Al hilo de las ensoñaciones...

miércoles, 5 de febrero de 2014

"Canto al cuerpo..."

El otro día leyendo un libro, me llamaba la atención la enumeración que hacía de características ligadas al estereotipo del género masculino. Entre ellas estaban la actividad física, la salud, la fortaleza o el deporte.
Realmente no es nada nuevo, el deporte, el contacto con el cuerpo, su uso y disfrute, ha estado ligado a la esfera masculina. La fuerza, la salud y el vigor siempre se han escrito en masculino.
Nosotras en cambio, parece que nos hemos relacionado con nuestro cuerpo desde el dolor. El dolor de la menstruación, el dolor de parir, el dolor del sexo por primera vez, el dolor de ver que el cuerpo nunca se ajusta a los cánones sociales sean cuales sean. Dolor, odio y resentimiento hacia el vehículo que nos planta en la vida y nos otorga la gracia infinita de disfrutarla.
Me resulta curioso un estar-no-vital-en-el-mundo, parece un contrasentido vivir rechazando la propia vida, huyendo de ella. Pienso en Nietzsche.
Es por medio del cuerpo que nos llegan las sensaciones, por el cuerpo y a través de él, conocemos el mundo. Así, de pequeños nos lo comemos, de mayores lo vivimos y de viejitos, gracias a él filosofamos.
Materia y forma unidas al modo aristotélico han un sido privilegio exclusivo de varones. Y las mujeres reducidas al mundo de las ideas sui generis al que nos recluyó Platón y la Iglesia Católica, quizá nos hayamos visto forzadas a cultivar el alma y los sentimientos que se suponía, eran propios de nuestro sexo. Desgajando así, una parte de lo que somos y mutilando un ser que ha vagado amputado durante siglos.
Los Pitagóricos, Platón, el Cristianismo, el Racionalismo mecanicista y una larga lista de pensadores que extirparon al cuerpo de sus sistemas. En otro plano, la publicidad, los medios, el mercado que viven de enemistarnos con él. Soma sema, cuerpo cárcel. El enemigo a derrocar, “combate la celulitis”, “elimina las patas de gallo”, “acaba por siempre con el acné”, “fuera ese michelín”. No parece nuestra propia vida, sino una secuencia de Rambo… “Dios mío, esto es un infierno”.
Me asombro ante la fuerza de esas mujeres sin nombre en la historia que practicaron deporte en un mundo de hombres. De esa mujer que decidió correr un maratón cuando era algo sólo para hombres, Kathrine Switzer.  La de esas mujeres, cargadas de prejuicios que se deciden a mover un cuerpo que hasta el momento sólo les ha traído disgustos. Que un día tonto se miran al espejo y les gusta su tripa redondeada y el color de sus pezones que amamantan. ¿Qué fuerza poderosa hizo que corrieran más rápido que sus prejuicios y levaran el ancla?
Romper la maldición y la cuerda que nos ata al pasado y al presente más rancio y lanzarse al mundo a reencontrarse con lo que andaba disperso e ignoto, es la sorpresa encontrar que, nuestra media naranja es el propio cuerpo abandonado por el camino.
Sorpresa cuando la sensación es de afecto y de gratitud al descubrir un consejero y fuente inagotable de placer y de alertas veraces. Un amigo paciente ante los caprichos de una mente muchas veces confundida, sobreviviendo a los castigos que le inflige. Un luchador que tira hacia delante cuando parece que no quedan fuerzas. Una fuente inagotable de superación, de placer.
Sorpresa, soy un cuerpo que piensa, que corre y que ama.
Salir del odio al que nos obliga la historia y el mercado y mirarnos frente al espejo. Querer al cuerpo que somos. Vivir el cuerpo que somos. Decir si. Celebrarnos.
Ser cuerpo es hacer la revolución y empezarla en casa.

Señoras,  hagamos nuestra la proclama de Walt Whitman y cantemos al “cuerpo eléctrico”.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Correr por donde se fue

Prejuicios que muerden los pies o la curiosidad tirando del trineo.
Sentir el peso del destino o una liviana corriente.
Transitar los sagrados mandatos tantas veces recorridos o desbrozar a cada paso.
No hay color, nunca pensé que fuera tan distinto correr por donde se es a correr por donde se fue.
Ha sido divertido pensar que corría burlando al hado y a las moiras.
¡Dios! cuanto dan para pensar cinco miserables kilómetros.

martes, 27 de agosto de 2013

Treinta y pico y a la deriva o de la reinventación

Me decía un señor el otro día, sin darse cuenta del daño que podía hacer y desde el cariño: “me dais mucha pena hija, vais a ser una generación perdida”.
Efectivamente, no lo vamos a ser, lo somos. Somos una generación que se encuentra perdida, sin horizonte, sin saber lo que es un trabajo estable, sin saber lo que repartir clandestinamente propaganda del PCE, sin saber lo que es la postguerra, sin haber conocido un ordenador hasta los 15 y un móvil hasta los 20. No hemos rotos tabúes sexuales porque ya lo habían hecho antes, no hemos vivido la dictadura, no peligramos con la heroína, no vivimos la movida, y el botellón lo conocimos con bastante más edad de la que se conoce ahora. Nacimos en democracia, vimos la “Bola de Cristal”, “Barrio Sésamo” y el “Planeta imaginario”.
Nunca tuvimos porqué pelear, porque nacimos en un país libre, y cuando crecimos, a ninguno de nosotros le extrañaba ir a la universidad. De hecho esas frases de “ahora los hijos de los obreros también van a la universidad”, nos podían llenar de orgullo, pero no acertábamos a calcular la profundidad de su significado.
Si señores, no tuvimos que pelear, ni ocultar la chapa del del Ché Guevara. Podíamos hablar de política, podíamos ir a la universidad, podíamos aspirar a tener dinero, (era a lo que había que aspirar). No tuvimos que pelear porque a lo que se nos enseñó fue a estudiar, estudiar y estudiar. “Tú estudia para ser alguien en la vida”. “¡Glups!”, “pues si es una cuestión de ser algo o no ser nada, prefiero ser algo”, piensas, y dices “¡hala!, a estudiar”. Estudias la EGB, estudias, BUP, porque hay que ser alguien, estudias la carrera, porque hay que ser alguien. Una licenciatura. Movida por la inercia, por los sueños, por las pajas mentales o por el ansia de pelas. Tu estudias porque es lo que hay que hacer. Y además sales de marcha. Pero señores, podíamos salir, sin problemas, sin censuras, nos podíamos dar el filete por la calle con quien nos diera la gana. Podíamos beber (las mujeres digo), y podíamos decir lo que nos diera la gana.
Toda la sociedad fue caminando hacia la opulencia, hacia el tener frente a la austeridad. Al progreso entendido como montañas de cosas, tecnología como bien en si mismo, destrucción de todo vestigio pasado de tradición, leyenda o explicación que sonara a rancio. Los colores de los ochenta eran los imposibles fluorescentes, en los noventa el vinilo, líneas depuradas. Larga vida al plástico.
Fuimos avanzando todos, progres, carcas, fachas e izquierdosos hacia una sociedad glotona, ignorante, devoradora, mitómana de la tecnología, sacralizamos (todos) a nuestra bendita democracia, a nuestra bendita constitución y al bendito estado del bienestar. Y ahora, díganme señores ¿Por qué coño tendríamos nosotros, las almas cándidas de 18 años, que pelear? ¿Contra qué? ¿Contra las becas con las que estudiamos? ¿Contra la sanidad de la que disfrutábamos? ¿Contra las bibliotecas públicas donde podíamos sacar y leer “El manifiesto comunista”?. Mi primer alcalde, señores, fue Tierno Galván.
“La gente de tu generación no pelea”. No, y les voy a contar qué nos pasa por la cabeza cuando acertamos a pensar un poco.
Estudiamos para ser alguien, mamamos la opulencia y el estado del bienestar (cuando ya fracasaba en el resto de Europa) en el que nos educaron. Acabamos hasta las narices de discursos que por lógica no entendíamos (emocionalmente era imposible entenderlo), de tipo “Cuando íbamos a las manifestaciones del 1º de Mayo” o “cuando corría delante de los grises”.  ¿Y a mi qué más me da? Acabas de comprarte un coche super caro, quieres un piso en la playa como todo el mundo, y quieres que yo estudie para que gane mucha pasta y sea alguien( de lo cual se deduce que el que no la tiene no es nadie). Bien señores, prediquen con el ejemplo, ¿De qué pelea hablamos? ¿Qué coherencia hay en sus vidas? ¿Ir a una manifestación legal cubre el expediente de llevar una vida de excesos?. Y Ahora, díganme. Si quitamos ciertos ritos progres, como los antes mencionados, ¿Qué nos queda?. Efectivamente, un capitalismo fagotizador, que, como un potente opiáceo hemos inhalado desde el momento de nacer, en 1979.
En primer lugar, como decía Luckács, hace falta una conciencia de clase. Es imprescindible tomar conciencia. Pero no, sepamos algo, conciencia y seguir en este sistema son cosas contradictorias.
En segundo lugar, estamos mal. La gente de mi generación está mal. Nos sentimos estafados. Lo hicimos todo bien, sacamos buenas notas y no somos nadie. Un puto parado en tierra de nadie que ve como se le echa el tiempo encima. Una mujer a la que le enseñaron que ser ama de casa estaba pasado de moda y ahora se ve recluída en el hogar. Nadie nos preparó para ello, a diferencia de nuestras abuelas o madres, nosotras teníamos reservado un futuro diferente.
No somos la generación más joven, no somos la de mediana edad (40, ¿no?). No fuimos niños digitales ni niños de posguerra. No hemos conocido (la mayoría de nosotros) lo que es tener la tranquilad de echar raíces, el futuro asegurado. Y me diran que ahora no lo tiene nadie. Ya, ya, pero nosotros o al menos muchos, no hemos saboreado nunca esa sensación. Y lo peor es que no tenemos esperanza de poder hacerlo, ni de cobrar pensiones, etc.
Así qué, como un gato panza arriba, pateamos, bufamos, sacamos la uñas, e intentamos sobrevivir al desencanto, a la desesperanza, a la tremendísima hostia que nos hemos dado. Y nos buscamos la vida.
Puerta cerrada, y ahora, ¿Qué?. Buscamos una salida, buscamos la esperanza, la dejamos olvidada en algún rincón. Buscamos nuestro sitio.
No mira, no, no me reinvento, sobrevivo. Nunca me inventé, para mi estaba todo dicho, carrera, matrimonio, hijos, casa en la playa y monovolumen,  y ahora resulta que no era así. Camino cerrado, busco un atajo. Pero no hago borrón y cuenta nueva, como dice mi amigo Jose, “siempre cargas con tu pasado”. No me reinvento, me busco las habichuelas.
Y benditos sean los cielos, porque no todo el mundo puede pararse y saber si caminaba en la dirección correcta.

Eso si, al próximo que me diga que me dedique a la agricultura ecológica le parto la cara.

jueves, 8 de agosto de 2013

De la mediocridad y otras enfermedades comunes

La Real Academia de la Lengua Española define lo mediocre como algo"de calidad media" o bien "de poco mérito tirando a malo".
Tirando a malo...
La mediocridad, por paradójico que parezca, se me antoja una peculiaridad del ser humano. Algo que no por común, deja de ser excepcional. Aunque para ser sincera, es más bien la manera de abordar la propia mediocridad lo que me parece fascinante.
Tal y como entiendo aquí la mediocridad, es en su segunda acepción: la propiedad de ser de calidad baja tirando a malo. Común, vulgar, sin brillo, sin genialidad, de una inteligencia y habilidad limitada, del montón, sin nada por lo que destacar especialmente, anodino, amorfo, aburrido, insignificante, que pasa desapercibido, que aporta poco o nada nuevo.
Decía que me parece fascinante la forma en que la abordamos, porque realmente, la negación de nuestra propia mediocridad nos espolea, impulsándonos a salir de ella, al tiempo que dejamos patente de esa manera, lo mediocres que somos.
Esbozaré algún estereotipo de mediocre, de modo que se entienda esto que digo.
- El mediocre intelectual.
Busca ideas geniales que ya pensaron otros para hacerlas suyas y sorprender en tertulias. Tertulias y diálogos que busca para dejar claro que no pertenece a esa ralea de gente mediocre que no habla de grandes temas. Diálogos que monologa para que no se le vea que son ideas copiadas, que difícilmente es capaz de defender con la fuerza de sus propios argumentos.
Busca libros sobre pensadores, sobre "la breve historia del mundo para dummies", "el manual del existencialista", "recopilación de grandes clásicos de la música", "como ser rarito y que se te note", "desprecia a tu vecino el de Lady Gaga con Pink floyd en 15 días", "chistes y bromas de los Monty Phyton para que no te pillen en un renuncio".
Y es que anda a la zaga de los no mediocres y como periodista ávido/a de exclusivas, lleva el bloc de notas mental para apuntarlas todas. Porque aunque no es genial, huele la genialidad a leguas, sabe arrimarse a buen árbol.
Podría engañar a cualquier polígrafo, porque está tan acostumbrado/a a creer que ciertas ideas las piensa por sí mismo, que se ha llegado a convencer de que es listísimo/a.
El problema es leerse el "Ulises" de Joyce o "Rayuela"... Pero bueno, se lía la boina negra a la cabeza y para delante...
- Mediocre modernilla/o (Hipster)
Es una versión Apple de todo lo anterior con barba (en caso de tener suficiente testoterona), gafas de pasta y pañuelo al cuello hasta en verano en Sevilla.
- La/ el mediocre "puedo pagar la excepcionalidad"
En general es una persona que piensa que la mediocridad es un mal que se cura con dinero. Este tipo de mediocre tiene muchas variantes, desde gente que se esfuerza en leer revistas de moda y tiene la habilidad de copiar las recomendaciones, hasta los archifamosos dientes de oro, cenas en restaurantes de comida molecular, partidos de golf, viajes de fin de semana en Japón con compañías de bajo coste para luego fardar, etc.
La característica fundamental de este tipo de mediocre es que intenta imitar en la medida de sus capacidades, el estilo de vida de las personas que tienen más dinero que ellos, o consideran de una cualidad humana superior.
- El/la mediocre carne de gimnasio
Son literalmente carnes de gimnasio, depilados/as, hidratados/as, tonificados/as, y con alimentación a base de pienso compuesto en forma de batidos. Algunas de estas personas encuentran la razón de su existencia en cultivar el cuerpo (y a veces la mente) como el que siembra tomates. Objetivo: "lograr el cuerpo que me han dicho que es perfecto". Las excusas son varias, pero en cierto grado de obsesión por el musculito, las operaciones de tetas y el colágeno, late (en parte) una necesidad de no ser uno más, la necesidad de que alguien se gire y nos mire por la calle.
Este último punto no es suficientemente explicativo de ciertas actitudes con respecto al cuerpo, pero eso lo dejo para otro artículo.
Uno tras otros vamos cayendo en los tópicos (en todos los tópicos), porque necesitamos ser especiales, necesitamos un poco de atención, afirmar una identidad que nos ha protegido durante mucho tiempo. Porque sin saber muy bien porqué, la mediocridad tal como la entendemos, es un cíclope del que hay que huir. Cada uno se escapa por el camino opuesto al que considera que sería el marcado para su mediocre vida.
Pues bien, desde aquí reivindico la mediocridad, el término medio, la sencillez, lo insignificante. La simpleza que caracteriza a muchas personas y las hace realmente especiales, como diría Heidegger, "auténticas". Gente que no pelea contra lo que considera mediocre porque simplemente es como es. Personas que disfrutan con una chancletas viejas, comiendo pipas, leyendo un comic, viendo una peli romántica, sacándose las pelotillas de los pies, que se aburren leyendo el "Ulises" de Joyce y no entendieron "2001".
Reivindico la mediocridad, la presencia, la sensualidad, la sencillez, el placer. Porque a fin de cuentas, "nada de lo humano me es ajeno"

martes, 9 de julio de 2013

Sugerencia dialéctico-sexual para una conversación de terraza de verano

Cuando salgo a andar, pero especialmente cuando salgo a correr, entre miles de recetas de cocina, me asaltan pensamientos. El otro día me asaltó uno con especial virulencia.
Hipótesis: la excitación sexual se aprende.
Hace tiempo leía un libro, "la herejía lesbiana" de Sheila Jeffreys. Una de las tesis que mantenía (y que a mi me parecía demasiado vikinga) era que el deseo sexual, lo que nos pone, en realidad se aprende. El modelo imperante es de clara dominación masculina a nivel global, por tanto, nuestras conductas sexuales, nuestro deseo sexual, viene mediatizado por el patriarcado.
Como decía, a mi me parecía una postura exagerada, desmedida y sacada de contexto. Pero realmente, con el paso del tiempo y a la luz de lo que observo, me ha llegado a parecer una más que razonable explicación a ciertos comportamientos que me parecen incomprensibles.
Me parecía desmedida porque el deseo sexual siempre se explica desde el individuo. Lo que a uno le excita, no necesariamente le excita a otro, lo concebía como algo tan privado, que cualquier categoría de lo público se me antojaba una intromisión ilegal, distintas categorías.
Pero esa es la gran trampa, ahí está. Vuelta a la esfera pública y a la esfera privada, vuelta a defender comportamientos tremendamente discriminatorios por considerarlo asuntos privados. No, lo privado es política.
Se  nos enseña de muy diversos modos a excitarnos ante distintas imágenes, de hecho, creo firmemente que es parte de nuestra educación de género. La dulzura, la sumisión, la provocación, resistirse, caer rendida... Una chica heterosexual sin experiencia sexual sabe qué tiene que hacer, sabe interpretar el papel.
Estoy hablando generalidades sin dar demasiadas argumentaciones, pero creo que remitir a la realidad que nos rodea, me exime un poco de ello. No del todo, lo sé.
¿Por qué mujeres adultas, inteligentes, con la cabeza bien amueblada leen novela cutre erótico-romántica y les pone? ¿Por qué mujeres adultas, inteligentes, siguen cayendo derretidas por instantes ante el típico chulito de playa agresivo? ¿Por qué mujeres adultas e inteligentes siguen albergando un dominador que las cuide dentro de sus más oscuras fantasías sexuales?
Por lo mismo que ponemos la voz más aguda ante un hombre que ante una mujer (en este punto sólo hablo de heterosexualidad), por lo mismo que en algún momento de la película se nos ha pasado por la cabeza tener más tetas o menos culo, por lo mismo que en un punto de nuestra vida no hemos sabido muy bien si éramos madres o esposas. Por una educación perversa, profundamente podrida, donde la primera conquista sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas, se ha efectuado en nuestras mentes.
El otro día, ante mi estupefacción, vi que el día de la manifestación folclórica del orgullo gay, por la noche pusieron en la televisión pública, un documental sobre el componente biológico de la atracción sexual. Me quedé dormida casi cuando estaba acabando, pero he de señalar que:
1. Sólo se contempló el atractivo sexual desde la explicación biologicista más rancia.
2. En ella evidentemente (y hasta donde yo vi) la homosexualidad y bisexualidad no tenían ningún tipo de explicación (y mucho me temo que por tanto tampoco legitimación), en tanto que el atractivo iba en función de las señales que nuestro cuerpo mandaba para indicar que estábamos muy fértiles en ese momento.
3. De fondo, latía la argumentación clásica de nos enamoramos y emparejamos como comportamiento adaptativo que permite la superviviencia de la especie, ya que es una manera de procrear para perpetuarnos. El atractivo sexual es por tanto una respuesta biológica para asegurar la continuidad en el tiempo de nuestra especie.
Bien, no voy a negar nada, pese que desde el punto de vista de los estudios epidemiológicos, y la metodología científica, ese documental tendría que dar muchas explicaciones. No voy a negar que no tengamos hormonas, ni que se nos hinchen los labios o los senos cuando estamos excitadas, no niego que haya reacciones biológicas, eso sería absurdo. Lo que sí niego es que una descripción de los procesos biológicos de la excitación o del atractivo sexual, sean una explicación de las causas. Me niego a admitir (por insuficiente) la explicación biologicista del atractivo sexual, como la única. Porque de hecho (y no soy relativista) distintas culturas consideran erótico o atractivo distintas actitudes o rasgos.
La explicación naturalista es tan peligrosa y encierra tanta perversión y puede llegar a legitimar tal cantidad de barbaridades, que sería muy bueno estar alerta.
Reflexiones finales:
- Que burdo y a la vez qué sutil, poner ese documental tan aparentemente inocuo el día del orgullo gay.
- No me puedo creer que aquellas personas que argumentan bajo el credo "es que si no la especie humana se extinguirían", no sean capaces de dar un pasito mental más allá, o simplemente consultar los datos acerca de la superpoblación, o mirar en cuanto su día a día desmonta ese argumento.
- Dominación y sumisión, público y privado son categorías con una fuerza explicativa tal, que se me hace impensable la comprensión del mundo sin ellas. Pero lo más importante, la liberación de la mujer pasa necesariamente por la absoluta liberación de nuestra mente y de nuestros cuerpos, de nuestro sexo, del deseo.

domingo, 23 de junio de 2013

Del miedo y el sentido telúrico ancestral

Miedo: huída, dientes o parálisis. Hacerse el muerto o seguir hacia delante, atacar, ir de frente. ¿De qué depende la reacción? ¿Es aprendida?.
Instintos dormidos que se despiertan por una décima de segundo haciendo que el cuerpo reaccione solo. Todos los sentidos alerta, los músculos en tensión, más torrente sanguíneo, el corazón late fuerte. Imperceptiblemente nuestra espina dorsal también se eriza. Correr, huir si el enemigo es más fuerte y tenemos escapatoria. Atacar si consideramos que el enemigo es más débil. Quedarse inmóvil y fingir morir si no podemos usar las opciones anteriores.
Simplemente reaccionamos. El dolor y el placer activan la misma parte de nuestro cerebro. Pura acción. Una parte ancestral que ha sobrevivido a siglos de adaptación y quizá es la más adaptativa de todas. Cerebro de reptil. Ahí está la clara prueba de que somos uno más, no uno por encima.
Curiosamente veo a diario como, pese a todas las alarmas, pese a esa imperiosa necesidad de huída, muchas veces perseveramos en permanecer impasibles ante la voz que nos reclama la fuga. Amortiguamos con mil razonamientos lógicos, lo que sin palabras nos dice ese sentido telúrico ancestral.
Lomo erizado, orejas alertas. Pero tenemos razones como losas, que nos anclan al suelo. Que nos lapidan.
Entonces la agresión invisible empieza. Sangre transparente manando a chorro por venas que ya no vemos. Hemos decidido quedarnos aún sabiendo que va a doler. Esa es la palabra, decisión. Argumentos parole, parole, parole.
Mientras, nuestro tótem amordazado, pugna por salir. Se remueve dentro, lo notamos, pero le cantamos para espantar el mal. Parole.
Ante la inminente caída al abismo, el animal totémico se libera. Es esa luz resiliente, que persiste en nuestra vida. Entonces corremos, corremos como alma que lleva el diablo, eso si, dejando un rastro de sangre de la que nos ocuparemos cuando estemos en un lugar a salvo.

Ya no hay palabras sino estupefacción. Una pregunta constante ¿por qué?.

sábado, 22 de junio de 2013

Derecho a la ira

Una terrible forma perversa de dominación es prohibir el derecho a la ira. Extirpar el grito ahogado de la garganta, abortar la voz y atar las manos a la espalda.
Y digo perversa pero digo mal, no es en el sentido literal perversa como algo invertido, algo que va por otro camino distinto al que se considera normal. Es perversa entendido como malo, cruel y retorcido. Digo mal, pero digo bien, porque pese a ser cruel y retorcido, es el camino habitual, no es un camino pervertido, es el más transitado.
A las mujeres se nos impide en un cierto sentido el derecho a enfadarnos. Me explicaré lo mejor que sea capaz. Mi tesis es la siguiente, hay en un espectro de cosas, en las que las mujeres, socialmente no somos educadas para mostrar ira. Y cuando digo ira digo ponerse hecha una hidra. Decir tacos, frenar, poner límites, decir basta, mandar a alguien a tomar por culo.
Que te pisan el fregado, si; que te ensucian el lavabo, si; que te ponen los cuernos, si; que pillas a tu pareja o a un amigo/a en una mentira, también. Hay un campo amplio que transcurre en lo que se considera nuestro ámbito (de acción) y lo que se espera de nuestro rol de género, a saber: ser ordenadas, buenas, educadas, eficientes, respetuosas, comprensivas, empáticas, sensibles, pacientes (muy pacientes), alegres, intuitivas, limpias. En fin los transcendentales de los que hablaban los medievales: ens, unum, verum, bonum, pulchrum.
Bien, cualquier cosa explicable desde esas categorías, justificaría un enfado.  Esto es, si nosotras actuamos como las mujeres que se supone que debemos ser, y en nuestro hacer cotidiano algo ataca nuestras labores o afecta a ese modo de ser, el enfado (temporal y transitorio), estaría justificado.
Además el enfado es preferible que curse con morritos de niña pequeña o como la fierecilla domada o como esa asquerosa película de John Wayne ("Un hombre tranquilo"), donde, una mujer por establecer límites, es arrastrada del pelo por prados, hasta ser obligada a casarse. Es decir, es imprescindible que dejemos entrever que es posible nuestra doma.
Ahora bien, si el enfado cursa con acciones asertivas que establezcan claramente los límites que no vamos a tolerar, entonces podemos tener dos problemas, nuestro enfado, y el enfado de la persona que legítimamente se cree con derecho a ahogar nuestra voz.
Qué enfados no están permitidos... Bien, podría hacer una lista muy larga y muy discutible, pero como esto es una opinión y un blog seré breve. No se admiten enfados iracundos que intenten establecer libertad en la toma de decisiones, que atenten contra la imagen de seres angelicales que debemos ser, que digan que cualquiera de nuestros seres queridos o muy cercanos o seres que consideramos débiles y necesitados, nos tienen hasta los mismísimos cojones (dudaba de poner esta palabra, pero es mi blog y pongo lo que me da la gana). Es decir cualquier enfado que se revele contra la tiranía polimórfica y perversa a la que estamos sometidas las mujeres.
Y si señores si, pueden ustedes pensar que eso del perverso polimorfo es muy freudiano, y que la tiranía patriarcal está tan pasada de moda como la expresión proletario y obrero para describir a los pringaos de los curritos. Pues si, efectivamente, está psado de moda, igual que el tergal, y al igual que el tergal, lo seguimos teniendo, apolillado en nuestro asqueroso fondo de armario.
¿Es que jamás nos vamos a plantear por qué narices somos las mujeres las que más sufrimos enfermedades autoinmunes, depresiones, hipotiroidismo, ansiedad?
¿Es que no vamos a llamarle nunca a las cosas por su nombre? Joder, coño, tristeza, sumisión, dominio, olvido.
No se puede decir: "estoy harta de que mis hijos me tengan esclavizada", "no me da la gana obedecer", "mi madre enferma me va a acabar matando", "ojalá enviudara antes que él", "te odio", "estoy harta", "os vais a ir todos a la mierda y que os atienda el espíritu santo". Decir y actuar en consonancia, "déjame en paz".
No, podemos enfadarnos y patalear un rato, y a los cinco minutos olvidarlo todo y ser ese ser amoroso y benévolo caracterizado por la "Primavera" de Boticelli. Una madre fecunda, nutricia, amorosa, desprendida, dadora de vida y de amor.
El amor a los demás tiene un límite, el nuestro propio no debería tenerlo.
Basta ya del miedo, basta ya del "te pones muy fea cuando te enfadas", basta ya de ahogar el grito, de posar la rabia, de bajar las defensas.
Somos tan guapas cuando nos enfadamos que nos convertimos en animales sobrehumanos. Doblamos las fuerzas, despegamos del suelo somos rojas de sangre, negras de bilis. Somos tan guapas cuando enseñamos los dientes, cuando bufamos, cuando se nos eriza el lomo y sacamos las uñas. Somos seres preciosos, acrecentadas por la ira, . Inteligentes, poderosas, brujas, mujeres, con legítimo derecho a la ira y con derecho a morder.