El Oeste era la frase que escuchaba mil veces antes de dormir. Me la susurraban los Zeppelin al oído y me llevaban al onírico sitio donde "mi espíritu gritaba por liberarse".
Hacia el Oeste se me perdía la vista, ensoñando, cuando intentaba adivinar qué había detrás de las montañas de mi pueblecillo manchego.
El Oeste, al otro lado de la M30, ocultaba el sol y lo guardaba hasta el día siguiente. Era ese momento de la tarde en que el cielo le regalaba un billete de ida a mis ojos, encerrados en un pequeñísimo rincón.
Las leyendas de donde moría el sol, el destino, la muerte, el sentido de la vida, la última gran aventura, el final de la tierra. El Oeste.
Sueños recurrentes y un coche blanco que me llevaba allí. La ventana para escapar de las miserias.
Luego fue la música, el Oeste y el verde. El verde.
Se hizo de pronto tarde y me fui como el conejo de Alicia. Había algo que no podía esperar.
El Oeste.
Apareció tras la M30, tras las montañas. Definitivamente.
Me dio alojamiento y me enseño un par de lecciones. Con calma.
Que nunca supe bien en qué parte se hallaba lo esencial aquí dentro, si en el norte o en el sur. Paradojas de la vida, tuve que venir al Este para confirmar algo que sospechaba, que siempre fui del Oeste.
Al hilo de las ensoñaciones...
martes, 8 de septiembre de 2015
jueves, 2 de julio de 2015
Conversaciones con Manu. El banquete.
Esta entrada surge a raíz de una conversación con Manu, donde le contaba mi idea del Banquete de la vida. Así que, ambos decidimos hacer una entrada sobre la misma metáfora. Aquí tenéis la forma en que lo desarrolló él. Ciertamente, siempre me sorprende el hecho de que sea capaz de ver la idea más lejos de lo que la veo yo (que soy bastante más miope para estas cosas)
Aquí os dejo mis desvaríos.
"La gran risa liberadora de quien comprende que la alegría llama a la adhesión a la realidad, a la celebración del cuerpo, a lo vivo , inmanente y concreto"
Michel Onfray, Las sabidurías de la Antigüedad. Contrahistoria de la Filosofía I
No pretendo hacer una ley de esto, ni mucho menos. Sólo creo
que quien se niega a probar sabores diferentes por sistema, se niega a conocer
una parcela de la realidad. Los alimentos como tantas cosas, están ahí y de
nosotros depende disfrutarlo o hacer un problema de ello.
Aquí os dejo mis desvaríos.
"La gran risa liberadora de quien comprende que la alegría llama a la adhesión a la realidad, a la celebración del cuerpo, a lo vivo , inmanente y concreto"
Michel Onfray, Las sabidurías de la Antigüedad. Contrahistoria de la Filosofía I
Todo comienza, con un
poco de suerte, con la teta de mamá. Un sabor dulce y cálido que nos conecta.
Probablemente nuestro primer contacto con ella, con la vida.
Lo oral, fuente de placer gastronómico y sexual, quizá sea también un modo de acercarnos al mundo, ya que lo conocemos,
en parte, a través de lo que comemos. Una comida es un pequeño fragmento de
realidad, alguien que nos cuenta una historia, o nosotros mismos los que nos la
contamos.
La primera vez que pensé esto fue a raíz de convivir con una
chavala de unos 17 años con serios problemas para comer, para probar
cosas nuevas. Casi se diría que era miedo. ¿Qué había detrás de ese miedo a
comer una cereza, un trozo de calamar o un poco de zanahoria?
No salía de los sabores básicos de su casa. Sabores muy
claros, muy definidos y en cierta manera predominaba lo neutro entre los
alimentos que elegía. Las texturas secas, sin matices. Pollo, salchichas,
tomate frito de bote, espaguetis y arroz. Era como no querer salir de la zona
de confort, ese miedo a lo desconocido y un claro rechazo a lo diferente.
La negación tan rotunda me tenía francamente confundida y
cabreada. No me entraba en la cabeza que alguien no tuviera la más mínima
curiosidad por saber cómo sabía el tomate o la sandía. Pero la respuesta la fui
viendo a medida que me percataba de que esa negación por probar cosas
diferentes era en cierta manera paralela a una cierta timidez o miedo a salir
del mundo conocido.
No pretendo hacer una ley de esto, ni mucho menos. Sólo creo
que quien se niega a probar sabores diferentes por sistema, se niega a conocer
una parcela de la realidad. Los alimentos como tantas cosas, están ahí y de
nosotros depende disfrutarlo o hacer un problema de ello.
Por medio de la comida podemos ampliar horizontes, conocer
el modo de vivir de una determinada región (que esto da para otra entrada),
desarrollar la sensibilidad, el olfato, la vista y nuestra capacidad de goce.
Probar texturas nuevas, combinaciones, se me antoja un excitante viaje por el
mundo.
Un día en una comida monumental de estas que hay en Galicia,
me acordé que leí hace tiempo que el paraíso para los celtas era un banquete
donde la comida no se acababa nunca. No sé la veracidad de esto, porque venía
en un libro de 100 pesetas que me compré hace mil años.
El caso es que sin saber muy bien cómo, cristalizó en una
metáfora: y es que la vida, esta vida,
me parece un gran banquete.
Lo vi claro en esa fiesta. La comida en cuestión se prolongó
hasta la noche, entonces se sacó la cena, cachola (cabeza de cerdo salada y
cocida), lacón, chorizo, jamón, en fin, manjares. Por la noche tuve la suerte
de sentarme al lado de lo que me pareció que era el Gran Hedonista. Un hombre
que destilaba una gran capacidad de goce en todos los sentidos posibles. Cogió
la enorme cabeza de cerdo y fue cortando pequeños trocitos de carne de partes
poco accesibles, me fue dando a probar, decía “esta es la mejor parte”, partía
carne y la ponía en trozos de pan casero. La carne era jugosa, tierna, en su
punto de cocción y de sal. Él llenaba mi copa de vino y contaba chistes. Reía
con una gran proyección de voz. Era una de estas personas que no pasan
desapercibidas.
Cogía un poco de cada cosa, elegía el queso como un policía
tras una pista, miraba qué chorizo coger. Era una gozada verle comer y poder participar
de esa sabiduría.
Así que, lo vi claro, la vida me parecía un gran banquete.
Comerse la vida es un modo de conocerla y de estar en ella. Se puede disfrutar
de lo que nos ofrece o quedarnos en un rincón con un canapé de salchicha y
bacon. Elegir hablar con todo el mundo o
quedar en pequeño grupo. Catar todos los caldos o ir a lo seguro. Vivimos en
cierto modo de la misma manera que nos comportamos en un banquete.
En un banquete, hay pocas personas que saben cuando hacer
una parada. El arte de beber y comer con moderación pero sin renunciar a ese
puntillo alegre y probar todos los platos. Para poder hacerlo hay que saber qué sucede en
nuestras cuerpas (que dirían los CxC), poner sentido común y a veces fuerza de
voluntad para parar. Todos sabemos que la línea entre disfrutar y sufrir es muy
delgada y admiramos a quienes tienen la maestría de disfrutar all night long sin drogas.
De igual modo se me
figura una correspondencia en la vida que llevamos, pocos viven con conciencia del
momento y menos aún toman decisiones mirando de frente. Ahora le llaman
Mindfullness, pero desde el budismo siempre se ha hablado de este tema. Estar
en el aquí y ahora, sin huir.
La metáforas son difíciles de explicar.Quizá en este
banquete no se sabe muy bien qué pintamos y de haberlo sabido antes nos habríamos
depilado. Quizá no sea la mejor fiesta del mundo, pero ya que estamos aquí
habrá que divertirse.
Sólo veo claro que cuanto más pruebo de lo que hay más me
gusta y hay ahí un par de personas a las que aún no he saludado.
Ahora vuelvo.
miércoles, 24 de junio de 2015
"Puedo decir los versos más tristes esta noche"
Cinco minutos antes de entrar al segundo examen de la oposición al cuerpo de profesores de secundaria, se me ocurrió levantar la cabeza de los apuntes y mirar con ojos demasiado humanos a la gente que me rodeaba. Trescientas personas licenciadas en filosofía no se juntan todos los días.
Llámadlo cansancio, lo único que pude escribir fue lo siguiente.
"Lo mires por donde lo mire somos gente triste. Gente que nunca tuvo un lugar muy claro en la sociedad y que ahora lo tiene menos.
Muchos fuimos adolescentes extraños, gente introvertida. Pocos acabaron de entender por qué elegimos estudiar filosofía, incluso nosotros a veces no lo entendemos.
Como una sombra, la constante sensación de tener que justificar que no se extinga.
Desesperanzados, sin ánimo, sin futuro. Muchos sin haber desarrollado nunca nada de lo que estudiaron, otros tantos ya no recordamos cuando fue la última clase.
Me pregunto qué somos, qué pintamos. Quizá nada.
No somos nada, no valemos para nada. Aristóteles decía que la filosofía no tenía un para qué sino un porqué. Pero en realidad no hacemos barcos, no somos electricistas ni llevamos la contabilidad. Sabemos tirar de hilo de los pensamientos, desarticular un texto, recitar la tesis 11 sobre Feuerbach. Sabemos mirar en las palabras. Poco más que nada. Hoy hacen falta para qués.
Pese a todo algo nos llevo a estudiar filosofía. En algún momento creímos en ella, en nosotros. Para algunos fue refugio.
¿Qué queda de esa fe? Nada.
Esto no tiene sentido y aún así, perseveramos para no quedarnos absolutamente desterrados de la sociedad.
La urgencia por vivir nos aparta a muchos de la filosofía y quedamos nadando a la deriva, sin asidero y sin ubicación.
Somos náufragos peleando por llegar a una isla, peleando por que nos descubra un barco o por ser capaces de ser nuestro propio barco, porque la escalera la tiramos hace tiempo y siempre supimos que a veces es mejor callar"
Llámadlo cansancio, lo único que pude escribir fue lo siguiente.
"Lo mires por donde lo mire somos gente triste. Gente que nunca tuvo un lugar muy claro en la sociedad y que ahora lo tiene menos.
Muchos fuimos adolescentes extraños, gente introvertida. Pocos acabaron de entender por qué elegimos estudiar filosofía, incluso nosotros a veces no lo entendemos.
Como una sombra, la constante sensación de tener que justificar que no se extinga.
Desesperanzados, sin ánimo, sin futuro. Muchos sin haber desarrollado nunca nada de lo que estudiaron, otros tantos ya no recordamos cuando fue la última clase.
Me pregunto qué somos, qué pintamos. Quizá nada.
No somos nada, no valemos para nada. Aristóteles decía que la filosofía no tenía un para qué sino un porqué. Pero en realidad no hacemos barcos, no somos electricistas ni llevamos la contabilidad. Sabemos tirar de hilo de los pensamientos, desarticular un texto, recitar la tesis 11 sobre Feuerbach. Sabemos mirar en las palabras. Poco más que nada. Hoy hacen falta para qués.
Pese a todo algo nos llevo a estudiar filosofía. En algún momento creímos en ella, en nosotros. Para algunos fue refugio.
¿Qué queda de esa fe? Nada.
Esto no tiene sentido y aún así, perseveramos para no quedarnos absolutamente desterrados de la sociedad.
La urgencia por vivir nos aparta a muchos de la filosofía y quedamos nadando a la deriva, sin asidero y sin ubicación.
Somos náufragos peleando por llegar a una isla, peleando por que nos descubra un barco o por ser capaces de ser nuestro propio barco, porque la escalera la tiramos hace tiempo y siempre supimos que a veces es mejor callar"
martes, 16 de junio de 2015
Universo N
Recitarías a Pessoa en portugués,
con esa cadencia.
Dirías suavente "te quiero"
con las manos
Y la hierba, ajena al deseo
Lentamente
Pasando horas
Mientras, la luz se cobraría justa retribución
por los meses de invierno.
Y yo sabría por el ritmo de tu respiración
que nos habríamos perdido para siempre en el verano...
con esa cadencia.
Dirías suavente "te quiero"
con las manos
Y la hierba, ajena al deseo
Lentamente
Pasando horas
Mientras, la luz se cobraría justa retribución
por los meses de invierno.
Y yo sabría por el ritmo de tu respiración
que nos habríamos perdido para siempre en el verano...
domingo, 14 de junio de 2015
Croquetillas de jamón. El amor y sus formas
Que no cuento nada nuevo lo sé, pero el otro día metida en los fogones, cobró fuerza este pensamiento de a veite duros.
Más que la ropa o la música, de un modo menos impostado, lo que sucede en nuestra cocina habla de nosotros con absoluta claridad.
Más que la ropa o la música, de un modo menos impostado, lo que sucede en nuestra cocina habla de nosotros con absoluta claridad.
Supongamos tres frigoríficos:
a/ Lasagna precocinada, un tomate a punto de morir
y jamón york pasado. Una bolsa de pan de molde, mantequilla y dos paquetes de
salchichas jumbo. Leche semi.
b/ Calabacines, berenjenas, tomates, lechuga, tofu
y un poco de guiso de alubias que sobró. Leche de avena, tortitas de frutas y
semillas de lino molidas.
c/ Pescado adobado para hacer al horno, leche
entera y desnatada, fresas con nata en una ensaladera, filetes de ternera,
verdura, tomates, caldo y marisco preparado para hacer paella, jamón serrano y
queso, dos lechugas y doce yogures.
Estoy casi segura de que le podemos poner nombre y apellidos
a cada una de esas neveras. Por algo será.
Cocinar, es una parte necesaria (en términos relativos) de
la vida, pero lejos de ser sólo un modo de procurar combustible para nuestros
motores, es un acto lleno de profundidad. Una expresión del vivir, de pensar,
de la manera en que entendemos el mundo.
Lo que sucede en nuestras cocinas a veces es también un reflejo
de nuestra biografía. Y si no, ¿Cuántas veces en pareja, no se ha discutido sobre
el modo de freír las patatas, hacer las croquetas o sobre lo que debe llevar
una ensaladilla? El clásico “en mi casa no se hacía así” o “Igualita que la de
mi madre”, tocan núcleos muy duros. Jamás le digáis a nadie “a mi madre le sale
mejor”.
Incorporamos platos de los sitios que hemos visitados y los
pasamos por nuestro propio filtro, esas sardinas tan ricas que probaste en
Grecia, el raxo de Betanzos, el falafel
que comimos en Turquía.
Asimilamos influencias, quizá de gente a la que queremos o
admiramos, e incluimos sus platos a nuestro repertorio (Pienso en los canelones de Conchi, en los boquerones de Mayte, en el pastel belga de mi tía Trini, en la fideuá de su vecina de Valencia, en la empanada de mi vecina, en el caldo de Maria Jesús).
De tal modo, que nuestras recetas acaban
siendo un crisol de relaciones sociales o de nuestra inquietud vital, incluso
de la ausencia de las dos cosas.
Nos manifestamos como carnívoros, como vegetarianos, como
comprometidos con el comercio local, como consumidores absolutamente
irreflexivos cuando no se nos ocurre mirar ni una etiqueta o saber de dónde
procede lo que comemos. Nos expresamos como hedonistas o como ascetas, como
seres pasivos o personas que deciden sobre cómo quieren vivir conscientemente.
No comprar o pedir la cabeza de la merluza pensando en las
kokotxas, es un modo de tomarse la vida. Imaginarse una salsa para esa ternera.
De entre todo eso que caracteriza el cocinar, me parece
especialmente bonito cuando cocinamos para otros, porque ya de entrada y antes
de entrar en harina, comenzamos regalando pensamientos a las personas para las
que vamos a cocinar.
Se piensa en lo que le gusta a esa persona, en qué alimentos
hay de temporada, en cómo se va a hacer, en cuándo se va a comprar. Miramos
recetas, o nos intentamos acordar de “aquella vez que le gustó tanto no sé qué
en aquel sitio”. Si se cocina habitualmente, además, se tienen en cuenta, raciones que llevamos
comido de carne, verdura o legumbres.
Aunque lo hagamos con destreza, desde el mercado hasta el
plato, empleamos atención y tiempo en que esa obra efímera le guste a la
persona que tenemos delante. Usamos creatividad, habilidades y memoria hasta
para hacer unas lentejas o dejar el solomillo en su punto.
Cuando alguien nos pone delante un plato de caldo (galego)
nos pone delante muchas horas, quizá ir a por las berzas, lavarlas, cortarlas,
seleccionar la carne, haber puesto el día anterior las fabas a remojo, ir a por
las patatas, saber hacer y darle la cocción necesaria. Un buen pisto manchego hecho con tiempo. Si nos presentan un
filete a la plancha, probablemente recuerden si nos gusta poco o muy hecho ( y
las madres recuerdan eso por muchos hijos que tengan). Esas madres haciendo torres
de filloas o de torrijas (poneos un día a hacerlo y me diréis)
Cocinar es un acto más, que nos dice quiénes somos y cómo
hemos decidido vivir.
Pero, por encima de todo ello, cuando cocinamos para otro, o
nos tomamos en consideración a nosotros mismos, me parece una forma de decir, “te
quiero”.
El amor tiene muchas caras, a veces es cuestión de entender el idioma en el que habla.
domingo, 7 de junio de 2015
Sandía en el Puente Vallecas. Las persianas verdes
Sucedía en algún momento de finales de mayo y principios de
junio, amanecía un día de sandalias y la estación se había marchado como quien
deja atrás la página de un libro. Ese día comenzaba el calor y no nos
abandonaba hasta septiembre.
Se sabía que empezaba el verano porque a la una y media,
cuando llegábamos del cole, mi madre bajaba las persianas verdes de los
balcones para que no diera el sol espartano del Puente Vallecas.
Otro síntoma inequívoco de la llegada del verano era ver
andar a mi padre con la camisa interior de tirantes, comiendo sandía en el
balcón, mirando casi siempre al bulevar.
Por las noches regaban las calles, tarde, hacia las doce. Me
parecía fascinante. Me colaba entre mis hermanos, en el balcón, y nos
quedábamos a mirar a ver si nos regaban. Luego a la cama. En verano en mi casa
se le daba la vuelta a la almohada y dormíamos con los pies en la cabecera,
para que nos llegara más aire. Era un ritual más y me encantaba, porque desde
los pies de la cama, veía un trocito de cielo que dejaba el piso de enfrente.
Ese mágico día en que se empezaban a bajar las persianas a
medio día, las puertas de nuestras casas quedaban abiertas a excepción de la
hora de la siesta, y el patio bullía con la vida propia de las corralas. Hasta
que no fui mayor nunca tuve conciencia de lo afortunada que fui por criarme en
un sitio así, en pleno corazón del Puente Vallecas en los años duros de la
heroína y a escasos metros de la monstruosa M30. Nos criamos en un entorno muy
similar a un pueblo, jugábamos en el patio, las vecinas miraban por nosotros.
Era menos cárcel que un piso.
Andábamos jugando con los huesos de los albaricoques, para hacer silbatos. Todo el día sentadas en las escaleras. Las tardes eternas, contando atrás los días para ir al pueblo, donde éramos radical y definitivamente libres. Siempre me dieron pena los niños que no tenían pueblo ni patio. “El verano en Madrid”, pensaba, “debía ser peor que un suplicio”.
Sucede a veces, en esta época, que salta como un resorte
cierto recuerdo corporal de aquella época, la energía fuerte y luminosa del
verano.
Sucede a veces, en esta época, que un poso de nostalgia se
instala en las alas del pensamiento.
No es el idioma de las palabras el que cuesta aprender, sino
el modo en que se expresa la vida.
viernes, 29 de mayo de 2015
Ser mujer y no querer ser madre. Vade retro Satán
La conversación suele arrancar así:
- Que, ¿Y vosotros tenéis hijos?
- No
- -Pues hay que animarse, ¡¿Eh?!
- -Ya, jeje – risa nerviosa-
Y en ese punto de la conversación suelo hacer un barrido
rápido a modo de Robocop, para evaluar la siguiente frase que voy a decir. Hay
varias alternativas:
1. Si me pilla de buen humor, con paciencia y la
persona que tengo delante puede ser abierta de mente, le digo:
- "Ya, verás… No quiero tener hijos"
2. Si es una persona muy mayor o veo que razonar va
a ser imposible tirando a violento:
- "Ya, jeje, bueno, como ahora no trabajo / trabajo
con contrato temporal/ trabajo fuera… pues no es el momento"
3. Si me pilla de mala hostia o muy mala hostia o
simplemente sincera, hay varias opciones:
a. "¿Por qué hay que animarse?"
b. " No quiero ser madre"
En cualquier caso, el diálogo en un 99% de las veces
continua con un incómodo interrogatorio acerca de los motivos que te llevan a
no querer ser madre, donde se suele insinuar que es falta de madurez, que es
algún tipo de trauma de la infancia no superado, que eres
una persona egoísta, algo inconsciente porque claro no vas a ser fértil toda la
vida o que tienes algún tipo de bloqueo en el chakra del ombligo.
Ok google, y ahora que alguien, por Dios bendito, que
alguien me diga ¿PORQUÉ COÑO NADIE LE HACE SEMEJANTE CUESTIONARIO A LA GENTE
QUE QUIERE TENER HIJOS?. A fin de cuentas yo no voy a joderle la vida a nadie
excepto la mía propia si fuera el caso.
Vamos, vamos, todos sabemos de casos en los que, ojalá esas personas no fueran padres y madres.
Vamos, vamos, todos sabemos de casos en los que, ojalá esas personas no fueran padres y madres.
Bien, ahora hago un alto para aplaudir a todas esas personas
que consciente y libremente, se embarcan en la maravillosa aventura de ser papás
y mamás. Que han elegido su proyecto vital, y ese proyecto es criar niños,
amarlos y educarlos. Esas parejas rebosantes de alegría que florecen ante la
maternidad y la crianza, que sacan adelante niñas y niños sanos, alegres y
futuros ciudadanos del mundo. Bravo por ellos, porque han elegido su camino y
lo están recorriendo con amor y cabeza.
Ojo, que no es un proyecto excluyente y lo sé. Pero es un modo más de estar en el mundo.
Ojo, que no es un proyecto excluyente y lo sé. Pero es un modo más de estar en el mundo.
Entiendo la maternidad como un modo de vida, compatible
e incompatible con otros proyectos o no. De igual modo, me parece que un modo
de vida es estar metido en política, vivir en la ciudad o en el campo, cambiar
de país, dedicarse a la investigación o a la ganadería. Ser madre y padre es un
camino más, no el único.
Como plan de vida que es, digo "NO", no lo quiero. De igual modo no
quiero vivir en la ciudad, no quiero irme a Laponia, como no quiero muchas
cosas para mi vida. Y no es un problema psicológico (que me lo he hecho mirar),
no es un trauma, no es egoísmo, ni síndrome de Peter Pan. Es cabeza, es elegir la vida, concretamente nuestra propia vida y decidir sobre ella.
¿Por qué nadie me pregunta por qué no me voy a vivir a
México?, soy tan perfectamente capaz como de tener hijos. ¿Por qué nadie me
pregunta por qué no me saco la tesis doctoral?, hasta donde yo sé también podría. ¿O por qué
no me dedico al mundo de espectáculo?
Dos amigos a quienes tengo por hombres inteligentes (muy
inteligentes), de mente abierta y
grandes personas, me dieron la clave para entender por qué nadie me preguntaba
esas cosas y sin embargo me freían con el tema de la maternidad.
Uno de ellos no ha tenido hijos y ya pasa esa edad (social, no biológica) en la que
los podría haber tenido. Me intentó convencer, que es lo que la gente suele
hacer.
Para convencerme me dijo que una amiga en común, que acababa de tener una niña, estaba muy feliz, guapísima y radiante. Mentalmente pensé que tener sexo satisfactorio con asiduidad, también tiene esos efectos, pero me callé. Finalmente me dijo lo que muchas personas, “te vas a arrepentir”. Así que le dije, ¿Te arrepientes tú de no haberlos tenido?. La pregunta le dejó fuera de juego, porque claro, él era un hombre. Se supone que en mi era diferente, yo me realizo como mujer siendo madre, ¿No?.
Para convencerme me dijo que una amiga en común, que acababa de tener una niña, estaba muy feliz, guapísima y radiante. Mentalmente pensé que tener sexo satisfactorio con asiduidad, también tiene esos efectos, pero me callé. Finalmente me dijo lo que muchas personas, “te vas a arrepentir”. Así que le dije, ¿Te arrepientes tú de no haberlos tenido?. La pregunta le dejó fuera de juego, porque claro, él era un hombre. Se supone que en mi era diferente, yo me realizo como mujer siendo madre, ¿No?.
El otro fue mucho más agresivo. Me insinuó que, dado que no
tenía trabajo y parece que estaba jodido que lo tuviera, me podía lanzar de
lleno a ser madre. Cojonudo. Por hacer
un símil diré que fue como un cabezazo en los dientes y dos patadas en la boca
del estómago. Yo lo interpreté libremente como si me dijera que hiciera algo de provecho. Algo que cualquier parada necesita escuchar porque ni se le ha pasado por la cabeza.
Este era el núcleo. Ser mujer es en
el fondo ser madre en la ideología predominante. Sigue siendo visto como la
culminación de nuestro ser, como ese mágico momento en que finalmente
desplegamos todos nuestros potenciales: amor infinito, paciencia, ciudado,
mimos, etc. Entendidos como atributos esenciales de lo femenino.
Una parte sine qua non, llegaremos a ser verdaderamente mujeres.
De no ser así, debería ser aplicable (este imperativo de la reproducción) a los hombres. Pero… saquemos a nuestra machista interior ¿A que no lo vemos igual?
Una parte sine qua non, llegaremos a ser verdaderamente mujeres.
De no ser así, debería ser aplicable (este imperativo de la reproducción) a los hombres. Pero… saquemos a nuestra machista interior ¿A que no lo vemos igual?
Me imagino que, además, las personas necesitamos validar o
justificar nuestras decisiones. Es decir, la mayoría tienen hijos y muchos quizá no
supieron hasta que era tarde, que era algo optativo. Así que sé que esta
insistencia también puede responder a intentar justificar los actos que hemos
hecho.
Bien, para concluir diré que esas bellas capacidades de amor y de cuidados, no creo que sean ni exclusivamente femeninas y además se pueden y (deberían) dirigir (en primer lugar) hacia una
misma. Las podemos compartir con hijos o con el mundo entero. Se me viene a
la cabeza el caso de dos amigas que se han vuelto a meter en política con el
ánimo de cambiar en mundo en la medida de sus posibilidades. Están radiantes,
bellísimas y con una energía preciosa. Pienso en esas mujeres que buscan el
camino para salir de situaciones jodidas, que toman las riendas y se convierten
por primera vez en madres de sí mismas. En esas mujeres entregadas a su
profesión, que crecen y le regalan al mundo su cabeza y sus manos.
El mundo es amplio, el ser humano asombroso y las formas de
la maternidad casi infinitas.
Soy mujer, soy fértil y decido sobre mi vida.
PS. Realmente la conversación suele acabar diciendo, “ya
verás, al mes que viene te quedas preñada” o “en dos años cambias de opinión”.
A lo cual responde el maestro Yoda “El futuro en movimiento está, joven jedi”. En cualquier
caso, nosotras parimos, nosotras decidimos.
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