Al hilo de las ensoñaciones...

lunes, 13 de agosto de 2018

ASÚN. EL PRIMER INVIERNO


Cada mañana de este verano va acompañada de una dolorosa rutina: me levanto y me asomo por la ventana para mirar como Asún sale a dar de comer a los gatos; pero cada mañana de este verano me doy contra la misma pared: Asún murió este año y con ella ha muerto una parte esencial de mi vida en San Martín. Da igual cuántas veces mire por la ventana, eso no va a cambiar.
El otro día apenas pude soportar ir al cementerio sin que se me hiciera un nudo inmenso en la garganta. Estaba allí pero ya se había marchado. Para siempre. La muerte como reflexión es sencilla; la muerte, como desaparición de un afecto recíproco, duele. A veces la racionalización es completamente inútil, hoy no necesito clases magistrales del señor Feuerbach sobre La muerte y la inmortalidad.
Asún ha muerto y es necesario que asuma que jamás nos volveremos a tomar juntas un café. Hace diez años me pidió encarecidamente que nunca me despidiera de ella para siempre. Me dijo que si alguna vez me iba de San Martín, no le dijera adiós  porque ya llevaba demasiadas despedidas en su vida y, sabiendo que nunca me despediría, se hacía la ficción de que jamás llegaría ese momento, el de la despedida.
Y sin embargo, ese momento ha llegado. Ambas mantuvimos la palabra, jamás nos despedimos, pero nunca volveremos a tomar café juntas. Nunca.
Para entender la importancia que tiene su muerte es preciso entender aquel primer invierno. La distancia que me da trabajar en Aragón hace posible que ya pueda escribir de este mi  pueblo blanco. Tengo que retrotraerme a Madrid, a Vallekas, a la Biblioteca de Miguel Hernández, donde las grandes cosas (las buenas y las malas) de mi vida han tenido su semillero.
Una llamada de teléfono al salir de la biblioteca. Una sustitución de cinco meses en Fonsagrada. “¿La aceptas?”.Venía el autobús, lo dejé pasar. “Sí, la acepto. Pero vivo en Madrid, ¿podría incorporarme el lunes?”. “¡En Madrid!, claro mujer, tienes un día más. Efectivamente, veo aquí una dirección de Madrid. Vale, te pongo para el lunes”.
Volví a la Biblioteca para mirar un mapa y saber dónde quedaba Fonsagrada (no, niños y niñas, no existía google maps) Después llamé a una amiga que hice en Chantada y le pregunté por mi nuevo destino. La conversación fue muy breve porque Isabel no podía hablar en ese momento, lo que sí hizo fue reírse: “Te lo pasarás bien, esa zona es de montaña. Recuerda llevar ropa de abrigo, en Fonsagrada nieva”.
Con esa información hice la maleta al llegar a casa y reservé una habitación en el Hotel  Cantábrico. Fue todo tan rápido que apenas dio tiempo a pensar. Ensillé el Peugeot y al día siguiente ya iba de camino.
El año anterior había trabajado en Padrón, en Chantada y en Vimianzo, fue mi primer año en Galicia. Hice una amiga en Padrón que era de un pueblo cercano a Fonsagrada, Baralla. A ella también le dio la risa al enterarse de que me mandaban a Fonsagrada. Yo iba con un mosqueo considerable, no sabía si me habían mandado a la montaña de Lugo o a Alaska en pleno invierno.
Mi amiga de Baralla me dijo que la gente de la montaña era bastante especial, en concreto la gente de Fonsagrada. Me habló de la Movida de Fonsagrada, algo que sucedió a principios de los años noventa. Verdaderamente eso sí que es una historia que merece ser contada en otra ocasión. Lo que pone en los periódicos es que fueron movilizaciones vecinales, pero María José me habló de una auténtica Revolución rusa. Me dijo que estaba de enhorabuena porque la carretera llevaba poco tiempo arreglada.
Con esos datos (literalmente era todo cuanto sabía) llegué a Fonsagrada después de ir imaginando cómo sería la antigua carretera de Fonsagrada y la gente bolchevique de mi nuevo destino. Para los que no lo sepan, Fonsagrada está en la cima de una montaña, en la mismísima cima; “a fin de cuentas”, pensé, “algo bolchevique hay que ser para encaramar un pueblo en la cima de una montaña”.
El paisaje y las vistas iban siendo cada vez más impresionantes y me tranquilizó pensar que, al margen de cómo fuera el trabajo, en un sitio tan bonito no podría estar mal. No obstante, gracias a la navegación mental fui abandonando la navegación material y al entrar en Fonsagrada o bien no vi el cartel con el nombre del pueblo o bien lo vi y no me pareció suficientemente grande como para ser Fonsagrada, estuve a punto de pasarlo de largo.
Paré el coche en una parte donde se ven los Ancares. Era una tarde despejada y soleada de octubre; me había perdido un concierto de Van Morrison por ir allí y las vistas le hacían sombra hasta a la voz de mi admirado Cowboy de Belfast. De nuevo pensé que sería difícil amargarme esos cinco meses con semejantes vistas.
Sé que antes he dicho que el pueblo me parecía pequeño, en efecto lo es, lo cual no impidió que me perdiera buscando el Hostal. Llegué al bar Galicia y allí me indicaron. Creo que estaban asombrados de que me hubiera perdido.
Llegué al hostal cansada, perdida, confusa y asustada, muy asustada. ¿Cómo sería el instituto? ¿Cómo sería la gente? ¿Cómo sería la chavalada? ¿Dónde puñetas iba a cenar? Al entrar al Cantábrico una corriente de paz me atravesó las dudas. Filo, la mujer más dulce del mundo, estaba haciendo encaje de bolillos y me acogió con una sonrisa. Luego me enseñó la habitación y me dijo que había más profesores en el hostal (Marta y Leandro), me tranquilizó y me trató tan bien, que de nuevo pensé que mucho se tendrían que torcer las cosas para estar mal allí.
Hay un sentimiento que acompaña siempre que se trabaja en una tierra que no es la propia y no se  tiene familia allí: una especie de desamparo radical, de destierro o exilio. Se está a la intemperie, con la alerta y los mecanismos de adaptación trabajando constantemente. Las primeras noches se pasan pensando qué pinta una tan lejos de casa y qué hace una chica como tú en un sitio como este. Esa sensación, al menos en mi caso, no ha solido ser nunca muy duradera, quizá no la he dejado germinar por pura supervivencia. No obstante, esa noche  algo lloré. El desamparo es frío.
Llegó el lunes, la hora de la verdad. Madrugué y de camino al instituto vi uno de los espectáculos que más me han sobrecogido siempre en Fonsagrada: al fondo los Ancares y extendiéndose a mi derecha una especie de lago de niebla bañado con una luz increíble. Fue entonces cuando conocí al que sería mi pueblo; buceaba bajo ese mar.
No entraré en detalles sobre el instituto (merece episodio aparte), del cual guardo el mejor de mis recuerdos. Solo decir que gracias a Raquel, una compañera de Marín, me enteré de que alquilaban una casa en San Martín y, por lo que me contó, era justo lo que había soñado: una casa en un pueblo. Después de ver la casa y el pueblo lo tenía tan claro que no hubo presión posible que evitara que viviera allí, y los aseguro que hubo unas cuantas. Bien mirado era joven, mujer y madrileña, un buen cóctel para que no les pareciera la persona más idónea para vivir sola allí.
Me fui a vivir a San Martín después de pasar el puente de Noviembre en Madrid. Llegué de noche a Fonsagrada y como la prudencia es una gran virtud (ya lo decía Aristóteles, la mejor de todas) me quedé a dormir en el Cantábrico porque me asustaba la carretera. Filo me ofreció la habitación más grande del hotel para que pasara allí los cinco meses. No os lo he contado, pero había sido la habitación de Ornella Muti, que estuvo allí rodando una película (“Tierra de Fuego”). Era tentador, la habitación era verdaderamente espectacular, pero la decisión estaba tomada de manera irrevocable.
Cuando llegué a San Martín llovía suavemente, era por la tarde y casi añochecía. No sabría decir qué tenía en mayor cantidad, si miedo o alegría o una mezcla explosiva de ambas. El caso es que el que primer habitante que vino a recibirme fue Miro, o can do Seco, una especie de pastor belga perezoso. Estaba tan asustada (ahora el sentimiento era claro) que creo recordar que le dije que me alegraba mucho la visita, pero tenía demasiado miedo. El perro me miró con incredulidad  y se fue. Así que, por motivos evidentes le bauticé Sirius Black.
Me encantaría decir que no tenía miedo, pero el caso es que sí. La casa donde iba a dormir estaba en una aldea de unos 30 habitantes, sin bar, sin tienda y la ¿calle? donde estaba no tenía luz. Dentro de la cocina la dueña de la casa me había dejado una cesta con leña, pastillas para encender el fuego y unas patatas. Honestamente, con las patatas tenía claro lo que iba a hacer, pero lo de encender el fuego no era tarea fácil. Lo logré encender después de gastar casi toda la caja de cerillas y pastillas.
Antes de seguir el relato, es importante hacer un pequeño paréntesis para hablar de la primera lección de protocolo que recibí. El sábado del primer fin de semana en Fonsagrada tuve que ir a dormir a Chantada porque el Cantábrico tenía todas las habitaciones ocupadas. Isabel, mi amiga de Chantada me aportó información valiosa para vivir en una aldea. Me dijo que era fundamental que saludara a todo el mundo y tuviera alguna palabra con los vecinos, por ejemplo, hablar del tiempo, de cuándo iba el pan o el pescado. También me dijo que probablemente alguna vecina fuera a visitarme para conocerme; en tal caso, sería interesante dejarle pasar hasta la cocina e invitarle a un café. Añadió que si veía a alguien del pueblo por la carretera lo normal era ofrecerle ir en coche, en caso de que yo fuera conduciendo (eso me trajo una anécdota graciosa con El Paisa alguna semana más tarde). Acepté los consejos de buen grado.
A eso de las nueve de la noche alguien llamó a mi puerta, era Asún. Una pequeñísima mujer de unos ochenta años, rubia y con mandil de cuadros. Un tiempo más tarde entendí que era algo excepcional, ella salía muy poco de casa y nunca a esas horas. Se presentó, me dijo su nombre y me regaló una docena de huevos y un bizcocho casero. Así que puse en marcha el protocolo de Isabel. La dejé pasar hasta la cocina, le ofrecí un café y le pregunté qué día iba el pan. Me dijo que había venido a quitarme el miedo y a darme la bienvenida y (esto lo digo yo) a darme las normas básicas de convivencia. Me explicó que San Martín era un pueblo tranquilo donde todos los vecinos eran una gran familia, con sus problemas pero unidos. El respeto y la ayuda mutua eran muy importantes. Me dijo esa noche y me demostró a lo largo de los años, que nadie se metía en la vida de nadie, pero había que entender que mantener la buena convivencia era fundamental.
No estuvo mucho rato, lo suficiente para dejarme claro el mensaje, que no tuviera miedo, que se alegraba enormemente de tener a alguien joven viviendo a su lado, que no rompiera la convivencia y que podía contar con ella. Me invitó a ir algún día a su casa a tomar café.
La decisión y la fuerza de esa diminuta mujer me dejaron casi sin palabras y lo más importante, me quitaron el miedo. Entendí que vivir en un pueblo quizá no era solo vivir en un pueblo, así como que el respeto a la vida privada no era el equivalente al anonimato urbano. Había pasado a formar parte de una familia de la que me tendría que ganar la confianza y el cariño.
La echo tanto de menos… Hasta ahora solo había llorado unas lágrimas cuando me enteré de su muerte, pero voy a romper el silencio escribiendo esto en un autocar, casualidades quieren que en la música del Alsa Supra tengan un disco de Van Morrison. El Moondance fue mi banda sonora esos cinco meses. Mientras escribo esto vuelve a sonar.
Mi vecina estaba en las antípodas respecto a mi pensamiento político, en cualquier otro contexto eso hubiera supuesto un problema. Pero yo conocí a la vecina, a la que me enseñó a hacer empanada y a hilar, a hacer jerseys con manga japonesa, a hacer bizcocho sin levadura. Una mujer inteligente y culta que vino esa noche y logró quitarme el miedo con palabras y bizcocho de yogur.
La leña crepitaba en medio de un silencio casi absoluto. No pegué ojo en toda la noche. Ahí comenzaba el primer invierno. Nada volvería a ser igual, pero poco o nada sabía yo aquella noche de hasta qué punto todo iba a cambiar.
Ahora miro a la acuarela que nos dejó como regalo este invierno Carmen, nuestra amiga farera. Lo dibujó en enero. En ella se ve la casa de Asún y el humo de la chimenea. Me gusta pensar que en esa acuarela aún está ella sentada en la cocina cerca del tiro probablemente tomando café.

lunes, 30 de julio de 2018

Mensaje en una botella


Comienza McLuhan su libro Understanding the Media con un capítulo titulado“el medio es el mensaje”, donde desarrolla esta idea de modo poco lineal, más bien con un estilo aforístico. Quizá el punto de más claro donde lo explica es en este fragmento:
“El cubismo, al rendir en dos dimensiones todo lo de dentro, fuera, arriba, abajo, delante, detrás y todo lo demás, abandona la ilusión de la perspectiva por una percepción sensorial instantánea del conjunto. El cubismo, al capturar la percepción instantánea y total, anunció de repente que el medio es el mensaje”

Con esto podemos pensar que McLuhan entiende como mensaje en sí mismo la forma en la que el propio mensaje se expresa.
En otro artículo Mith and Mass media (1959) dice que: el “lenguaje influye en el carácter de lo pensado, sentido o dicho” (tesis que recuerda mucho a la de Saphir- Worf acerca del relativismo lingüístico (1940)). Dicho de manera más clara: la lengua materna influye (o determina, según la interpretación que se haga) el modo en que pensamos, sentimos y conceptualizamos. A modo de ampliación  de la tesis anterior diríamos que la propia estructura en la que va inserta el mensaje, determina el mensaje. Por tanto, constituiría otra fuente de información. 
“El efecto y el mensaje de los medios es su forma”, es decir la forma en que se da el mensaje afecta tanto como el contenido del propio mensaje.
Según repensaba ejemplos para poder entender esta idea, me acordaba de lo que decía Umberto Eco acerca de la “máquina del fango”, en el contexto de la reflexión sobre de los medios de comunicación y su paulatino "enfangamiento".
Aquí están ods enlaces donde lo explica.

https://www.dailymotion.com/video/x3qv7l9 (Aquí el vídeo completo)

Por ejemplo, dos noticias diferentes contadas una después de la otra (pongamos un caso hipotético, una noticia sobre Podemos y acto seguido otra sobre Venezuela). Un pequeño detalle que se deja entrever, no tiene mayor importancia pero se formula con cierto aire de misterio.
En este sentido cabe pensar que  aquello que constituye el mensaje, no es lo que de hecho de dice, sino la forma de contarlo.
En  Understanding the media McLuhan hace un análisis de los medios de comunicación y a lo largo del libro se hace inevitable repensar el contexto tecnológico  en que lo escribió. Éste difiere tanto del actual, que de algún modo sorprenden sus consideraciones al respecto. No obstante, ese estilo que mencionaba antes puede influir en la percepción de la obra en términos proféticos.
En cualquier caso, ahora es muy sencillo repensar este libro al hilo de las redes sociales e Internet. Su tesis se hace mucho más comprensible y gracias a su lectura, podemos pensar en varias cuestiones ¿De qué modo se han modificado nuestros mensajes gracias a las redes sociales? ¿Qué queremos decir cuando publicamos algo en una red social? ¿Qué comunicamos en realidad? Por ejemplo, ¿Qué significa retwittear algo?, ¿Qué intención hay en ello además de compartir esa noticia? ¿Qué diferencia hay a la hora de compartir un mensaje en las diferentes redes sociales? ¿Varía en algo el mensaje si empleamos Facebook o Twitter o Instagram?
McLuhan habla de cómo la radio o la lengua escrita han modificado el propio mensaje, el medio moldea el mensaje. No es igual escuchar una noticia que leerla en prensa escrita, en un periódico digital, o en el móvil. De hecho, no es lo mismo escribir acerca de un tema que hablarlo. El reposo de la escritura influye tanto en el mensaje como en la forma como llega.
En este sentido, la capacidad de reflexión de un tema y el propio tema en sí, están supeditados tanto al medio en que lo recibamos como a la cantidad de información que recibamos simultáneamente y al tiempo disponible para leerla. 
Pensemos en el tiempo del que disponemos para leer una noticia en un periódico online mientras esperamos al autobús. A la vez nos llegan veinte mensajes de Whatsapp de un grupo, tres avisos de correo electrónico, dos notificaciones en Twitter y una de Facebook más una solicitud de amistad en Instagram. Pensemos que abrimos un periódico en papel una mañana de domingo sin prisas. La lectura no es ni de lejos la misma.
Quizá las redes sociales puedan considerarse hoy más que nunca el propio mensaje. Un mensaje de texto, un correo o una llamada de teléfono, son un mensaje en sí mismo. La distancia que queramos imponer con nuestro interlocutor la marca la voz en directo o el texto. 
No obstante, haría falta un análisis mucho más concienzudo y documentado y, dado que esto es un blog, quizá no sea el mejor medio para ese mensaje.
Fuente: pixabay
¿Náufragos?
Entiendo este blog como conversaciones que me gustaría tratar con amigos en una especie de cafetería virtual, sin más pretensiones que hablar. No obstante, en muchas ocasiones he visto que escribir un blog es lo más parecido a mandar mensajes en una botella. ¿Quién manda mensajes en botellas? El medio es el mensaje.

martes, 24 de julio de 2018

Fracaso y deseo


Leía el otro día la siguiente frase: “A veces se gana y a veces se aprende” y pensaba sobre como ese tipo de mensajes fáciles van abriéndose camino. No es aprender es perder lo que sucede a veces.
Reivindico el derecho a llamar a las cosas por su nombre. Insto al abandono definitivo de los eufemismos analgésicos que enmascaran la realidad. Aunque alguien me diga que se trata de un enfoque más positivo ante la pérdida, en realidad se trata de sedación, morfina lingüística.
Lo contrario de “ganar” es “perder”, decir que es aprender es ocultar un hecho. ¿Quién emprende una acción para lograr que la vida le de una lección que nunca olvide? Seamos realistas, por favor. Nuestro objetivo no es una lección magistral, sino lograr un objetivo diferente. Tener éxito en la empresa que se acomete. 
Es posible que a veces se pierda y que de ahí se saque una lección, el premio de consolación. Estupendo. No obstante, cuando alguien no logra su propósito, de esa persona se dice que fracasa, hablemos claro.

FRACASO
Según la RAE
1. m. Malogro, resultado adverso de una empresa o negocio.
2. m. Suceso lastimoso, inopinado y funesto.
3. m. Caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento.
4. m. Med. Disfunción brusca de un órgano

Me gusta especialmente la tercera acepción, caída con estrépito y rompimiento.
Rompimiento.
Vuelve a salir el sol de entre las nubes y por un segundo me parece absurdo hablar de fracaso. Pero me he tirado días releyendo a Schopenhauer y me parece que es sintomático de un estado de ánimo. Necesito hablar sobre el fracaso, sobre la voluntad de vivir y de poder y hacerlo a mi manera. Las reflexiones nacen de sensaciones corporales en las que, a modo de magulladuras, se manifiestan las experiencias vitales que se van teniendo.
Rompimiento.
Comparo la sensación que deja el fracaso a la que deja un golpe en el estómago. Cuando era pequeña,  con unos 8 años, alguien me dio un golpe tan fuerte en la boca del estómago que durante unos segundos no fui capaz ni de respirar,  ni de llorar. Estaba completamente inmovilizada.
Rápidamente vino Cortés, mi profesor, y sonriendo levantó tres dedos de su mano. Me preguntó cuántos dedos tenía en la mano, le dije que tres y me respondió que tenía cinco. Debí sonreír, porque me dijo: “si puedes sonreír, puedes seguir corriendo”. Me levanté y seguí corriendo. Aún hoy me sigue dando congoja el recuerdo de aquel dolor, palabra. El hecho fue que seguí corriendo aunque desee parar por tiempo indefinido. 
A veces el fracaso se presenta de un modo tan descarnado que apenas nos deja un segundo para hacer el duelo por el “resultado adverso de nuestra empresa”. Dolor, solo dolor paralizante.
¿Qué duele tanto del fracaso?, probablemente el espejo distorsionado que nos pone de frente. En él se magnifican los defectos y se invisibilizan las virtudes. Pienso que esto es así porque necesitamos entender qué ha pasado. Para ello amplificamos sonoramente los aspectos que nos han llevado al “suceso lastimoso inopinado y funesto”. Es decir, los defectos.
Cabe destacar que pese a que en el fracaso intervienen varios factores, de entrada uno dirige la mirada hacia sí mismo porque eso nos hace sentir menos vulnerables ante las variables que no podemos controlar. Si yo soy la culpable, entonces hay solución y depende de mí.
Solo cuando pasa el tiempo somos capaces de llorar. Quiero pensar que Schopenhauer tiene razón cuando dice que “no lloramos por el dolor sentido, sino por su repetición en la reflexión”. Cuando lo objetivamos y sentimos ese dolor como ajeno, entonces somos capaces de compadecernos de nosotros mismos y de llorar. No sé si cura, pero relaja.
El caso es que Schopenhauer, bebiendo del budismo, considera que la voluntad engendra dolor. En el libro IV de su obra El mundo como voluntad y representación (429) dice: “la vehemencia del querer es una perpetua fuente de sufrimiento”.
Desear algo, no lograrlo, sufrir. Una incesante rueda.
Se dice que Buda expuso en el parque de los ciervos en Sarnath las cuatro nobles verdades:
1.    La verdad de que existe la infelicidad (Dukkha)
2.    La verdad de que hay una causa de la infelicidad.
3.    La verdad de que la infelicidad debe cesar.
4.    La verdad del camino que lleva al cese de esa infelicidad.
Para los budistas la raíz misma de la existencia es el sufrimiento. Este sufrimiento es comparado con una cadena con doce eslabones que explican de qué forma estamos los seres humanos atados a dicho sufrimiento (a esta cadena se le llama Paticcasamuppada).
¿Cuál es la raíz del sufrimiento?: ignorar que la realidad está en constante cambio. Lo real es tratado como estable cuando realmente no lo es. Además,  este flujo de lo real produce sensaciones en nosotros, emociones que generan deseos; en función de si las experiencias son agradables o no, se buscarán o se evitarán ignorando el constante cambio de lo real.
 Lo importante es destacar que la realidad es un flujo constante y que nuestro deseo se dirige a esa realidad en contante cambio como si fuera estática. Ello implica el sufrimiento.
El deseo genera el sufrimiento.
El cese del sufrimiento se logra mediante un camino de renuncia, no tan extremo como el de los ascetas, pero renuncia a fin de cuentas. En este sendero, la compasión y el desapego tienen un papel fundamental. Este es el llamado óctuple sendero (por cierto, el último, el Samma samadhi, la recta concentración, ya estaba teorizada antes del Mindfulnes).
Schopenhauer, siguiendo esta misma línea habla de cómo nos representamos el mundo intelectualmente gracias al principio de razón, generando la misma ficción de estabilidad (“El velo de maya”)[i]. Para él igual que para Kant, el sujeto accede al fenómeno, esto es: lo que las cosas son para nosotros. En Kant, la cosa en sí, el noúmeno, nos es inaccesible. Es decir, sabemos lo que algo es para nosotros, pero no lo que es en sí.
Pues bien, para Schopenhauer, el nóumeno se hace patente en el cuerpo como querer. Es decir, accedemos a parte del noúmeno en forma de deseo (no sabemos lo que algo es mediante la razón, pero lo deseamos mediante la voluntad).
El problema está en que ese deseo genera sufrimiento y es imprescindible (¿?) liberarse de él. No obstante en el libro dice claramente que “la vida es inseparable de la voluntad de vivir y su única forma es el ahora”).
En el Libro III dice que el arte, en tanto que nos hace salir de nuestra individualidad, es un paliativo temporal a este sufrimiento.
Me parece especialmente interesante el análisis que hace de la maldad en el libro IV. Viene a decir que la maldad parte de una violenta voluntad, de un deseo muy fuerte, que alimentado por lo que nuestra razón es capaz de representase, puede hacer desear aquello que está más allá de lo posible. Ello provoca un dolor también muy grande y lo único que puede mitigar este sufrimiento es hacer padecer y observar el sufrimiento ajeno.
La bondad por el contrario es la salida de sí mismo  por medio de la compasión. La maldad nos aísla en nosotros mismos. Es decir, nos individualizamos y nos consideramos algo diferente y separado de las demás personas. En cambio, en la bondad desaparece el principio de individuación y somos uno y lo mismo que los demás, por eso no toleramos su sufrimiento. Compadecer, padecer con.
Bien, ¿Y esto qué tiene que ver con el fracaso y con Nietzsche? Relataré la maraña de pensamientos. Deseo, fracaso, sufrimiento.
La experiencia del sufrimiento le llevó a Schopenhauer y antes al Budismo, a intentar eliminar la voluntad, el deseo. Seguramente lo pensaron de un modo mucho más matizado de cómo estoy diciendo.
En cualquier caso, lo que he estado pensando al hilo de estas lecturas es que la anulación de la voluntad es imposible porque es intrínseca a la propia vida. La voluntad mueve y la vida es principalmente movimiento. Ojalá el mundo se detuviera después de un estrepitoso fracaso. Ojalá la realidad de pronto parara y con él, nuestro dolor. Pero a la inmovilidad momentánea le nace un deseo nuevo.
Entramos en el ciclo eterno del devenir y quizá la vida es un flujo constante bajo el cual subyace un Logos (¿?). Si la vida fluye y nosotros somos un hacerse, ¿Por qué detenernos en una especie de trance narcótico? ¿Cuánto sufrimiento explica la necesidad de deshacerse del motor de nuestra propia vida?
Más allá de la voluntad de vivir, somos voluntad de poder, como dijo Nietzsche (este concepto está lejos de la interpretación que de ella hicieron los nazis). Es la voluntad de crear, de hacer y de afirmarse.
Toda la vida me he situado en la contradicción  de intentar conjugar el Budismo y Nietzsche:  la anulación del deseo y la afirmación de la voluntad de poder. Hoy el golpe de un fracaso me inmoviliza y automáticamente me abrazo a mi misma en un intento de aplacar el dolor.
¿Quisiera no haber deseado? ¿Quisiera olvidarme de mí? ¿Quisiera liberarme en la contemplación estática de la majestuosa belleza que hay a mi alrededor? Sí, pero la vida se mueve y yo con ella. Lo bello cercano a mi me hace salir temporalmente de mi yo para volver a afirmarlo rotundamente. Quiero estar viva, crecer, superarme. No creo que sea posible anular el deseo, no creo ni siquiera que sea deseable.
Ojalá hoy se parara el mundo y yo con él, pero:
Esta mañana, antes del alba, subí a una colina para mirar al cielo poblado,
Y le dije a mi alma: cuando abarquemos esos mundos, y el conocimiento y el goce que encierran, ¿estaremos al fin hartos y satisfechos?
Y mi alma dijo: no, una vez alcanzados esos mundos proseguiremos en el camino.
                                                                                Walt Whitman, Canto a mi mismo

BIBLIOGRAFÍA
SCHOPENHAUER, A., El mundo como voluntad y representación. Ed. AKAL
NIETZSCHE, F., Voluntad de poder. Ed. Edaf
SADDHATISSA, H., Introducción al budismo. Ed. Alianza


[i] Maya en el Hinduísmo es una diosa que personifica la ilusión, el engaño para los sentidos.

domingo, 13 de mayo de 2018

Vegetación gipsófila

Hoy he visto tantas plantas diferentes paseando por la Sierra de Armantes, que he sentido la necesidad de investigar. Acostumbrada a la vegetación atlántica, me han chocado las plantas pequeñas y robustas de esta zona. Poco llamativas, de flores pequeñas y de colores muy discretos, se abren paso donde es casi un milagro brotar.

Como no sé nada de botánica, (pese a que nunca pierda el asombro por ella) he estado buscando publicaciones que pusieran algo de orden a la aplicación que llevo en el móvil sobre reconocimiento de plantas. He encontrado un texto donde explica que la vegetación adaptada al yeso se llama gipsófila y, pese a ser un texto técnico, me ha parecido hasta poético. El texto dice:




"La vegetación de los yesares constituye por tanto una manifestación extrema de austeridad y ajuste adaptativo a condiciones excepcionales en la geografía física europea (...) La herniaria (Herniaria fruticosa), brotando entre cristales especulares de yeso, constituye una pura metáfora de la humildad vegetal(...)" Continúa el autor diciendo. " El paisaje asociado al sustrato de yesos junto a sus exclusivas formas de vida –el mundo gipsófilo– representan un sustrato simbólico de la identidad de las tierras de Ayud en su vínculo con el Magreb y Oriente Medio"  (texto de Alfredo Morilla Piñeiro, "La vegetación en la comunidad de Calatayud")
Leo "vínculo con Magreb y Oriente", vivo en un barrio que se llama Morería, cerca de una iglesia (san Andrés) que al parecer pudo ser antigua mezquita. Hablar de identidad nacional a estas alturas de la película me parece hasta cómico. No obstante, las cuestiones identitarias y nacionales se escapan a mi capacidad de comprensión, lo da el nomadismo, supongo.

Lo que está claro es que quizá Montesquieu tuviera razón cuando hablaba de la relación entre el clima, medio y diversidad cultural en el "Espíritu de las leyes". No somos tan diferentes de las plantas: los horizontes o la ausencia de ellos, frío extremo,calor extremo y vientos implacables han de moldear el carácter necesariamente.
Cuando me vine a vivir a Aragón, un amigo me recitó estos versos de Labordeta:
"Polvo, niebla, viento y sol, 
donde hay agua una huerta. 
Al Norte los Pirineos: 
esta tierra es Aragón"



El viaje está resultando fascinante.

viernes, 2 de febrero de 2018

El crucigrama

Sabía positivamente que la cultura era lo que distinguía claramente a las personas: a las cultas de las incultas, a las pobres de las acomodadas, a las trabajadoras de las holgazanas.
Era sobradamente conocido que dicho enriquecimiento cultural llevaba implícito (“incluido en otra cosa sin que ésta lo exprese”) la tendencia hacia el bien moral, el orden en la vida y el éxito en el ámbito profesional. La gente trabajadora siempre se preocupó de la cultura y de conservar las tradiciones, además de levantar el país y evitar desmanes libertinos. Gente de bien, de orden.
Por otro lado, estaba segura de que el éxito en el ámbito profesional manifestaba a modo de epifenómeno (“Fenómeno accesorio que acompaña al fenómeno principal y que no tiene influencia sobre él”), una elegancia en el vestir y en el comportarse, que era el fundamento de la distinción social. Un breve repaso a alguna de sus Lecturas de cabecera lo corroboraba.
La cultura y la erudición (“Instrucción en varias ciencias, artes y otras materias”) eran, no se podía olvidar, esas dos piezas angulares en el desarrollo de la sociedad, ya que sin cultura, la sociedad se vería reducida a la más pura animalidad. Ejemplos sobrados habían llegado de fuera para tener una muestra, más que representativa, de este hecho. Ni siquiera iban a misa.
Tenía que haber mujeres como ella, que contribuyeran a la mejora moral de su pequeña ciudad. Esa tarea ilustrada comenzaba por cultivarse cada día en cualquier lugar: en el trabajo, en la cafetería o en el casino antes de la reunión de los jueves.
Estaba esperando a que entrara su marido y se sentara en los bancos de detrás en la Iglesia y no lo dudó, aún quedaba un rato. Con mucha calma y cierta alegría, abrió por la página 26 sabiendo que en esas líneas horizontales y verticales había mucho en juego. 
El crucigrama nuevo era francamente difícil.

domingo, 28 de enero de 2018

Apología para permanecer en la zona de confort (si es que tal cosa existe)

(Esto pretende ser una charla de cafetería. Sería de lo que me gustaría dialogar si hubiera tiempo y espacio para ello. Ni pretendo sentar cátedra ni, como se verá, aspira a ser una disertación muy elevada)

Dicen los nuevos guías espirituales que hay que salir de la zona de confort para desarrollarnos a nivel personal y emocional (a lo cual por cierto, llaman éxito). También dicen que hay que alejarse de las personas tóxicas (Ojo, ojo, mueren cuatro personas por intoxicación personal en un restaurante de Málaga) y que hay que llenar la mochila vital de experiencias positivas y estimulantes, como si las experiencias se pudieran comprar y fueran objetos (¿o tal vez lo son?)
Según he leído en la Wikipedia, la zona de confort es un estado el cual la persona actúa “en una condición de ansiedad neutral, utilizando una serie de comportamientos para conseguir un nivel constante de rendimiento sin sentido del riesgo”. Además señala que en psicología es “un estado mental en el que el individuo permanece pasivo ante los sucesos que experimenta (…) desarrollando una rutina sin sobresaltos ni riesgos, pero también sin incentivos(...)pudiendo causar apatía y, en casos más graves, depresión”. Qué miedo da la zona de confort.
Parece ser que la ansiedad neutral es aquella que nos paraliza, pero de este término no he encontrado demasiadas referencias.
Habitualmente esta arenga para salir de la zona de confort viene acompañada de otra arenga para que emprendamos y “hagamos realidad nuestros sueños”.

Hace mucho tiempo que le vengo oliendo el tufo a podrido a estas nuevas oraciones, ya que, como casi todas las oraciones, probablemente podría implicar una religión. Y para la religión y otras superestructuras, me declaro abiertamente marxista. Como superestructura, no dejaría de esconder la legitimación de cierto orden de cosas no siempre (nunca) justo.
A nivel vital podría decirse que llevo una vida exiliada de lo que mucha gente consideraría mi zona de confort. Llevo mucho tiempo viviendo al año en al menos dos o más sitios; cambiando de centro de trabajo periódicamente, de panadería, de frutería y de cafetería. También cambio de registros lingüísticos y de usos del lenguaje, conozco mucha gente nueva (e interesante, por cierto). Hago actividades nuevas cada año e incluso el año pasado me subí a un escenario con un grupo increíble y un bajo eléctrico. Ahí es nada.
Ayer, hablando con una amiga que estaba en la misma situación. Acompañadas de una copa de vino y algo hartas de todo, comenzamos a añorar la tranquilidad, el sosiego y la permanencia. Añorábamos la rutina, a fin de cuentas, algo de lo que nos ha privado la precariedad laboral.
Y no es no querer ver lo que hay de fantástico en todas las cosas que nos ofrece este “exilio”, es agotamiento y hartazgo ante una idea absurda y perversa. Me intentaré explicar.
En primer lugar dudo, honestamente de la existencia de tal zona. Puede haber situaciones más o menos cómodas, más o menos problemáticas, pero en sentido amplio, la vida es problemática. La RAE define problema como: “conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin”. Dudo que haya seres humanos que, incluso en la rutina más tediosa, no se las tengan ver con la realidad o con los demás y, que de algún modo, no encuentren obstáculo para la consecución de sus fines.
Por otro lado y abundando en esta primera duda, la crisis económica que ha vivido este país, ha dejado a mucha gente en situaciones con diferentes grados de dificultad. Desde el paro hasta los desahucios, estafas bancarias, empezar de nuevo en un trabajo con un sueldo precario, volver a casa de los padres o tener que emigrar como ya lo hicimos en los años 60. Esto hablando solo de una ínfima parte de las situaciones socioeconómicas.
¿De qué zona de confort hablamos?
Ahondando en la cuestión más puramente individual, antropológica si se quiere, los seres humanos estamos dotados de sentidos que nos comunican con el mundo y de inteligencia para interpretarlo. Aristóteles decía en su “Metafísica” que los seres humanos teníamos por naturaleza deseo de saber. Incluso si nos vamos a un ejemplo extremo, una persona sin las más mínimas inquietudes intelectuales o culturales, tiene inquietudes. Esta viva, respira, siente y desea. Al margen de cuáles sean esas aspiraciones, existen, por poco... enriquecedoras que sean según un punto de vista “más elevado”.
El ser humano está diseñado para vivir en el mundo y para ello ha de conocerlo aunque éste sea muy pequeño.
Si analizamos la parte en la que la definición nos dice que: los individuos en dicha zona operan de modo que tengan un “nivel constante de rendimiento sin sentido del riesgo”, me pregunto: ¿qué habría de malo en operar sin sentido del riesgo? ¿Debemos vivir con “sentido del riesgo” constante?.
De nuevo vuelvo a la RAE, “riesgo” es: “ contingencia o proximidad de un daño”. Interpreto que sentido del riesgo quiere decir que hagamos cosas que pueden implicar un peligro (real o no). Me pregunto qué riesgos son los deseables para que los asumamos: ¿Beber agua sin potabilizar? ¿Jugar a la ruleta rusa? ¿Ir desnudo al trabajo? ¿Insultar a los clientes porque ya no los aguantas? ¿llevar una camiseta del Barça en la bancada de los ultras del Madrid?.¿ O estos riesgos se refieren más bien a dejarte todos los ahorros en un negocio incierto? ¿A hipotecar tu vida y la de tu familia para cumplir tu sueño de enseñar flamenco a las tortugas laúd?
El miedo, dejando a un lado comportamientos patológicos, suele ser una poderosa arma de reflexión acerca de los riesgos. No digo que haya que sentir miedo, hay que saber de dónde viene y lidiar con él muchas veces. De hecho las circunstancias nos empujan a actuar incluso con miedo. Pero antes que ensalzar el “sentido del riesgo”, sería estupendo cultivar la prudencia. Decía Aristóteles que : “El rasgo distintivo de la persona prudente es al parecer el ser capaz de deliberar y de juzgar de una manera conveniente sobre las cosas que pueden ser útiles y buenas para ella” (Etica a Nicómaco, Libro VI, Capítulo IV)
Desde hace tiempo vengo pensando qué habría de malo en permanecer en esa zona de confort si esta existiera. Me pregunto esto porque veo (vivo, de hecho) que permanecer en un mismo estado de cosas permite conocer bien y a fondo tanto las actividades que se realizan, como a las personas que nos rodean.
Vivir en sitios o trabajar en sitios que no se conocen previamente significa que, hasta ir a comprar el pan o saber donde se guardan los clips, es un descubrimiento que implica esfuerzo; reconocer el sitio y ser capaz de adaptarse a él supone una ingente cantidad de energía; conocer gente nueva o hacer nuevas relaciones conlleva relacionarse indiscriminadamente con gran cantidad de personas hasta poder encontrar (con suerte) alguien afín y eso, creedme, desgasta; aprender idiomas o usos de lenguaje diferentes es un gran esfuerzo y va asociado a cierta soledad lingüística que, ya por sí misma, merecería un artículo.
Todo esto es, en resumidas cuentas, un estado de alerta permanente para algo tan básico como conocer la realidad y habitar en ella. Es decir, una alerta constante para poder aprender rápido y desarrollar estrategias que nos permitan adaptarnos al entorno.
Un paso imprescindible para el crecimiento personal es conocer esa realidad e interactuar con ella desde ese conocimiento, ya que solo esto puede hacernos agentes transformadores del mundo en el que vivimos.
Conocer y transformar profundamente nuestra realidad implicaría por tanto, permanecer tiempo en ella, examinarla y tener perfectamente integradas todas esas estrategias adaptativas. Implica establecer lazos sólidos y profundos con las personas y con los sitios y eso implica estar, hábito, estabilidad.
Somos con nuestra circunstancia, ya lo decía Ortega, y para salvarnos a nosotros tendremos que salvarla a ella. Necesitamos raíces, necesitamos estabilidad, necesitamos amar u odiar la circunstancia que habitamos y para ello, necesitamos conocerla y eso implica rutina.
La ideología que subyace a “la zona de confort”, a “atreverse a soñar” y a “no rendirse jamás” esconde un discurso neoliberal atroz. Pero me temo que por la extensión de esta reflexión, es una historia que merecerá ser desentrañada en otra ocasión.


jueves, 1 de diciembre de 2016

La cercanía de los gatos

En una novela de Murakami voy transitando los días.
Anestesio la soledad del desarraigo fijando instantes efímeros con letras . Fuerzo los pasos por los mismos caminos por crear una falsa sensación de rutina, creyendo que esto es lo cotidiano.
El vacío es tan grande que horada a ratos la alegría de los nuevos acentos. La casa de una está donde estén los pies, es una grata conclusión vestida de la necesidad de tierra.
En esta novela los gatos son lo más parecido a la sensación de estar en casa, porque los gatos callejeros se repiten en todas las ciudades, su caminar, su terrible indiferencia y desconfianza, sus costumbres, sus maullidos. Todo es idéntico.
Encuentro en ellos el sosiego de la tierra conocida, como si ya supieran quien soy y yo supiera quienes son ellos. No les pido nada, quizá una mirada, ellos a mi comida o quizá solo que les ahorre una paliza.
Me tranquiliza ver gatos, me entretengo en su indolencia.
A veces la comprensión de una novela viene cuando menos se espera, “¿Kafka en la Orilla?”