuviera edad suficiente.  Recordaba que al principio fue duro porque la ingente cantidad de detalles y datos hacían que la lectura fuera lenta. Pese a todo pronóstico lo terminó y le encantó. Soñar con esos mares, la valentía hasta la locura del Capitán, cada página hacía de Moby Dick un libro único. La batalla épica y obsesiva de aquel del que ahora veía su nombre garabateado en el ascensor, “Ahab”, le parecía que iba más allá de un odio humano. Admiraba tanto su valor que deseaba llegar algún día a ser un cuarto de valiente de lo que él era, pero sin esa terrible crueldad que le caracterizaba. 
 Las primeras semanas en Zaragoza fueron estresantes aunque el trabajo era similar al de la vieja sucursal. Ir conociendo al personal y los compañeros de trabajo fue relativamente sencillo porque la gente era bastante sociable y amable, la acogida fue muy buena. Pero ir encontrando sus rutinas y huecos, eso fue más complicado. No tenía sitios en los que se encontrara absolutamente cómodo y como en casa y, aunque sabía que era una cuestión de tiempo, la desazón por estar desubicado le tenía sin poder dormir por las noches y con pocas energías para explorar la ciudad durante el día.
Pasaron los tres primeros meses y poco a poco se iba haciendo con el barrio, no había muchas tiendas, pero eran suficientes para abastecerse. Su horario de mañana le permitía dedicar las tardes a sus estudios, y como su madre ya no iba todas las tardes a verle, descubrió que le cundía bastante. Todas las tardes paraba en la cafetería que había al lado del parque después de dar un pequeño paseo puntualmente a las ocho. La vida se iba acoplando a un orden nuevo y sentía que algo se iba aquietando en su interior.
La segunda vez que vio el nombre escrito fue una mañana que ya se había planteado como extraña desde primera hora, el señor del perro  a manchas no había bajado a pasear y el de la frutería tenía cerrado. De seguir cerrado a la vuelta no sabía dónde podía comprar el pan. Al girar hacia el parque vio en grande escrito “Ahab” en un murete de hormigón de la piscina de verano. Desde el primer día en el ascensor no lo había vuelto a ver. No podía evitar imaginar quien sería el ilustre vándalo.
El día transcurrió sin más incidentes, pero quizá por lo diferente del día o porque el frío se acercaba sin haberse dado cuenta, cayó en la cuenta de que aún no había ido a conocer a sus colegas de la Sociedad Napoleónica. La idea de tener que ir hasta allí no le gustaba nada. Estaba mal reconocerlo, pero aún no había pisado el centro desde que se mudo y quizá y en el fondo tenía muchas ganas. Desechó el pensamiento rápido y volvió a su refugio de letras y ropa planchada en su hogar eso que se le movía por dentro se tranquilizaba y adormecía en una quietud agradable.
Dos semanas más tarde tuvo que ir a una tienda de informática que había en el barrio Oliver, le angustiaba tanto la idea que estuvo a punto de dejar que se le perdiera toda la información del ordenador. Su compañero Mario le dijo que no había nada que temer, él vivía allí y nunca le había pasado nada. “Además tío, mides más de un metro noventa, con la cara tan seria que tienes y tu envergadura, no te va a toser ni Dios, tú tranquilo”. Decidió ir andando después de mirar Google maps más de quince veces. Llegó sin problemas y le atendieron de maravilla. A la vuelta, vio escrito en pequeño en una marquesina ese nombre que parecía estar acompañándole desde que había llegado a Zaragoza. La curiosidad había empezado a hacer mella en él.
Desde ese momento se fueron sucediendo lo que a todas luces ya no podía ser una coincidencia, “Ahab” aparecía escrito en todo el trayecto que tenía que hacer al trabajo y en las calles aledañas. Una tarde se decidió a investigar un poco más allá de su barrio por una zona desconocida, no había nada, pero al cabo de los dos días volvió porque descubrió una pastelería con unos dulces soberbios, y allí estaba, “Ahab” arañando la corteza de un árbol y escrito en la pared de un Alcampo. Lo que le había empezado a invadir era ira, ese era el nombre a lo que le pasaba. Alguien le estaba tomando el pelo… el poco que le quedaba.
Las siguientes semanas se dedicó a intentar verificar su hipótesis, alguien escribía por los sitios por donde él pasaba al cabo de los dos días. Estaba tan seguro que  incluso un día fue hasta el Paseo Independencia y la calle Alfonso para comprobarlo. Y sé dio cuenta de que Zaragoza era una ciudad bonita, no cabía duda. ¿Cómo habría dejado pasar tanto tiempo? Se tomó un café en “La Bendita” y leyó un rato, sin olvidar claro, que a los dos días volvería a pasar sobre sus pasos para comprobar que Ahab habría dejado su nombre en algún sitio del camino.
Mientras tomaba el café recordó que alguien del trabajo le había hablado de una empresa que hacía visitas guiadas y pensó que no sería mala idea, cerca del Muro de la Parroquieta de la Seo vio un grupo que llevaban pegatinas de esa empresa y debían de estar terminando la visita porque aplaudían a una chica jovencita de boina negra que sonreía complacida. Al llegar a casa miró en internet alguna de estas rutas y se apuntó a una. No olvidaba que tenía que volver otra vez al centro para confirmar su hipótesis pero aprovecharía el viaje. Alguien se reía de él e iba a descubrirlo.
Había reservado para el sábado por la tarde la visita guiada, le contarían leyendas de Zaragoza, se fue con bastante tiempo para ver si Ahab había dejado su nombre en alguna zona por la que había pasado cuatro días antes. Así era, en una marquesina del tranvía. ¿Qué vecino le seguía y porqué se quería reír de él? La curiosidad le comía por dentro, y estaba dispuesto a encontrar a su burlador. Pese a aquel desagradable hallazgo en la marquesina, la visita estuvo fenomenal, disfrutó mucho de las historias e incluso pudo lucir sus conocimientos sobre los Sitios cuando la chica lo contó, todo el mundo le aplaudió y aunque le dio algo de vergüenza, no pudo ocultar que le encantó.
De camino a casa, en el autobús, se acordó de que aún no había quedado con los de la Sociedad Napoleónica y pensó que quizá no estaría mal acudir a alguna reunión. De hecho había estado dándole vueltas y después de tanto paseo buscando a Ahab, la ciudad ya no le parecía ni tan grande ni tan desconocida. Decidido a dar el paso esa misma noche mandó un correo a Manuel Aznárez, la persona con la que más correspondencia había mantenido. Manuel le respondió inmediatamente y concertaron una cita para el martes por la tarde. El domingo se levantó de muy buen humor, hacía tiempo que tenía ganas de conocerlo en persona.
No se le iba de la cabeza Ahab, pero poco a poco, al ir descubriendo la ciudad había logrado que Ahab no se convirtiera en una especie de Moby Dick para él. La obsesión había ido  remitiendo, y aunque la curiosidad estaba ahí, la idea de conocer a Manuel y la visita del pasado sábado, o la pastelería de Valdefierro, le habían ido dando una seguridad inusitada para su carácter. Había logrado poco a poco salir de casa y los constantes paseos buscando ese nombre le habían hecho ir conociendo las calles de su nuevo hogar.
Le iba dando vueltas a lo familiar que le resultaba la letra con la que firmaba Ahab. Había llegado a pensar que quizá fuera a fuerza de fijarse y verlo escrito. La única algo distinta era la del ascensor que vio el primer día, pero el resto tenían una “A” mayúscula muy clásica y en general una bonita letra cursiva. ¿Sería algún cliente de la oficina? Era muy probable que desvelar el misterio estuviera cada vez más cerca, era cuestión de fijarse en las firmas y en los papeles. Podría incluso ser algún compañero. Era una niñería, pero la curiosidad le picaba tanto que no lo dejaría en paz hasta que no lo descubriera.
La charla con Manuel Aznárez fue maravillosa y apasionante, le había invitado a una comida que harían todos los miembros el sábado siguiente, pensó que tenía muchas cosas que aprender de aquella gente, había varios doctores en historia y dos novelistas de bastante fama. Cada vez se iba sintiendo mejor en esa ciudad, de hecho era sorprendente lo mucho que había salido de casa dado su carácter. Estaba irreconocible. Un nueva vida cerca de los 60, ¿Quién se lo iba a decir?
Nunca olvidaría la vuelta a casa de aquella noche, sacó su libreta para repasar las notas que había tomado de la conversación con Manuel Aznárez, embriagado aún de su sabiduría. Escrito con rotulador verde, el mismo que le manchaba las manos leyó una “A” clásica y algo pasada de moda, en una perfecta letra cursiva.

domingo, 10 de noviembre de 2019

"Come, gentle night"


Las encrucijadas como los momentos de tránsito nos acercan a ese punto en el que hay que mirar tanto dentro como fuera en busca de una luz que guíe. Esos momentos de tránsito atan a una libertad deseada y temida a partes iguales, a veces libertad accidental.
En medio de un páramo, sin nada que pueda ocultar la silueta que recorta el horizonte, sin el abrigo de la mentira ni el calor de las ficciones, así yermos y expuestos a los vientos y al frío gestado durante años, así se muestran los espacios de tránsito.
El camino lo borraron hace tiempo el viento y la lluvia y la mano descuidada que no quiso dejar migas de pan para que pudiera volar con las demás cometas.
Ese punto exacto sin carteles, sin pisadas, sin rastros pero con un enorme peso de “por si acasos” a la espalda. No caminamos nunca solos, no, caminamos cada uno con nuestros fantasmas, con todo el bagaje que nos han dejado acumular y con su ausencia presente. Nunca viajamos solos, siempre está el ruido sin contestar de las pisadas y las manos que aprendieron los trazados de una piel que ya no está. La piel que queda recuerda con estelas de frío allí donde una vez algunos dedos dejaron calor. La piel recuerda las ausencias y el pecho anida los vacíos. Y así, demasiado ligera y demasiado cargada hay que echar a andar, con miedo de salir volando sin dirección y con miedo de nunca poder avanzar.
Pesa tanto el vacío y el páramo es tan frío, que la encrucijada se demora más de la cuenta ante los ojos, más de lo que nadie debería estar expuesto. Confiar en el calor del propio cuerpo y mirar de nuevo al insondable azul aéreo en busca de alguna pista.
En mitad del páramo se acercan las grullas desconfiadas. Un pequeño momento de éxtasis antes de volver a otear el horizonte. Sería bueno recordar de nuevo cómo era eso de volar, si es que alguna vez se supo.