Al hilo de las ensoñaciones...

sábado, 15 de diciembre de 2018

Árbol genealógico

Por el tema que estábamos dando y porque les gusta dibujar, pensé que podíamos acabar la clase haciendo un árbol genealógico.
Me enseñaron los dibujos una vez acabados.
Los de los niños que eran gitanos eran árboles frondosos con muchas ramas. De hecho, eran tantas ramas, que a uno le faltó hoja. Me explicó las ramas y flechas pero era imposible seguirle.
Los niños marroquíes tenían miedo de que no supiera leer el nombre de sus abuelos y se negaban a ponerlo.
El problema fue con los árboles genealógicos de las niñas y niños cuyas familias eran rumanas. Una rama y una sola bifurcación. Algunas me dijeron que había conocido a sus abuelos ese año. Otros decían que no preguntarían en casa el nombre de sus abuelos porque cada vez que se hablaba de eso en casa, sus madres se ponían a llorar.
Pensé en lo rápido que se entenderían ciertas cosas, si en lugar de ramas les hubiera pedido que dibujaran las raíces.
Hacer esa actividad ha sido un error que me ha enseñado bastante, no cabe duda.
Fuente: Wikipedia
Tejo.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Mentira podrida


Todo el mundo miente. La mentira, la trampa, el truco, la estafa, los embustes, las artimañas y las medias verdades pueblan y dibujan el gran teatro de la estafa en el que hemos convertido la cotidianeidad.
¿Carácter mediterráneo? ¿Un sistema corrupto que tolera las pequeñas corruptelas? ¿Una moral dormida en tiempos difíciles?
Vaya por donde vaya tengo la sensación de que la trampa nos acompaña. La honestidad, la sinceridad y la lealtad, no solo están en peligro de extinción, se consideran defectos poco adaptativos y a corregir. Esto hace que sea profundamente descorazonador mirar en los ángulos muertos de las personas. Cuanto más crezco más me decepciona el mundo adulto al cual aspira a llegar cualquier adolescente.
La norma en este país está hecha para saltársela. Podemos pensar en políticos, en tratos de favor, en colar a alguien, etc. Todo ello son diferentes formas de mentira: el instituto, en los trabajos, en el ámbito doméstico. Todos mienten, orgullosos de no ser pillados, encantados de haber estafado, cada uno en la medida de sus posibilidades.
¿En qué me convierto como profesora? En una policía de pillar chuletas, móviles y pinganillos inalámbricos. Vivo desconfiando de mi propia sombra y de paso desconfiando de la humanidad. ¿En qué hemos convertido la educación? ¿En qué nos hemos convertido como sociedad? En una panda mentirosos que están deteriorando la convivencia, haciendo del fraude un modo de vida, si es que se le puede llamar vida a esta farsa.
¿Qué sentido tiene este sistema en el que todas las horas de enseñanza y aprendizaje deben cristalizar en un examen y en una nota? Ninguno.  Sálvese quien pueda, todo el mundo a engañar.
¿Qué puede haber detrás de la mentira? Cobardía, una de las formas más rastreras de cobardía, la más asquerosa. El miedo a hacer frente a nuestras acciones o la ausencia de ellas lleva hacia el terreno cenagoso de la mentira, porque se miente cuando no se es capaz de enfrentar lo que el espejo devuelve. La debilidad del mentiroso es lo difícil de digerir. Su incapacidad para responsabilizarse de sus actos.
No hay blancos absolutos o negros absolutos, supongo que no todo el mundo miente pero hoy, justo hoy, otro ladrillo se me cae.

martes, 27 de noviembre de 2018

Escuchar y callar


A veces la música conecta con necesidades. Unas veces potencia sentimientos de tal modo que, una vez han sido amplificados,  no queda más remedio que enfrentarse a ellos. Otras veces es reparadora y alivia los grises.
Más allá de la terapéutica, la música deja al descubierto zonas desconocidas de la anatomía sentimental, partes que ni se sabían. Es capaz de arrojar luz sobre los angulosos  huecos de la identidad de quien la escucha. ¿Por qué esa pieza? ¿Qué contaba el compositor? ¿Qué necesitamos escuchar?. 
Un oboe se hace camino entre el resto de instrumentos, muy despacio. Y sin saber muy bien cómo, un extraño diálogo se establece entre quien escucha y quien interpreta. Así la soledad parece menor, a ratos hasta se olvida. Alguien ha leído por dentro y ha sabido traducirlo sobre una partitura.
Siempre he envidiado a quien podía expresarse con notas musicales o con la pintura y el dibujo. Las palabras, aún sin quererlo, obligan a dotar de orden lo que se quiere decir, hasta la poesía está encorsetada en ciertas formas de racionalidad. Nombrar es representar.
El río de luz de Frederic Edwin Church.
Fuente: Wikipedia 
No me extraña que Schopenhauer pusiera a la música en la cúspide de las artes. Su capacidad expresiva es infinitamente superior a la palabra, es capaz de atrapar la propia esencia de la Voluntad.
 Parafraseando a Wittgenstein, quizá debamos callar acerca de lo que no se puede hablar, pero ello no significa que no exista. De hecho, para Wittgenstein aquello de lo que no habló era lo más importante.
Es una suerte que exista la música para poder conectar de algún modo con ello.

(Escuchando la Sinfonía n.º 9 en mi menor, Op. 95 [Sinfonía del Nuevo Mundo] de Antonín Dvořák)

viernes, 23 de noviembre de 2018

Après la pluie. Un día de examen.


Me detengo en sus rostros concentrados, sin una mancha, sin una marca ni una arruga. La luz cae suavemente sobre sus cabezas inclinadas hacia el papel. Abstraídos del mundo. La lluvia continúa y todo es más triste, más tranquilo.
Parece que el porvenir brillase en sus rostros. 
Los observo con detenimiento. Disfruto de ese momento mágico de completo silencio. Los veo pelearse con las preguntas, con determinación. La vida fluye con tantísima energía que no sé cuándo y cómo se va la adolescencia. Sobre todo, cómo.
Son primavera imparable en mitad del otoño. Creo que aquí dentro ya no queda ni un eco de eso.
Fijo de nuevo la mirada en esa luz que los baña. El futuro es suyo, el presente está preñado de todas las vidas posibles, todas aún por vivir. Y guardados en el fondo de su inmadurez, aguardan sus proyectos a que las experiencias presentes los vayan perfilando. Imagino sus vidas venideras, imagino qué pensarán cuando pasen los años y todo esto sea un pequeño paso en un largo recorrido.
Nosotros, anclados en el día de la marmota, repetimos la tarea de Sísifo día tras día. Los días se diluyen. Ellos siempre tienen los mismos rostros, pero nuestro espejo dice otra cosa.
Quizá sea la ignorancia lo que echo de menos, esos días en los que no me interesaba entender a los poetas al hablar del carpe diem. Hoy estoy tan cansada que me encantarían que me extirpasen la conciencia. No resisto el sinsentido. 
Ha pasado, todo ha pasado, nada era verdaderamente tan importante. ¿Era necesario sufrir? Las metas, las emociones tan intensas, las angustias. Nada era  tan importante. Los relatos inventados ahora figuran como lo que son realmente, interpretaciones transitorias para poder andar. El ser humano es asombroso.
Vuelvo a sus rostros, esconden al yo que saldrá y que les irá profundizando la mirada, surcando la piel. Imaginan vidas. ¿Qué quedará de todo eso? Qué ha quedado de todo eso.
Buceo ante la imperiosa necesidad de seguir andando. Me vuelvo a preguntar qué queda de todo eso. Acuden a raudales sensaciones dormidas en la garganta. ¿Qué queda de todo eso? Vuelve la pregunta martilleante una y otra vez: ¿qué queda? Ante la nada, ante el vacío, ante el absurdo, ante la angustia, queda la intensidad de la pregunta y la persistente duda que aguijonea hoy de una manera diferente a como aguijoneaba entonces. Queda el asombro.
Necesito pensar que después de la fugaz primavera quizá habite en nosotros un “verano invencible”.
Levanto la mirada. Ha dejado de llover.

viernes, 16 de noviembre de 2018

El hastío y el día mundial de la Filosofía


Es posible que solo sea la rutina o quizá el cansancio, pero a veces agota el bregar con intentar comprender este mundo. Es tal la sensación de estar velada por varias capas de apariencia, que difícilmente se pueden soportar los discursos que se desarrollan en las capas más superficiales.  Hastío, esa es la palabra.
Si nada hay ya en el margen, si todo es un producto susceptible de venderse y comprarse, entonces vivimos en una especie de Hotel California, “podemos pagar la cuenta cuando queramos, pero nunca podremos escapar”. Nada tiene sentido. No sé muy bien desde donde pelear. Quizá buscando tras las palabras aquellos sitios desde donde se construyen los mensajes. Mirando con esmero detrás de varias manos de barniz. Es posible que hacer Filosofía hoy sea un trabajo similar al de acuchillar el parqué. Empeñarse con fuerza en levantar la capa brillante que cubre el piso.
Les raboteurs de parquet. Gustave Caillebotte 

La cuestión es que si no hay margen, entonces no hay crítica real. La crítica solo se puede establecer desde lejos. Pero es que no hay nadie con voz que viva fuera del mundo que hemos creado. Quien vive fuera, o muere pronto o no es escuchado. Una vez escuchado, se convierte en producto. Me parece aterrador y claustrofóbico. Nada es real y lo que lo es, no existe.
Los mensajes van perdiendo su fuerza transformadora a base de ser convertidos en un eslogan publicitario. Nosotros mismos perdemos autenticidad cuando nos convertimos en publicidad de lo que nos gustaría ser. La ideología se entremezcla con la más absoluta de las ignorancias en un mundo donde apenas hay tiempo para poder asimilar la enorme cantidad de información.  Ideología, interés e ignorancia, esa es la mezcla que combina nuestros actos.
Y así se acaba malgastando la energía en iniciativas que finalmente serán productos: el feminismo reducido a camisetas, la solidaridad a vídeos virales, la tolerancia al marketing, la política al ejercicio del poder.
Ayer fue el día mundial de la Filosofía, fui a un Café Filosófico organizado por la Sociedad Aragonesa de Filosofía donde se habló de un mundo sin Filosofía (acaso nuestro mundo hoy, decía uno de los invitados, Ismael Grasa).
El autor del blog Cajón de lo pensado hizo una pregunta interesante. Vino a decir que la razón ya no convence, quizá porque no mueve los afectos cuando son precisamente los afectos los únicos capaces de mover a las personas.  En este sentido ¿cuál debería ser el papel de la Filosofía en nuestro mundo?
De camino a casa fui pensando a ratos en la pregunta:  afecto ¿hacia quién? ¿hacia qué?, hacia una realidad que no asimilamos, hacia una sociedad que no percibimos? ¿hacia una comunidad que no tenemos?. Creo que en realidad somos individuos atomizados, agobiados, aislados, con vidas enajenadas. ¿Somos una sociedad? ¿Hasta qué punto nos pertenece nuestra vida? ¿Hasta qué punto nos pertenecemos? ¿Cómo vamos a convencer mediante el afecto en un mundo en el que la apariencia ha usurpado el puesto de la realidad? ¿Qué afecto sentir cuando hay gravísimos problemas de identidad, de compromiso? ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Qué necesito? ¿Cuál es mi comunidad? ¿Cuál es mi vínculo con ella?
Es difícil convencer mediante la razón porque solo el sentimiento convence y mueve, conmueve. Pero primero debe haber una percepción clara de cuál es nuestro puesto en el mundo y cuáles son nuestras capacidades. Es imprescindible tomar conciencia de nuestra valía como humanos, como sociedad, como comunidad, como vecindario. Desvelar.
No obstante es complicado tomar conciencia de nuestra valía como humanos una vez hemos llegado a percibir que nada de lo que podamos hacer vale la pena. Y no digo que no valga, no digo que no podamos, digo que somos una sociedad deprimida, con una enorme sensación de impotencia y sin conciencia de formar una sociedad (sociedad entendida como algo más que la mera suma de personas). Cómo hacer sentir cuando se vive en la apatía.
Una amiga me enseñó un término:  indefensión aprendida, es decir, la pasividad de un sujeto por evitar el dolor cuando ha aprendido que nada de lo que haga realmente vale la pena para evitarlo. Sea esto real o no, creo que como sociedad adolecemos de la conciencia de serlo y de la conciencia acerca de nuestra capacidad transformadora de la realidad.
La indefensión aprendida se extiende incluso a la sensación de no ser capaces de comprender por qué suceden las cosas y acaso, qué es lo que sucede. Sería como una especie de indefensión cognitiva. Es decir, la incapacidad para poder entender y por tanto la renuncia a intentarlo.
Sería bonito poder vencer juntos alguna vez. Destronar a la posverdad, creer en algo, aunque fuera pequeño. Ver con nuestros ojos  que hemos sido capaces de hacer algo juntos y que hay cosas que son verdad: que el respeto es imprescindible, que nos necesitamos.
No sé muy bien qué papel podría cumplir la Filosofía a ese respecto, quizá pudiera crear un margen o mantenerse en él. Quizá debiera ser un espejo, o acuchillar el parqué. Sin conciencia no hay afecto y sin afectos no hay cambio.
Lo único que sé es que hoy esta caverna me parece más oscura y más fría que nunca.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Destierro


Intimidad perdida, desterrada.
Un bosque talado al desamparo de la vertical luz del mediodía. Perdida entre mil luces artificiales, risas, humos, vaivenes de personas innominadas. Caos de caras ausentes y virtuales me desalojan de mí. Radicalmente. Me alejan del abrigo íntimo de mi silencio.
Vida expuesta. Cuerpos frágiles se anhelan desnudos en una tierra yerma de cercanía e hipertrofiada de proximidad. Qué paradoja, nunca nos había dejado tan solos el contacto. Nos buscamos tanto que apenas queda el espacio necesario para saber quiénes somos realmente. Nos herimos ciegos de soledad.
Poco a poco se nos olvida cuál era nuestro verdadero nombre. Dónde habitábamos hace no tanto tiempo. Cómo olía nuestro hogar.
Semillas diminutas a los pies buscan afanosamente el agua, la tierra. Una canción, un momento sin miedo, la recién descubierta sensación de frío, algo que preferimos callar.
Añoranza del bosque, el que daba asilo en mitad de la incertidumbre. Añoranza de su sonido uterino, la respiración cuando los oídos están sumergidos en agua. La soledad, la calma, el abrigo cálido del propio arrullo.
El bosque.


Fuente: Wikipedia
Autor: Basotxerri

viernes, 19 de octubre de 2018

Esperanza

Fuente: Wikimedia Commons
Illustration by John Bauer
Ignorar el hecho de no poseer alas. Un instante. El vuelo de las grullas.
 Niels Holgersson se esconde diminuto en algún momento de la infancia olvidada. La gratitud se abre paso a través de la garganta porque el sonido de las grullas lo ha despertado de su rincón.
Ahora parece posible atravesar Europa a lomos de un ganso. Es una efímera  píldora de luz que
sobrevive a la tristeza.
Las grullas atraviesan el cielo.
Poco a poco, como si se echara la noche más oscura, la luz se va apagando con los últimos sonidos.  Las grullas se han marchado y de nuevo no le han llevado con ellas.
Niels Holgersson vuelve a dormir cálido al abrigo de la desesperanza. 
Sabe que las grullas volverán a por él.