Al hilo de las ensoñaciones...

lunes, 3 de marzo de 2014

Obesidad, fuerza de voluntad y benevolencia mal entendida.


                                     

Habitualmente, cuando intentamos reflexionar acerca de porqué una persona está obesa, la conclusión a la que llegamos es que se come mucho más de lo que debiera. Una cuestión simple y aritmética: se ingieren más kilocalorías de las que se consumen y por tanto, se engorda. En realidad, desde el punto de vista meramente fisiológico es así en la mayoría de los casos. Lo recalco, fisiológicamente.
Adelgazar se convertiría a su vez en una cosa bien sencilla, ingerir menos calorías y aumentar el ejercicio físico. Esto es una verdad como un campanario, admite más bien poca discusión. Pura aritmética. Hasta Descartes tuvo que inventarse un genio maligno para dudar de ella.
 Entonces, ¿por qué engordamos?,  parece que está claro, ¿no?, por falta de fuerza de voluntad, porque no somos capaces de contener el apetito, porque nos encanta comer.
Sería una cosa muy similar a lo que pensamos acerca de las personas que tienen problemas con la bebida, con las drogas, con el juego. Una cuestión de falta de voluntad. Gente a la que le puede el vicio y demasiado perezosa para ponerse manos a la obra y darle un giro algo más sano a su vida.
Algo pasa cuando se piensa que, en cierta manera, esa persona es responsable de su problema. Lo primero quizás,  es que se deja de empatizar con ella (¿alguna vez se hizo?). En segundo lugar, derivado de lo primero, se le suele hacer absolutamente culpable de cuanto le ocurra.
Sencillamente se está gordo porque se come demasiado y, se come demasiado porque, o bien no hay fuerza de voluntad o por pura vaguería. Por tanto,  como espectadores no necesitamos saber nada más. Todo cuanto le suceda a esa persona, en cierta manera (aunque no nos alegremos de ello en absoluto), le está merecido.                                                             
A su vez, esta idea sobre la culpabilidad de las personas obesas, está transida de valores morales aunque de una cosa no necesariamente se derive de otra. ¿En qué sentido?, veamos.
Percibir es tener unas sensaciones (información) que proporcionan los sentidos, sobre unos esquemas tales como experiencia, cultura o prejuicios. Cuando vemos a una mujer de mediana edad de unos 150kg y 1,70m de altura vestida con unos pantalones vaqueros y una camiseta blanca de algodón y casi sin maquillaje, no tenemos sólo una sensación visual, también nos imaginamos por ejemplo que a esa persona le encanta comer y que tiene muy poca fuerza de voluntad entre otras muchas cosas. Si fuera gitana le añadiríamos otras características, o si fuera alemana y estuviéramos en Benidorm.
Si nos paramos a pensar acerca de cómo se retrata a las personas obesas en el cine, dibujos y demás medios, casi siempre es el mismo estereotipo. Quizás una caricatura perfecta sea la del jefe de policía de los Simpson, perezosos, hedonistas, poco vitales, poco listos. Pero en realidad la única información veraz que tenemos de esa persona es la que nos proporcionan los sentidos. Necesitamos hablar e interactuar con ella para poder tener más información, para poder hacer una valoración digamos, moral.
Es posible que haya algún caso que se escape a esa norma. A todos se nos ocurren excepciones, pero son eso, excepciones. En general adjudicamos una serie de características que van más allá de lo físico como la pereza y falta de fuerza de voluntad, que nos hacen poner mucha distancia entre nosotros y la persona que tenemos delante. Esa distancia dificulta el entender a la persona en su contexto y todas las variables asociadas.
Cuando la persona nos importa y la queremos, partiendo de la base anterior, nos sentimos en la obligación de ayudar. Al considerar que es una cuestión de fuerza de voluntad, decidimos que el mejor espoleo es el que venga del miedo o de la humillación de mostrar frente a un espejo verbal. Es decir, le mostramos lo mal que está o las enfermedades que puede llegar a tener para que así reaccione, para que se quite de encima ese velo de ignorancia y de pereza que le impide actuar.
Pensamos, a modo del intelectualismo moral socrático,  que cuando sea verdaderamente consciente de todos los males que tiene, la fuerza de voluntad vendrá por sí sola. Cuando se mire en el espejo y la realidad hable sola, lo único que quedará es la acción.
Este tipo de “ayudas” son en muchos casos intromisiones muy graves a la intimidad y agresiones directas hacia su dignidad. Decir a una persona lo que puede comer y lo que no, o recordarle lo mal que le quedan unos pantalones, son las versiones más suaves de un vía crucis que a diario tiene que soportar una persona gorda.
Y hay algo muy sencillo, un hecho claro y distinto: si la humillación y el miedo fueran herramientas útiles para adelgazar, no habría un solo gordo en el mundo. Hemos pasado por todo tipo de comentarios, charlas, broncas y amenazas en diferentes intensidades. Pero el mundo sigue albergando gordos. Es un hecho.
Ese tipo de ayudas hacen mucho, pero que mucho daño. Y tienen consecuencias como por ejemplo comer a escondidas, ansiedad, vergüenza y una larga lista de barbaridades que quizá mucha gente no crea.
¿Nos replanteamos la estrategia?
Un gordo se levanta, se acuesta y se mueve con sus kilos. Es consciente de que lo está, cada minuto de su día. Si le duele la espalda, si le cuesta respirar, si le duelen las rodillas, si tiene problemas en los pies, si le cuesta encontrar ropa o pareja, si tiene problemas al entrar en un autobús, en el teatro, en un avión. Es consciente de sus problemas de corazón, hipertensión, y una larga lista de enfermedades que puede tener derivadas del sobrepeso. Es consciente, os lo prometo, consciente a cada paso, a cada bocado.
“Entonces si lo sabe “, diréis, “¿por qué no adelgaza?, “muy buena pregunta”, digo. Mientras no sepamos la respuesta, mejor guardar silencio y pensar sobre ello, porque las amenazas no ayudan, agravan el problema.
Nadie quiere sufrir, nadie quiere dolor, nadie, incluidas las personas obesas, quieren estar enfermas.  Si alguien sufre por su obesidad, seguro que no lo quiere. Y si es la obesidad la causa de sus problemas de salud, lo más probable es que haya intentado adelgazar muchas veces en su vida. Del dolor se huye, eso es un hecho, ¿Es la obesidad una excepción a la norma? No lo creo.
La obesidad encierra un componente educacional, emocional y social muy importante. Si no se entienden profundamente todos los componentes y factores, difícilmente se podrá actuar.  De hecho, a un asunto multicausal no se le puede aplicar una solución que provenga de modo unilateral.  Sería injusto pensar que si hay múltiples variables en un hecho, modificar una única cosa propiciaría un cambio estable.
Ojalá fuera una cuestión de fuerza de voluntad exclusivamente. Pero también son hábitos, es educación, son emociones relacionadas con la comida y aprendidas en el seno familiar, es el modo en que digerimos el mundo, la manera en que aprendemos a no rompernos y resistir, a encontrar un gramo de placer, es publicidad, es rebeldía, es autodeterminación, es búsqueda de la identidad, es un cuerpo que queremos olvidar o castigar o premiar… Y una fuerza de voluntad que se manifiesta incapaz, la punta de un iceberg al que pocas personas le conocen el fondo.
Nadie quiere sufrir, si se sufre es que se desconoce el modo para dejar de hacerlo. Y meter el dedo en la llaga no cura la herida, hace que duela más. Quizá sí buscáramos  las causas en vez de pensar que ya tenemos las respuestas…
AVISO. Me es imprescindible hacer aquí una aclaración. Mi punto de partida intelectual, profesional y vital es la salud. Creo que el enfoque hacia la obesidad es erróneo, parcial y cruel además de poco eficaz. A las cifras me remito, según la OMS hay unos 250 millones de personas obesas y se calcula que el número ascienda a 300 para el 2025. Una cifra que se ha ido incrementando con el paso de los años.
No se trata de no hacer nada,  ni de eximir de responsabilidad a la persona acerca de su estado, sino de hacer las cosas de otro modo y buscar una solución que pase por encontrar y remediar todas las dimensiones causales que intervienen.

martes, 25 de febrero de 2014

Azul

Azul desde la ventana.
El interior simula verano.
Dentro blanco y amarillo.
Cálido.
Pero desde la ventana el mar y el cielo, las montañas, despiden al día con un azul violeta propio de una película de Kiesloswski. El mundo ahí fuera es azul.
Azul efímero, azul como proemio de la noche. Un preludio vaporoso y gélido con el que la tarde viste a las horas por llegar.
Lo miro y, en cierta manera, ese azul por contraste casi me asusta. Es tan intenso aún el recuerdo de la película y tan cercano su parecido cromático, que es como volver hacia atrás en un solo parpadeo.
Me acerco al color con cautela, el tono es intenso y mis recuerdos también lo son…

El violeta va estampando estelas sobre el cielo invernal, se va la intensidad poco a poco pero azul permanece en mi retina.

jueves, 20 de febrero de 2014

Trío de cuerda

“Nada de lo humano me es ajeno”. Ojalá lo fuera.
Si me fuera ajeno el dolor, el padecimiento o el brillo intenso de la lucha. Las miradas…
Pero estamos aquí, decía el poeta, y estar es comunicar.
Hay veces, que ciertas obras maestras del cine, pintura, música o literatura no nos son ajenas. Muy al contrario parecen ser reflejo y luz de ciertas zonas oscuras de nuestra anatomía emocional e incluso física.
Hay obras que se me asemejan a la melodía en un trío de cuerda, donde el bajo continuo lo tocan el fondo propio de nuestras miserias y la melodía principal la lleva el violín, la obra frente a nosotros.
De tal modo que, todos interpretan una melodía a la que ya no podemos ignorar. El violín nos atrapa, ya éramos suyos antes, éramos las notas largas y continuas sobre las que ahora acopla su discurso. Suena tanto, tan propio y tan bello, que comunicación autor y espectador es completa.
Cuando pienso en cómo describirlo se me vienen a la cabeza términos fisiológicos. Un nervio fuerte que conectase a ambos y moviera la sensibilidad al son de los compases. Llega a ser algo físico.
¿Qué tienen en común las obras maestras? Me siento obligada a decir que está lejos de mi intención hacer disquisiciones sobre la estética, nunca fui más allá del asombro ante la pregunta. Reconozco que es una inquietud personal y por tanto su respuesta será subjetiva y sin pretensión de universalidad.
Veo en todas las obras maestras, un contacto tan real entre el ser humano que lo recibe y el que lo crea, que por instantes no hay distancia entre ambos. Así, la obra es un espejo en el que, sin ser directamente nosotros, sí que somos capaces de vernos con total claridad.
Sin miedo a caer, podemos sentir lástima o rabia de ese otro yo en la pantalla, porque no somos nosotros. Amar a ese otro yo, es más sencillo que amar los defectos propios. Ver con nitidez el guión de nuestra vida entrelazado y ordenadas las causas y sus efectos.

Miradas a diario que son complicadas de sostener. Historias que hieren tanto. Delitos y Faltas de otros que sabemos explicar, que podemos explicar. Todo ello configura la red sutil y empática de una dialéctica no verbal tan perfecta, que llegamos a saber con certeza que nada de lo humano nos es ajeno.

miércoles, 5 de febrero de 2014

"Canto al cuerpo..."

El otro día leyendo un libro, me llamaba la atención la enumeración que hacía de características ligadas al estereotipo del género masculino. Entre ellas estaban la actividad física, la salud, la fortaleza o el deporte.
Realmente no es nada nuevo, el deporte, el contacto con el cuerpo, su uso y disfrute, ha estado ligado a la esfera masculina. La fuerza, la salud y el vigor siempre se han escrito en masculino.
Nosotras en cambio, parece que nos hemos relacionado con nuestro cuerpo desde el dolor. El dolor de la menstruación, el dolor de parir, el dolor del sexo por primera vez, el dolor de ver que el cuerpo nunca se ajusta a los cánones sociales sean cuales sean. Dolor, odio y resentimiento hacia el vehículo que nos planta en la vida y nos otorga la gracia infinita de disfrutarla.
Me resulta curioso un estar-no-vital-en-el-mundo, parece un contrasentido vivir rechazando la propia vida, huyendo de ella. Pienso en Nietzsche.
Es por medio del cuerpo que nos llegan las sensaciones, por el cuerpo y a través de él, conocemos el mundo. Así, de pequeños nos lo comemos, de mayores lo vivimos y de viejitos, gracias a él filosofamos.
Materia y forma unidas al modo aristotélico han un sido privilegio exclusivo de varones. Y las mujeres reducidas al mundo de las ideas sui generis al que nos recluyó Platón y la Iglesia Católica, quizá nos hayamos visto forzadas a cultivar el alma y los sentimientos que se suponía, eran propios de nuestro sexo. Desgajando así, una parte de lo que somos y mutilando un ser que ha vagado amputado durante siglos.
Los Pitagóricos, Platón, el Cristianismo, el Racionalismo mecanicista y una larga lista de pensadores que extirparon al cuerpo de sus sistemas. En otro plano, la publicidad, los medios, el mercado que viven de enemistarnos con él. Soma sema, cuerpo cárcel. El enemigo a derrocar, “combate la celulitis”, “elimina las patas de gallo”, “acaba por siempre con el acné”, “fuera ese michelín”. No parece nuestra propia vida, sino una secuencia de Rambo… “Dios mío, esto es un infierno”.
Me asombro ante la fuerza de esas mujeres sin nombre en la historia que practicaron deporte en un mundo de hombres. De esa mujer que decidió correr un maratón cuando era algo sólo para hombres, Kathrine Switzer.  La de esas mujeres, cargadas de prejuicios que se deciden a mover un cuerpo que hasta el momento sólo les ha traído disgustos. Que un día tonto se miran al espejo y les gusta su tripa redondeada y el color de sus pezones que amamantan. ¿Qué fuerza poderosa hizo que corrieran más rápido que sus prejuicios y levaran el ancla?
Romper la maldición y la cuerda que nos ata al pasado y al presente más rancio y lanzarse al mundo a reencontrarse con lo que andaba disperso e ignoto, es la sorpresa encontrar que, nuestra media naranja es el propio cuerpo abandonado por el camino.
Sorpresa cuando la sensación es de afecto y de gratitud al descubrir un consejero y fuente inagotable de placer y de alertas veraces. Un amigo paciente ante los caprichos de una mente muchas veces confundida, sobreviviendo a los castigos que le inflige. Un luchador que tira hacia delante cuando parece que no quedan fuerzas. Una fuente inagotable de superación, de placer.
Sorpresa, soy un cuerpo que piensa, que corre y que ama.
Salir del odio al que nos obliga la historia y el mercado y mirarnos frente al espejo. Querer al cuerpo que somos. Vivir el cuerpo que somos. Decir si. Celebrarnos.
Ser cuerpo es hacer la revolución y empezarla en casa.

Señoras,  hagamos nuestra la proclama de Walt Whitman y cantemos al “cuerpo eléctrico”.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Correr por donde se fue

Prejuicios que muerden los pies o la curiosidad tirando del trineo.
Sentir el peso del destino o una liviana corriente.
Transitar los sagrados mandatos tantas veces recorridos o desbrozar a cada paso.
No hay color, nunca pensé que fuera tan distinto correr por donde se es a correr por donde se fue.
Ha sido divertido pensar que corría burlando al hado y a las moiras.
¡Dios! cuanto dan para pensar cinco miserables kilómetros.

martes, 27 de agosto de 2013

Treinta y pico y a la deriva o de la reinventación

Me decía un señor el otro día, sin darse cuenta del daño que podía hacer y desde el cariño: “me dais mucha pena hija, vais a ser una generación perdida”.
Efectivamente, no lo vamos a ser, lo somos. Somos una generación que se encuentra perdida, sin horizonte, sin saber lo que es un trabajo estable, sin saber lo que repartir clandestinamente propaganda del PCE, sin saber lo que es la postguerra, sin haber conocido un ordenador hasta los 15 y un móvil hasta los 20. No hemos rotos tabúes sexuales porque ya lo habían hecho antes, no hemos vivido la dictadura, no peligramos con la heroína, no vivimos la movida, y el botellón lo conocimos con bastante más edad de la que se conoce ahora. Nacimos en democracia, vimos la “Bola de Cristal”, “Barrio Sésamo” y el “Planeta imaginario”.
Nunca tuvimos porqué pelear, porque nacimos en un país libre, y cuando crecimos, a ninguno de nosotros le extrañaba ir a la universidad. De hecho esas frases de “ahora los hijos de los obreros también van a la universidad”, nos podían llenar de orgullo, pero no acertábamos a calcular la profundidad de su significado.
Si señores, no tuvimos que pelear, ni ocultar la chapa del del Ché Guevara. Podíamos hablar de política, podíamos ir a la universidad, podíamos aspirar a tener dinero, (era a lo que había que aspirar). No tuvimos que pelear porque a lo que se nos enseñó fue a estudiar, estudiar y estudiar. “Tú estudia para ser alguien en la vida”. “¡Glups!”, “pues si es una cuestión de ser algo o no ser nada, prefiero ser algo”, piensas, y dices “¡hala!, a estudiar”. Estudias la EGB, estudias, BUP, porque hay que ser alguien, estudias la carrera, porque hay que ser alguien. Una licenciatura. Movida por la inercia, por los sueños, por las pajas mentales o por el ansia de pelas. Tu estudias porque es lo que hay que hacer. Y además sales de marcha. Pero señores, podíamos salir, sin problemas, sin censuras, nos podíamos dar el filete por la calle con quien nos diera la gana. Podíamos beber (las mujeres digo), y podíamos decir lo que nos diera la gana.
Toda la sociedad fue caminando hacia la opulencia, hacia el tener frente a la austeridad. Al progreso entendido como montañas de cosas, tecnología como bien en si mismo, destrucción de todo vestigio pasado de tradición, leyenda o explicación que sonara a rancio. Los colores de los ochenta eran los imposibles fluorescentes, en los noventa el vinilo, líneas depuradas. Larga vida al plástico.
Fuimos avanzando todos, progres, carcas, fachas e izquierdosos hacia una sociedad glotona, ignorante, devoradora, mitómana de la tecnología, sacralizamos (todos) a nuestra bendita democracia, a nuestra bendita constitución y al bendito estado del bienestar. Y ahora, díganme señores ¿Por qué coño tendríamos nosotros, las almas cándidas de 18 años, que pelear? ¿Contra qué? ¿Contra las becas con las que estudiamos? ¿Contra la sanidad de la que disfrutábamos? ¿Contra las bibliotecas públicas donde podíamos sacar y leer “El manifiesto comunista”?. Mi primer alcalde, señores, fue Tierno Galván.
“La gente de tu generación no pelea”. No, y les voy a contar qué nos pasa por la cabeza cuando acertamos a pensar un poco.
Estudiamos para ser alguien, mamamos la opulencia y el estado del bienestar (cuando ya fracasaba en el resto de Europa) en el que nos educaron. Acabamos hasta las narices de discursos que por lógica no entendíamos (emocionalmente era imposible entenderlo), de tipo “Cuando íbamos a las manifestaciones del 1º de Mayo” o “cuando corría delante de los grises”.  ¿Y a mi qué más me da? Acabas de comprarte un coche super caro, quieres un piso en la playa como todo el mundo, y quieres que yo estudie para que gane mucha pasta y sea alguien( de lo cual se deduce que el que no la tiene no es nadie). Bien señores, prediquen con el ejemplo, ¿De qué pelea hablamos? ¿Qué coherencia hay en sus vidas? ¿Ir a una manifestación legal cubre el expediente de llevar una vida de excesos?. Y Ahora, díganme. Si quitamos ciertos ritos progres, como los antes mencionados, ¿Qué nos queda?. Efectivamente, un capitalismo fagotizador, que, como un potente opiáceo hemos inhalado desde el momento de nacer, en 1979.
En primer lugar, como decía Luckács, hace falta una conciencia de clase. Es imprescindible tomar conciencia. Pero no, sepamos algo, conciencia y seguir en este sistema son cosas contradictorias.
En segundo lugar, estamos mal. La gente de mi generación está mal. Nos sentimos estafados. Lo hicimos todo bien, sacamos buenas notas y no somos nadie. Un puto parado en tierra de nadie que ve como se le echa el tiempo encima. Una mujer a la que le enseñaron que ser ama de casa estaba pasado de moda y ahora se ve recluída en el hogar. Nadie nos preparó para ello, a diferencia de nuestras abuelas o madres, nosotras teníamos reservado un futuro diferente.
No somos la generación más joven, no somos la de mediana edad (40, ¿no?). No fuimos niños digitales ni niños de posguerra. No hemos conocido (la mayoría de nosotros) lo que es tener la tranquilad de echar raíces, el futuro asegurado. Y me diran que ahora no lo tiene nadie. Ya, ya, pero nosotros o al menos muchos, no hemos saboreado nunca esa sensación. Y lo peor es que no tenemos esperanza de poder hacerlo, ni de cobrar pensiones, etc.
Así qué, como un gato panza arriba, pateamos, bufamos, sacamos la uñas, e intentamos sobrevivir al desencanto, a la desesperanza, a la tremendísima hostia que nos hemos dado. Y nos buscamos la vida.
Puerta cerrada, y ahora, ¿Qué?. Buscamos una salida, buscamos la esperanza, la dejamos olvidada en algún rincón. Buscamos nuestro sitio.
No mira, no, no me reinvento, sobrevivo. Nunca me inventé, para mi estaba todo dicho, carrera, matrimonio, hijos, casa en la playa y monovolumen,  y ahora resulta que no era así. Camino cerrado, busco un atajo. Pero no hago borrón y cuenta nueva, como dice mi amigo Jose, “siempre cargas con tu pasado”. No me reinvento, me busco las habichuelas.
Y benditos sean los cielos, porque no todo el mundo puede pararse y saber si caminaba en la dirección correcta.

Eso si, al próximo que me diga que me dedique a la agricultura ecológica le parto la cara.

jueves, 8 de agosto de 2013

De la mediocridad y otras enfermedades comunes

La Real Academia de la Lengua Española define lo mediocre como algo"de calidad media" o bien "de poco mérito tirando a malo".
Tirando a malo...
La mediocridad, por paradójico que parezca, se me antoja una peculiaridad del ser humano. Algo que no por común, deja de ser excepcional. Aunque para ser sincera, es más bien la manera de abordar la propia mediocridad lo que me parece fascinante.
Tal y como entiendo aquí la mediocridad, es en su segunda acepción: la propiedad de ser de calidad baja tirando a malo. Común, vulgar, sin brillo, sin genialidad, de una inteligencia y habilidad limitada, del montón, sin nada por lo que destacar especialmente, anodino, amorfo, aburrido, insignificante, que pasa desapercibido, que aporta poco o nada nuevo.
Decía que me parece fascinante la forma en que la abordamos, porque realmente, la negación de nuestra propia mediocridad nos espolea, impulsándonos a salir de ella, al tiempo que dejamos patente de esa manera, lo mediocres que somos.
Esbozaré algún estereotipo de mediocre, de modo que se entienda esto que digo.
- El mediocre intelectual.
Busca ideas geniales que ya pensaron otros para hacerlas suyas y sorprender en tertulias. Tertulias y diálogos que busca para dejar claro que no pertenece a esa ralea de gente mediocre que no habla de grandes temas. Diálogos que monologa para que no se le vea que son ideas copiadas, que difícilmente es capaz de defender con la fuerza de sus propios argumentos.
Busca libros sobre pensadores, sobre "la breve historia del mundo para dummies", "el manual del existencialista", "recopilación de grandes clásicos de la música", "como ser rarito y que se te note", "desprecia a tu vecino el de Lady Gaga con Pink floyd en 15 días", "chistes y bromas de los Monty Phyton para que no te pillen en un renuncio".
Y es que anda a la zaga de los no mediocres y como periodista ávido/a de exclusivas, lleva el bloc de notas mental para apuntarlas todas. Porque aunque no es genial, huele la genialidad a leguas, sabe arrimarse a buen árbol.
Podría engañar a cualquier polígrafo, porque está tan acostumbrado/a a creer que ciertas ideas las piensa por sí mismo, que se ha llegado a convencer de que es listísimo/a.
El problema es leerse el "Ulises" de Joyce o "Rayuela"... Pero bueno, se lía la boina negra a la cabeza y para delante...
- Mediocre modernilla/o (Hipster)
Es una versión Apple de todo lo anterior con barba (en caso de tener suficiente testoterona), gafas de pasta y pañuelo al cuello hasta en verano en Sevilla.
- La/ el mediocre "puedo pagar la excepcionalidad"
En general es una persona que piensa que la mediocridad es un mal que se cura con dinero. Este tipo de mediocre tiene muchas variantes, desde gente que se esfuerza en leer revistas de moda y tiene la habilidad de copiar las recomendaciones, hasta los archifamosos dientes de oro, cenas en restaurantes de comida molecular, partidos de golf, viajes de fin de semana en Japón con compañías de bajo coste para luego fardar, etc.
La característica fundamental de este tipo de mediocre es que intenta imitar en la medida de sus capacidades, el estilo de vida de las personas que tienen más dinero que ellos, o consideran de una cualidad humana superior.
- El/la mediocre carne de gimnasio
Son literalmente carnes de gimnasio, depilados/as, hidratados/as, tonificados/as, y con alimentación a base de pienso compuesto en forma de batidos. Algunas de estas personas encuentran la razón de su existencia en cultivar el cuerpo (y a veces la mente) como el que siembra tomates. Objetivo: "lograr el cuerpo que me han dicho que es perfecto". Las excusas son varias, pero en cierto grado de obsesión por el musculito, las operaciones de tetas y el colágeno, late (en parte) una necesidad de no ser uno más, la necesidad de que alguien se gire y nos mire por la calle.
Este último punto no es suficientemente explicativo de ciertas actitudes con respecto al cuerpo, pero eso lo dejo para otro artículo.
Uno tras otros vamos cayendo en los tópicos (en todos los tópicos), porque necesitamos ser especiales, necesitamos un poco de atención, afirmar una identidad que nos ha protegido durante mucho tiempo. Porque sin saber muy bien porqué, la mediocridad tal como la entendemos, es un cíclope del que hay que huir. Cada uno se escapa por el camino opuesto al que considera que sería el marcado para su mediocre vida.
Pues bien, desde aquí reivindico la mediocridad, el término medio, la sencillez, lo insignificante. La simpleza que caracteriza a muchas personas y las hace realmente especiales, como diría Heidegger, "auténticas". Gente que no pelea contra lo que considera mediocre porque simplemente es como es. Personas que disfrutan con una chancletas viejas, comiendo pipas, leyendo un comic, viendo una peli romántica, sacándose las pelotillas de los pies, que se aburren leyendo el "Ulises" de Joyce y no entendieron "2001".
Reivindico la mediocridad, la presencia, la sensualidad, la sencillez, el placer. Porque a fin de cuentas, "nada de lo humano me es ajeno"